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viernes, 2 de mayo de 2014

10 - El resto de servicios (WC) públicos no municipales en la Plaza de Cataluña y alrededores (I).

Pensaba acabar estas reseñas sobre WC públicos en Barcelona con un repaso, a veces rápido y otras no tanto, dependiendo del lugar comentado, del resto de oportunidades de ligue homosexual que teníamos los gay o bisexuales "proletarios" en aquel escenario tan poco romántico. No obstante, lo que creí que podía liquidar en un solo post está alcanzando unas dimensiones que me hará dividirlo en varios, para no hastiar más de la cuenta al lector con textos interminables.

Después de la descripción de los WC municipales, no sería justo olvidar el mérito de algunos otros que pertenecían a compañías de transporte o estaban ubicados en otro tipo de establecimientos, normalmente de hostelería pero también en aparcamientos o grandes almacenes. Empecemos con el que más me gustaba.

- Avenida de la Luz. Servicios originalmente pensados para los usuarios de los Ferrocarriles.
Para los lectores de menos de 40 años o de fuera de Barcelona habrá que empezar explicando qué Avenida es (o era) esta. Pues bien, se trata de un amplísimo paso subterráneo bajo la calle Pelai (entonces Pelayo), desde su confluencia con las calles Balmes y Vergara (hoy Bergara) hasta la Plaza de Cataluña y Ramblas, tal como se ve gráficamente en el siguiente plano que muestra la parte del subsuelo que discurre por debajo de las calles indicadas.


Se construyó en 1929, año de la segunda Exposición Universal de Barcelona, a raíz del soterramiento de una estación de ferrocarril allí presente desde 1874, pero se re-inauguró como galería comercial en 1940 con el propósito de que fuera el primer tramo de una gran área subterránea que hubiera abarcado todo el subsuelo desde la Plaza de Urquinaona hasta la Rambla de Cataluña, si bien no llegó a construirse por problemas técnicos, económicos y de cobertura legal, por lo que se quedó en el espacio descrito y, aún así, tiene el mérito de haber sido la primera galería comercial subterránea de Europa.

Aquello que sin ánimo de exagerar era, por lo abigarrado y diverso de sus usuarios y por la variedad y el "multipintoresquismo" de sus establecimientos, como una pequeña ciudad subterránea a lo largo de un pasillo de unos 150 metros de largo por 10 de ancho que albergaba más de cincuenta establecimientos de todo tipo: óptica, electrodomésticos, tricotosas, armas, deportes, discos, libros, barquillos (pamper's) -con vino Montroy-Pedro Masana-, muebles, joyas, relojes y muchos otros, entre ellos unos cuantos bares y un cine, pero que en la actualidad ya no existe tal como era con comunicación abierta al público entre los dos extremos de lo que antaño fue aquella "Avenida", si bien todavía hoy podemos observar algo de la morfología del pasillo central de entonces si visitamos la planta inferior de la perfumería "Sephora" en el espacio comercial "El Triangle", entrando por la confluencia de la plaza de Cataluña y la calle Pelayo/Pelai. Para imaginarse el resto puede verse la fotografía situada más abajo o visionar las películas "Bilbao" (1978) de Josep Joan Bigas Luna o "Sinatra" (1988) de Francesc Betriu, en las que se aprecia parcialmente como era la Avenida de la Luz en aquellas fechas.

Entre los elementos más importantes de la Avenida de la Luz destacaban, cómo no, las taquillas y los accesos a las líneas de los FF.CC. de Cataluña (Terrassa/Sabadell) y del F.C. de Sarriá a Barcelona (Sarriá/Av.Tibidabo), hoy todos englobados en los Ferrocarrils de la Generalitat, que estaban situados en ambos extremos del recinto. Y en el acceso de la parte superior (Balmes/Pelai), entrando a mano derecha, se encontraba uno de los WC públicos y gratuitos más concurridos de la zona, por lo estratégico de su ubicación, después de la entrada y antes de las escaleras de bajada a los andenes, que se encontraban en un nivel inferior (fue una de las primeras estaciones que contó con escaleras mecánicas) y frente a un cine de sesión continua que no disponía de servicios propios. Pero otra razón importante que justificaba tanta concurrencia era por ser un lugar muy adecuado para el ligue homosexual o para aquellos que al menos querían alegrarse la vista y, con suerte, quizá también unos minutos de su existencia.

