Al final de mi post anterior sugería que quizá en este iniciaría el tema "mingitorios públicos".
Pero debo rectificar. Porque en el ejercicio de memoria que implica escribir estas notas, han venido a la misma tantos recuerdos de otras experiencias anteriores o paralelas a las de los mingitorios, algunas reales y otras en grado de tentativa o de simple percepción, que he creído oportuno dedicarles un post entero agrupando las más significativas, antes de seguir con aquel tema monográfico.
Advierto una vez más que mi desarrollo intelectual, del que no puedo quejarme en otras áreas, fue extraordinariamente lento e ingenuo en lo que respecta al sexo, por lo que no debe extrañar al lector que relate algunas experiencias que nunca tuvieron el desarrollo que hoy creemos natural, sino que se quedaron "a medio camino", por mi poca malicia y mucha timidez, sin olvidar el ambiente represivo propio de la época, que seguro que también tuvo algo que ver. Lo menciono por última vez para no recordarlo reiterativamente en lo que resta de posts, hasta el momento en que se refleje en los mismos una madurez intelecto-sexual más acorde con la normalidad, según entiendo que está generalmente aceptado hoy en día este concepto.
Aunque ahora no soy una persona agraciada físicamente, en mi adolescencia y juventud no estaba nada mal. Si no hubiera sido por mi timidez me hubiera llevado de calle a todas las chicas que me hubiera propuesto. Pero no fue así, sino que solamente encajaba con aquellas más atrevidas, que supongo veían en mí a un pobre tonto del que podían aprovecharse. La que más despuntó en ello fue una joven profesora de gimnasia del pabellón femenino del colegio que ya he mencionado, de quien lamento no recordar el nombre, a la que conocí siendo ya ex-alumno y con la que pasé tórridas tardes (para lo que entonces se estilaba, sin llegar al sexo) hasta que se cansó y volvió con su novio habitual, un enfado con el cual había sido la causa de nuestra efímera relación.
También recuerdo a mi amiga A..., compañera de trabajo que se aprovechaba de mí a la menor ocasión que se le presentaba, aunque debo reconocer que el objeto prioritario de sus favores era otro compañero, J..., hoy prestigiado profesor en una no menos prestigiada institución académica privada.
Y también está C..., otra compañera, con la que congeniábamos mucho más de lo que es habitual, nos divertíamos juntos, lo pasábamos muy bien, pero con la que no llegué a profundizar mucho (bueno, más bien nada) en el ámbito sexual. Se podría decir que es la persona del sexo opuesto con la que más he congeniado y con la que más he reprimido mis instintos. ¡Qué raro soy!
En los años 60, una persona extraordinaria, F..., me convenció para que me adentrara en una profesión entonces casi emergente y a él le debo el poco o mucho éxito profesional que he podido tener en la vida, por haberme convencido de que iniciara ese difícil camino y haberme acompañado en mis primeros pasos. Quede aquí mi reconocimiento a su profesionalidad, a su magnífico coaching, como se dice ahora, y a la extraordinaria influencia que ejerció en mi destino profesional y personal.
Después de él, también hubo en mi vida otro hombre digno de mención, J... o Q..., igualmente compañero de trabajo, de la misma quinta que F..., muy competente, muy sencillo de carácter y que me
trataba con mucho cariño, en el mejor sentido paterno/filial. A él le debo mis segundos pasos en la que fue desde entonces mi profesión, en la que me orientó y guió con una gran generosidad. A pesar de los caminos divergentes que tomaron nuestras vidas profesionales y personales, hubiera querido pagarle esta deuda con una larga amistad por lo menos, cosa que lamentablemente no fue posible culminar por lo que luego diré. Estaba casado y con hijos pero en momentos concretos prescindía en cierto modo de la familia y pasaba a llevar una vida algo desordenada, propiciada probablemente por una cierta dificultad en compaginar su vida privada por la presión de su trabajo. Quizá era esto lo que le hacía abusar de la bebida en esos momentos. O bien, al contrario, era una cierta propensión a la bebida la que inducía el resto de problemas, no sabría discernirlo. A todo ello quizá podamos añadir algunos indicios que a veces me parecía detectar sobre una posible inclinación sexual poco ortodoxa para los cánones de la época, pero quizá estaba equivocado. Ciertamente, fuera por lo que yo sospechaba o no, su vida privada fue haciéndose más y más caótica hasta el punto de plantearle algún dilema existencial que escapa a mi comprensión, pero que imagino que llegó a atormentarle hasta tal punto que fue la razón de que decidiera quitarse la vida de un disparo de escopeta al cabo de unos años.