Servicios de FF.CC., aunque la señora encargada
no es la que se menciona en el texto. 
Los servicios de señoras y caballeros (gratuitos por gentileza de la compañía de FF.CC. como rezaba una placa de loza en la parte superior de la puerta) tenían las respectivas entradas una junto a otra, a la derecha las señoras y los caballeros a la izquierda. Los de caballeros no eran muy espaciosos, un rimero de no más de seis mingitorios adosados a la pared de la derecha a los que seguía un lavabo y dos WC al fondo. La pared de la izquierda casi siempre ocupada por una hilera de usuarios a la espera de que quedara libre uno de los urinarios de la derecha, cosa que no siempre se producía con la necesaria ligereza pues algunos de los que los ocupaban no terminaban nunca, bien porque estaban entretenidos observando la evidente apostura de otros usuarios o bien porque estaban esperando a que se desocupara alguno de los puestos colindantes al suyo por si mejoraban las vistas con el cambio de usuario. En algunas ocasiones, tal era la acumulación de personas en la cola de espera que alguno de los integrantes de la misma no podía dejar de comentar con alguna frase sarcástica la lentitud con que se alternaban los ocupantes de los urinarios.

Digna de mención era la encargada del lugar, una señora bastante mayor, gruesa y fuerte, normalmente siempre situada en los servicios de señoras, a la que había que recurrir si se necesitaba usar alguno de los WC de caballeros. Entonces ella suministraba el papel de rigor al usuario, supongo que a cambio de la consabida propina, le acompañaba a los servicios de caballeros, arrastrando unos pies enfundados en unas viejas zapatillas que nunca llevaba completamente calzadas sino, como se dice en catalán a retaló, es decir con los dedos metidos en la parte delantera pero el talón libre, a modo de chanclas, que emitían un sonido muy característico al andar. Con una llave que llevaba colgada con un cordel de la cintura abría uno de los WC, no sin antes propinar unos fuertes y sonoros trastazos con dicha llave en la puerta del mismo, por si estaba ocupado, con lo que las puertas de los WC lucían en toda la extensión de su mitad superior unas marcas como de viruela, producto de los golpes de la encargada.

Doy por supuesto que esa señora estaba en el ajo de lo que ocurría allí, pues en una ocasión incluso me fue dado presenciar como abría la puerta de uno de los WC a dos hombres que venían juntos, uno de ellos claramente afeminado y que juntos también entraron en el cubículo, encerrándose en él.

Dejando aparte esta rara anécdota que no dejó de sorprenderme, ¿porqué precisamente estos servicios eran más propensos que otros a atraer tal número de visitantes, aunque justificados en parte por la estación y el cine? Pues porque los mingitorios eran como aquellos que he comentado al mencionar alguna de mis experiencias en el Cine Atlántico, parecidos a los de la foto de la derecha, salvo en que la altura de la pieza de porcelana vertical que separaba a cada usuario no sobrepasaba la altura de la parte central, por lo que a duras penas alcanzaban a ocultar la polla y mucho menos si el usuario era de una estatura regular o bien estaba empalmado, caso no infrecuente. O las dos cosas.

Además era un lugar muy apropiado para ligar porque se podía salir y perderse entre el bullicio de la Avenida seguido o precedido del "ligue" y entablar luego la oportuna conversación para comentar lo que fuera necesario como viejos amigos, deambulando entre el resto de transeúntes de aquel lugar, sin llamar la atención.

Vista panorámica de la Avenida de la Luz, desde la parte superior (Pelai/Balmes) del recinto.
Los servicios que se describen se encontraban a la derecha, a la espalda del fotógrafo.
Rara era la vez en que no se conseguía nada si uno disponía de tiempo suficiente, tenía cierta paciencia y, porqué no decirlo, un mínimo de buena apariencia, por lo que yo también lo conseguía a menudo, cosa que paso a comentar en la medida de mis recuerdos, también con alguna experiencia fallida, pues esas anécdotas sobre situaciones cuando menos extrañas, aunque no tanto como la relatada sobre los dos hombres entrando en un WC a la vista de todos, no diré que menudeaban pero no eran raras.