Recuerdo que de pequeño había oído hablar de cines en los que había
señoras en las últimas filas que por muy poco dinero masturbaban a los
chicos que se sentaban allí para eso. Asimismo, había oído decir que en
Montjuïc, en un paraje llamado "la tierra negra", también podían
encontrarse señoras de aquellas. Pero con el tiempo, también me enteré
de que en otros cines había hombres que metían mano a los chicos lo
cual, por el morbo y porque era gratis, me pareció más interesante
aunque me daba algo de miedo. Me imaginaba a aquellos hombres como unos
individuos entre rijosos y patibularios, viejos, babosos, desastrados,
con los ojos saliéndoseles de las órbitas y unas manos huesudas que no
tenían nada que ver con mi joven y confortable mano, con las que quién
sabe si me estrangularían una vez satisfechos sus lúbricos instintos.
Pero cuando gocé de algo más de autonomía y de mayor tolerancia en el
horario personal, la curiosidad pudo más que el miedo y decidí probar
suerte, ya que al fin y al cabo no creía que nadie se atreviera a
hacerme daño dentro de una sala de cine (entonces ni se me ocurría
pensar que quizá las cosas más interesantes se hacían en otros espacios
del cine como los servicios). Finalmente, con más miedo que vergüenza,
visité uno de aquellos cines que me habían dicho, pero no ocurrió nada,
con lo que me quedé entre aliviado por no haber tenido esa experiencia y
frustrado, por la misma razón. También adolecieron de la misma falta de resultados mis visitas a algunos de los otros cines que me habían dicho y que visité
después.
Pero más tarde, en una inocente conversación
con un compañero de trabajo sobre películas y cines, se me ocurrió
comentar que en mis años de infancia me gustaba mucho ir a un cine de la
Rambla junto a los almacenes SEPU, el cine Atlántico, al que me llevaba mi madre (entrada 7
pesetas, en aquellos tiempos) y en el que
siempre hacían programación infantil, consistente en los tres "nodos"
que se editaban cada semana (la gente de mi generación sabrá de qué
hablo) y varios dibujos animados de Tom y Jerry, Popeye, Pájaro Loco o
personajes de Disney o bien películas cómicas de "El Gordo y el Flaco",
"Charlot" y "Jaimito". De vez en cuando algún largometraje de segunda
fila supuestamente cómico, generalmente mejicano o algún otro con algo
más de calidad, como los de "Cantinflas" y, excepcionalmente, algún otro largometraje de la factoría Disney o europeo digno de mención como "El globo rojo" o "El continente perdido" y poca cosa más. Dado lo
limitado del stock de cortometrajes infantiles existente entonces en
España, periódicamente se repetía la proyección de dibujos o películas
cómicas ya exhibidas en el mismo local, pero a los niños de entonces no
solamente no nos importaba esa repetición sino que agradecíamos volver a
ver aquellas películas que tanto nos habían hecho reír en anteriores
ocasiones y volvíamos a reír de nuevo con ellas, lo cual seguramente
tenía mucho que ver con que no existiera la híper-dimensionada oferta
que existe hoy a través de la televisión.
Pues bien, la respuesta de mi interlocutor a mi comentario sobre el cine Atlántico fue alarmante (según se mire):
- "¡Pero si ese cine es un nido de maricones!"
y yo, estupefacto:
- "No es posible, es un cine de programación infantil, siempre está lleno de niños, ..."
![]() |
Cartelera del Cine Atlántico en la prensa de la época |
- "Pues te aseguro que es un cine de maricones"
No
se me ocurrió preguntarle a mi compañero por qué estaba tan seguro de
su afirmación, ya que en realidad estaba intentando asimilarla y no daba
crédito a la misma, pues yo había ido muchas veces a ese cine y
creía saberlo todo sobre el mismo. Pero, en realidad, lo único que
recordaba era que siempre había muchos niños y que nos reíamos y lo
pasábamos muy bien. Sin embargo mi interlocutor, como explicaré luego,
tenía razón. Intentando encontrarle una explicación a esta gran
contradicción he deducido que quizá a mi me llevaban en fines de semana o
festivos, por eso el cine estaba lleno de criaturas y, desde luego,
nunca había tenido yo mismo ni tampoco había visto con otros ningún
incidente que me llamara la atención, creo que lo recordaría como
recuerdo otras anécdotas de mi infancia. Desde luego, tampoco sería
descartable pensar que tanto niño fuera un manjar apetecible para algún
pedófilo, si bien debo decir en honor a la verdad que cuando volví a
visitar dicho cine teniendo pleno "conocimiento de causa" nunca vi
ningún comportamiento de ese estilo. Eso sí, entre adultos vi bastantes cosas aunque nunca en la sala, solamente en el servicio.
Con todo este preámbulo llegamos a mi primera
experiencia homosexual en una sala de cine que fue, claro, en el cine
Atlántico. Cabe decir que siempre he sido un gran aficionado al cine,
por lo que me conocía prácticamente todos los cines de Barcelona por
razones cinéfilas, aunque iba raramente al cine Publi y al cine
Atlántico, porque ambos eran de programación infantil (el cine Publi,
sin embargo, con una calidad muy por encima de la media) y a mi, siendo
casi adulto (o, por lo menos, así me consideraba a mí mismo), no me apetecía mucho volver a ver cortos o
largometrajes infantiles que, además, ya había visto antes varias
veces. Pero después de haber tenido la conversación que acabo de
relatar, incluí al cine Atlántico como una opción más en mi lista,
visitándolo ocasionalmente y fijándome más en los movimientos del
público que en la proyección, por si detectaba algo de lo que me
interesaba, cosa que no sucedió en mucho tiempo. También es cierto
que nunca pensé en visitar los "Servicios", anunciados con este
nombre por un rótulo rectangular luminoso de color verde con letras
blancas en una pared lateral.
Hay que decir que era, como multitud de cines de aquella época, un cine de sesión
continua, aunque de los pocos que empezaba la sesión por la mañana, cómo
hace hoy el Cine Arenas. Un buen día, entré a última hora de la tarde, casi de noche y me senté como siempre sin esperar nada especial. Pero, en un
descanso entre sesiones, se sentó en la fila anterior a la mía un chico todavía joven, pero bastante más mayor que yo, que no dejó de mirarme mientras estuvieron
las luces encendidas, para lo que tenía que girarse en su butaca con lo
que de ese modo mostraba que su atención en mi no era casual. Yo no
sabía qué cara poner, porque ya suponía lo que quería, pero nunca había
pasado antes por un trance similar. Así estuvimos mirándonos
impertérritos hasta que apagaron las luces y le faltó tiempo para venir a
sentarse a mi lado.