El cine que se menciona en el texto cuando ya había
pasado de ser "Sala S" a "Sala X", es decir, sala porno.
En una ocasión, cuando el cine que había a unos escasos veinte metros ya se había transformado en un cine "S" (raro engendro creado para clasificar a finales de los años 70 algunas salas especializadas en cine erótico, pero no pornográfico, solamente con actores y actrices ocasionalmente desnudos "por exigencias del guión") vi como entraba procedente del cine un chico joven que a duras penas debía superar los 18 años, edad requerida para poder entrar en aquella sala, muy acalorado y nervioso, con una más que evidente erección bajo sus pantalones, que enseguida se colocó en uno de los mingitorios y exhibió tal cantidad de enhiesta hombría que todos los colaterales, entre los que me incluyo, pues me faltó tiempo para colocarme en otro sitio libre ya que en aquella hora no había cola, desvelamos también una erección inmediata, aquello que segundos antes era una hilera de tíos disimulando y tapándose la polla para no llamar la atención hasta que vieran interés por parte de alguien, al ver aquella cantidad de carne joven al descubierto y los manejos de su dueño para correrse, se transformó en un florido vergel de erectas pollas a ambos lados de él, sin excepción, porque también casualmente todos los que estábamos allí éramos lo suficientemente jóvenes como para tener esa reacción inmediata. Hay que recordar que eran años de bastante represión sexual, a pesar de la tímida apertura que significó la autorización de las salas "S" y precisamente por eso deduje que el pobrecito se había puesto tan caliente con la película que, siendo sin duda una persona muy bien educada, no quiso manchar el cine (seguramente sería el único que tuviera esa consideración) y se dirigió a los servicios, pensando seguramente en desahogarse allí en la intimidad y seguro que sin esperar encontrarse con aquel panorama. No sé qué fue de él una vez acabó, pues fue algo visto y no visto, con tal premura y a punto de reventar venía el chico y supongo que como estaba ya casi con los ojos en blanco no le importó, o hasta le excitó más, ver tantas pollas de golpe haciendo la competencia a la suya. Sólo espero que se lo pasara bien lo que, a juzgar por la cantidad de leche que sacó, creo que se podría aventurar que fue así.

En otra ocasión, se puso a mi lado un chico algún año mayor que yo, con una polla perfectamente torneada y, aprovechando que era una hora de poca afluencia, nos la agarramos recíprocamente, pero a los pocos segundos de tocarle se corrió en mi mano sin avisar y yo, por una reacción inesperada, seguí el mismo camino. A duras penas, me volví hacia el lavabo, por suerte llevaba los pantalones abrochados como siempre, pero iba con la polla fuera porque no podía ni tocarla con mi mano mojada para no manchar la ropa ni con la otra mano limpia para no manchar la mano a su vez con el líquido que había salido de mi propia polla y que la cubría en parte. Afortunadamente, el lavabo también estaba instalado a la altura apropiada para lavarse la polla, así que procedí a ello, con la polla y las manos limpias me sequé con un pañuelo (entonces aún se usaban pañuelos de tela) y me la guardé tranquilamente. No oí ni un comentario por parte de ninguno de los presentes, que supongo que algo notarían de lo que estaba pasando. Una vez conseguí recomponerme, abandoné el lugar mientras el otro también se lavaba y, como ya era hora de comer, me fui a pie al domicilio de mi novia de entonces, S., que se había marchado de vacaciones con sus hijos pero me había dejado algunas cosas de comer preparadas en su casa. Cuando ya estaba llegando me alcanzó el otro chico, que quería seguir con el festival. Pero ya era hora de comer y yo no quería llevarlo a casa de mi novia a pesar de que no hubiera nadie, ni tampoco a mi apartamento, pues no estaba muy cerca y entre el ir y venir habría acabado comiendo a las cuatro o cinco de la tarde, así que en esta ocasión el hambre se impuso a la libido, que de todos modos ya había tenido su pequeño e inesperado alivio, y allí se acabó la historia.

Como es natural, tras ir unas cuantas veces a horas y/o días similares se acaba conociendo, al menos de vista, a los asiduos y, entre ellos, había un hombre bajito bastante mayor con pelo y bigote canosos al que ya había visto varias veces. Aquel día coincidimos uno al lado del otro y miré disimuladamente aunque no vi nada más que una pelambrera muy negra. Yo debía estar empalmado como de costumbre (no me hacía falta ver nada especial, solamente el morbo de la situación ya era suficiente para provocar esa reacción en mi) pero, cansado de no ver nada más, salí y él también. Después de andar unos pasos juntos creo que inicié yo la conversación:
- Hola
- Hola, ¿te gustan los hombres mayores?
me soltó de buenas a primeras con una entonación que supongo pretendía ser lúbrica. Me quedé algo sorprendido porque nunca me había planteado ir con alguien porque fuera mayor, sino para que me la chupara, de hecho me fijaba en otras cosas y la edad me daba bastante igual, así que le respondí
-No lo sé
se quedó algo sorprendido y, como supongo que detectó que yo no era el jovencito entusiasmado por ir con un tío mayor que él esperaba, nos despedimos y nos fuimos cada uno por su lado. Lo vi más veces pero no volvimos a hablar más. Tampoco le vi nunca, ni antes ni después de ese día, entablar nada con nadie más.