Yo estaba deseando que ocurriera
algo de una vez, porque además era algo tarde y tenía que volver a casa
pero supongo que el chico no quería aventurarse a tener ningún problema,
ya que yo no le había dado pie para nada. Así pasaron unos minutos
interminables, hasta que noté que su pierna izquierda rozaba levemente
la mía. Ni corto ni perezoso apreté inmediatamente mi pierna derecha
contra la suya para que no le cupiera duda de que yo también quería
algo. Al poco, pasó su mano izquierda a mi regazo, me sobó los muslos y,
¡al fin!, se detuvo en mi entrepierna que hacía rato que mostraba una
protuberancia que no tardó en manosear, medir y repasar. Yo estaba en un
grado de excitación bastante elevado, ya no veía la película sino que
todos mis sentidos estaban unánimemente dedicados a gozar de aquel
cúmulo de sensaciones placenteras. De vez en cuando, con su mano derecha
cogía mi mano derecha para pasarla a su lado, pero yo no entendía que
lo que quería era una correspondencia en el toqueteo y la volvía a poner
en el reposabrazos. Como él no dejaba de tocarme y frotarme la polla,
los huevos y los muslos, sobre la ropa, llegó el momento de la
inevitable explosión seminal. Con la ropa puesta, me daba la impresión
de que un surtidor sin fin me estaba inundando todo el cuerpo de leche
caliente. No recuerdo muy bien los detalles, ya que mi cerebro estaba
bastante colapsado en aquellos momentos, pero supongo que él se daría
cuenta y me dejó tranquilo. Aguantando la sensación de pringosidad
cuando se acabaron las sensaciones orgásmicas y se enfrió todo, intenté
mirar si tenía alguna mancha en el pantalón pero la oscuridad de la sala
me impidió ver lo que luego constaté que era más bien un pantalón
dentro de una mancha. Así que esperé al siguiente descanso para
comprobar los daños que ya empezaba a notar por la humedad de la
superficie del pantalón, porque ni se me ocurrió ir al servicio de
inmediato.
Cuando se encendieron de nuevo las luces y
vi la magnitud extraordinaria de la mancha, entonces sí que se me ocurrió ir al
servicio, pensando que con agua y un pañuelo quizá podría diluir aquella viscosa mancha y
confiando en que luego se secara en el trayecto en tranvía hasta mi
casa. Pero al entrar en el servicio lo encontré tan lleno de gente (lo cual también me hizo darme cuenta de que aquél era el lugar de concentración y no la sala) que
no me atreví a intentar la limpieza prevista delante de todos y, para no
estar por allí en medio sin hacer nada, decidí ponerme en un urinario y
esperar a que se vaciara algo el servicio mientras yo por mi parte
vaciaba mi vejiga. Entonces me di cuenta de otra pista que me confirmó la primacía de los servicios sobre la sala como lugar de encuentro; los urinarios eran de
esos verticales, rectos, adosados a la pared hasta los pies, no de los
de cazoleta, pero con la parte superior prácticamente por debajo de la
altura de la polla, cosa muy conveniente cuando se quiere mostrar la
polla a los demás o ver las de los demás o incluso hasta tocarlas sin
que haya ningún obstáculo físico de por medio. Nunca hasta entonces
había visto un urinario tan adecuado a las necesidades de los gay. En
esas cavilaciones estaba cuando ocupó el urinario de mi derecha, que
había quedado libre, mi benefactor de unos minutos antes. Esto me
provocó dos reacciones contradictorias, por una parte una erección casi
inmediata, pero por otra parte me puso algo más nervioso de lo que
estaba porque imaginé que aquel chico me estaba persiguiendo. Algo de
eso habría, aunque supongo que con buenas intenciones, pero entonces yo
era muy inexperto y como además tenía prisa y la gente no se iba ni tampoco mi
ex-compañero de butaca y ahora compañero de urinario, opté por marcharme corriendo (esta vez en el sentido literal) a casa, disimulando como pude la mancha
durante el trayecto y la entrada en casa y acogiéndome de antemano a la indulgencia familiar respecto a lo que pudieran pensar cuando vieran aquello,
como supongo que ocurrió, al poner la pieza a lavar, aunque nunca me lo mencionaron.
Como esto me
confirmó los rumores sobre el cine Atlántico, me transformé en un
cliente asiduo que asistía al menos una vez por semana. En sus servicios aprendí bastante más sobre las cosas que se
pueden hacer entre dos tíos aunque mi actitud seguía siendo la de
dejarme hacer y no hacer nada por mi parte o, a lo sumo, tocar alguna
polla de vez en cuando si me apetecía. Por lo general, todas las veces
que fui, lo más habitual fue que me hicieran pajas o pajas mutuas entre
dos o auto-pajas viendo a otros hacer lo mismo.
Pero
el cine Atlántico me enseñó otra cosa. Que donde realmente hay
posibilidades de hacer algo en locales normales de afluencia pública es
en los servicios, por lo que desde entonces siempre invariablemente he
entrado en los de todos los lugares que he visitado, lo que en alguna
ocasión me ha deparado ratos más agradables de lo que tenía previsto en
un principio. En cerca de cuarenta años he recorrido muchos servicios
públicos, no solamente de mi ciudad sino del resto de España y del
extranjero, en los que he comprobado que, una vez se conocen los códigos
no escritos, en todas partes se actúa de la misma manera y se puede
tener el mismo éxito.
Después de relatar mi primer orgasmo gracias a un extraño en un
cine, creo que corresponde explicar como recibí la primera mamada, por parte de otro extraño,
cuando debía tener alrededor de los veinte años. Fue el "estreno" de un apartamento que alquilé a espaldas de mi familia con la que seguía viviendo. Al
principio de tenerlo, gracias a mi conocida y natural generosidad, lo aprovecharon
más algunos de mis compañeros de trabajo que yo mismo, aunque yo también
le saqué provecho cuando me saqué de encima buena parte de mis prevenciones mentales sobre llevar extraños "a casa". Lo estrené un día que debía ir mucho más caliente de lo habitual, porque si no, no me explico cómo me atreví a hacer lo que hice. Aún no había
muebles y, afortunadamente, habían ya conectado el agua y la
electricidad, aunque solamente tenía un par de bombillas colgando del
techo y, en ese escenario, de pie y con la ropa puesta sucedió lo que relato a continuación.
Estaba yo paseando a primera hora de la noche por las Ramblas de Barcelona y fijándome disimuladamente, como era mi costumbre, en el paquete de los tíos, cuando coincidí con otra persona que iba en mi misma dirección, de unos treinta y tantos años, que me pareció que "entendía". Procuré acompasar mis pasos a los suyos y seguir andando a su lado. Enseguida, en lugar de mirar disimuladamente como a los demás, le miré sin reparos el relieve de su bragueta, lo cual sin duda fue una señal inequívoca para que me saludara, de ahí empezó una conversación banal hasta que llegó la pregunta crucial: "¿tienes sitio?", que por primera vez en mi vida pude contestar afirmativamente. Naturalmente le previne de que no había nada para estar cómodos pero, claro, no nos importó a ninguno de los dos. Aunque no estábamos muy cerca del lugar fuimos andando, yo algo preocupado por haber sido tan lanzado e ir a meterme en un lugar cerrado con alguien que podía ser un violador psicópata. Él seguramente no pensaba en eso.
Nada más entrar en el piso y cerrar la puerta me abrazó y me besó. Nunca me ha gustado mucho besar a un fumador o a una fumadora y además era el primer hombre que me besaba, lo cual no deja de ser una sensación nueva que no sabía si me iba a gustar, de hecho al principio apreté los dientes para que no me metiera la lengua en la boca, pero finalmente cedí por no defraudarle y me apliqué a colaborar lo mejor que supe para que no creyera que era demasiado remilgado. Naturalmente, enseguida nos bajamos los pantalones y la ropa interior para poder acceder con nuestras manos al cuerpo del otro. Tenía una polla más delgada y algo más larga que la mía, muy recta y proporcionada. Con la excusa de besarme en la nuca me hizo inclinarme sobre su polla pero yo se la aparté con la mano como señal inequívoca de que no se la iba a chupar, no lo había hecho nunca y no pensaba empezar aquel día. Por suerte, él sí que lo hizo conmigo. Era la primera vez que un hombre me besaba y también la primera vez que me la chupaban. Sentía un gusto especial, distinto al que había sentido hasta entonces con los tocamientos y pajas ocasionales que me habían hecho, aparte de las que me hacía yo mismo constantemente. Tuvo el detalle de recoger en su boca toda mi descarga hasta lo que creímos era la última gota, pero cuando se separó, mientras me seguía masturbando, otro chorro salió inesperadamente de mi polla y fue a dar contra la puerta para asombro de ambos. Nunca más he tenido dos orgasmos tan seguidos, prácticamente consecutivos, casi sin solución de continuidad. No recuerdo si él también se corrió, supongo que sí.
Así terminó mi primera sesión con un tío en un lugar privado, en la que además descubrí cómo era una mamada. Él se llamaba N... y vivía, según me dijo, cerca de la Plaza de España. Me hubiera gustado encontrarle el día en que, algunos años después, decidí que no era tan grave chuparle la polla a un tío y que quizá lo haría la próxima vez que me lo pidieran. Entonces me hubiera gustado devolverle la mamada que se merecía de aquel día, en que no cumplí equitativamente con reciprocidad, de hecho nunca lo hacía (aunque no se quejó de ello), pero no tenía modo de localizarlo ni nunca le volví a ver ni por casualidad.
Estaba yo paseando a primera hora de la noche por las Ramblas de Barcelona y fijándome disimuladamente, como era mi costumbre, en el paquete de los tíos, cuando coincidí con otra persona que iba en mi misma dirección, de unos treinta y tantos años, que me pareció que "entendía". Procuré acompasar mis pasos a los suyos y seguir andando a su lado. Enseguida, en lugar de mirar disimuladamente como a los demás, le miré sin reparos el relieve de su bragueta, lo cual sin duda fue una señal inequívoca para que me saludara, de ahí empezó una conversación banal hasta que llegó la pregunta crucial: "¿tienes sitio?", que por primera vez en mi vida pude contestar afirmativamente. Naturalmente le previne de que no había nada para estar cómodos pero, claro, no nos importó a ninguno de los dos. Aunque no estábamos muy cerca del lugar fuimos andando, yo algo preocupado por haber sido tan lanzado e ir a meterme en un lugar cerrado con alguien que podía ser un violador psicópata. Él seguramente no pensaba en eso.
Nada más entrar en el piso y cerrar la puerta me abrazó y me besó. Nunca me ha gustado mucho besar a un fumador o a una fumadora y además era el primer hombre que me besaba, lo cual no deja de ser una sensación nueva que no sabía si me iba a gustar, de hecho al principio apreté los dientes para que no me metiera la lengua en la boca, pero finalmente cedí por no defraudarle y me apliqué a colaborar lo mejor que supe para que no creyera que era demasiado remilgado. Naturalmente, enseguida nos bajamos los pantalones y la ropa interior para poder acceder con nuestras manos al cuerpo del otro. Tenía una polla más delgada y algo más larga que la mía, muy recta y proporcionada. Con la excusa de besarme en la nuca me hizo inclinarme sobre su polla pero yo se la aparté con la mano como señal inequívoca de que no se la iba a chupar, no lo había hecho nunca y no pensaba empezar aquel día. Por suerte, él sí que lo hizo conmigo. Era la primera vez que un hombre me besaba y también la primera vez que me la chupaban. Sentía un gusto especial, distinto al que había sentido hasta entonces con los tocamientos y pajas ocasionales que me habían hecho, aparte de las que me hacía yo mismo constantemente. Tuvo el detalle de recoger en su boca toda mi descarga hasta lo que creímos era la última gota, pero cuando se separó, mientras me seguía masturbando, otro chorro salió inesperadamente de mi polla y fue a dar contra la puerta para asombro de ambos. Nunca más he tenido dos orgasmos tan seguidos, prácticamente consecutivos, casi sin solución de continuidad. No recuerdo si él también se corrió, supongo que sí.
Así terminó mi primera sesión con un tío en un lugar privado, en la que además descubrí cómo era una mamada. Él se llamaba N... y vivía, según me dijo, cerca de la Plaza de España. Me hubiera gustado encontrarle el día en que, algunos años después, decidí que no era tan grave chuparle la polla a un tío y que quizá lo haría la próxima vez que me lo pidieran. Entonces me hubiera gustado devolverle la mamada que se merecía de aquel día, en que no cumplí equitativamente con reciprocidad, de hecho nunca lo hacía (aunque no se quejó de ello), pero no tenía modo de localizarlo ni nunca le volví a ver ni por casualidad.
Una vez estabilizado económicamente después de haber superado ya de algún modo la desgracia familiar que me obligó a ponerme a trabajar desde muy joven, determiné que me convenía completar mi formación reglada, para lo que elegí la academia
A... , sita en la entonces denominada oficialmente Avenida de José
Antonio Primo de Rivera y más popularmente Gran Vía, en Barcelona, donde me
incluyeron en una clase en la que todos los alumnos eran, por lo menos,
cinco años menores que yo. Allí estaba C..., un chico muy joven que me
atraía enormemente. Aún tenía acné juvenil, pero eso no mermaba su
atractivo, al menos para mí. Al ser tan joven, sus horarios eran
muy rígidos y le esperaban en su casa una vez finalizadas las clases, a una hora bastante tardía que a mi parecer no permitía ninguna flexibilidad para proponerle algo tan inocente, por ejemplo, como visitar algún día mi apartamento. Por otra parte, la clase era de muy pocos alumnos, lo que tampoco daba margen para decirle algo en privado sin que se enteraran los demás y a mi me daba mucho miedo que alguien pudiera sospechar lo más mínimo sobre mis sentimientos e intenciones. He imaginado muchas veces lo que hubiera podido suceder si algún día hubiera conseguido una cita con él, pues parecía que yo le caía bien y aceptaba pequeñas bromas sexuales, pero nunca sabré si estaba en lo cierto o eran puras fabulaciones mías debidas a la atracción que sentía por él, ya que terminó el curso y aunque le pedí su teléfono luego no le llamé por temor a que descolgara algún familiar y sospechara de la llamada de una persona que superaba bastante la edad de C... Así que si hubiera habido alguna posibilidad, se perdió irremisiblemente para siempre a causa de mi timidez.
En esa academia nos dio clase durante unas semanas, no como titular sino haciendo alguna sustitución, un profesor argentino, creo, de unos treinta y tantos años, bastante atractivo y varonil en el que no denoté nada especial en aquellos momentos. Unos meses después de que ya no lo viera más por la academia, me lo encontré entre los espectadores que salíamos de la última sesión del Cine Atlántico, antes de la primera experiencia que he relatado ocurrida en dicho cine, por lo que todavía no tenía claro que allí podían suceder tales cosas. Estuvo muy amable, me preguntó porqué iba a ese cine y yo, inocentemente, le dije que porque me gustaban las películas cómicas que proyectaban, lo cual en aquellos momentos era lo más parecido a la verdad. Él coincidió en mi apreciación y, como estábamos en la parada de autobús que había frente al cine, se ofreció a acompañarme a mi casa con su moto que tenía aparcada allí mismo, para que no tuviera que esperar al autobús y me ahorrara el precio del billete nocturno. Yo no quise que se apartara de su trayecto para dejarme en mi casa y decliné varias veces su invitación, pero tanto insistió (estaba claro que no quería desaprovechar la ocasión) que acabé montándome de paquete en la moto. Desde el principio me insistió mucho en que me agarrara a él fuertemente para no caerme de la moto y me lo fue repitiendo varias veces durante el trayecto, pero a mi me daba reparo y procuraba poner mis manos en su cintura sin apretar mucho. Ahora estoy seguro que deseaba que me abrazara a él y/o que deslizara mis manos más hacia abajo por delante y supongo que esperaba que a partir de ahí podría llevarme a algún otro sitio antes que a mi casa, pero a mí ni se me ocurrió tal posibilidad, al contrario, no me atrevía ni siquiera a apretar mucho mis manos, con el consiguiente riesgo potencial para mi integridad física porque él iba a bastante velocidad tomando las curvas, supongo que para provocar que yo me agarrara a él, y yo no llevaba casco porque en aquellos años no era obligatorio. Como decían las damiselas del siglo pasado, "se portó como un caballero". Me llevó por el camino más corto a mi casa, nos dimos la mano y no he vuelto a verle más. El debió quedarse convencido de que yo era hetero y nuestro encuentro en el cine una casualidad y yo no caí en la cuenta hasta bastante tiempo más tarde que aquella noche los acontecimientos podrían haberse desarrollado de otra manera muy distinta si yo hubiera sido algo más espabilado.
Y, ahora sí, en el próximo post describiré, dedicándolo especialmente a las generaciones que no los han conocido, los inefables "mingitorios públicos" municipales de Barcelona. Y más adelante los de otros lugares.