También era asiduo del lugar un chico joven con apariencia latina y unas cicatrices muy aparentes en cada lado de la cara, al cual ya he mencionado en una entrada anterior de este blog y que no tenía reparo en mostrar un bulto en el pantalón que de buen seguro hacía babear a más de uno (y creo que a mi también), pero nunca llegué a ver en directo si la realidad se correspondía con aquel bulto. Hubiera podido hacerlo pero procuraba evitar la coincidencia con él pues se metió en mi cerebro la manía de que era un chulo no recomendable y me quedé para siempre sin saber lo que era en realidad.

En otra ocasión encontré a V. (o también podría ser B.), un chico de Lleida que estudiaba en Barcelona, bastante atractivo y con una figura y una polla que me gustó. Me propuso ir a su piso en la plaza de Gala Placidia y hacia allá nos fuimos, lo pasamos muy bien en la cama aunque mientras estábamos en ello le llamó su hermano por teléfono así que, mientras el le atendía, yo no dejaba de mamársela a él para mantenerlo caliente y poder seguir después, como así fue. Estuvo muy bien, siempre he intentado ser generoso aunque por aquella época lo era con todo menos con mi culo y lo que me interesaba era el de los demás pero, a pesar de pasarlo tan bien, en el momento de la despedida, como acostumbraba a hacer siempre, me mostré bastante esquivo para quedar para una nueva ocasión por lo que nunca más volví a verle, ni siquiera por casualidad en la Avenida de la Luz. Gracias a haberme desplazado a su piso y haber vuelto a la Plaza de Cataluña con los hoy Ferrocarrils de la Generalitat, descubrí los servicios de la estación de Gràcia de dicha línea, de los que hablaré largo y tendido en su momento.

Un sábado, sobre las cuatro de la tarde, momento de poca concurrencia, entré y repare en un chico bastante joven situado en un urinario, entre otros usuarios. Al verlo de espaldas no pude apreciar si era un chico inocente o no, pero los dioses me fueron tan propicios que me dejaron un puesto libre a su izquierda que me apresuré a ocupar. Aguantaba con sus manos una polla adolescente o post-adolescente en posición horizontal para que no rebasara el límite del urinario, aunque era totalmente visible (y adorable), él estaba casi tan ruborizado como su polla y se aguantaba derecho con la cabeza algo inclinada apoyada en la pared. Y así durante minutos y minutos, prácticamente sin mover un músculo. Su polla estaba diciendo "cómeme", pero no era cuestión de armar un escándalo entre toda aquella concurrencia, así que opté por enseñarle la mía, que casi doblaba la suya en dimensiones (no por mérito mio), él observaba a uno y otro lado disimuladamente pero permanecía impasible en su puesto. Yo, como siempre he sido muy prudente, opté por marcharme para que nadie sospechara. Él no me siguió como yo hubiera querido, así que le esperé fuera todo lo disimuladamente que pude. Cuando al fin apareció, se dirigió a la salida más cercana, yo le seguí por la calle pero él no aminoraba el paso para que pudiera decirle algo privadamente sin llamar la atención de nadie, seguramente ni se le ocurría tal posibilidad. Al fin, viendo que no iba a conseguir nada lo dejé correr, pero a partir de entonces procuré acudir al mismo lugar los sábados a las cuatro de la tarde y, efectivamente, allí estaba todas las semanas. Le esperaba fuera hasta que aparecía, entonces entraba yo, a veces dejaba pasar mi turno muy educadamente para conseguir estar a su lado, se repetía la misma escena que la primera vez y seguía sin conseguir hablar con él, aunque era evidente para mí que él sabía que yo le seguía. En una de las ocasiones, siguiendo siempre el mismo camino, llegó a la altura de un establecimiento que parecía una ferretería, entró y pude observar que los dependientes o dueños le conocían. No sabía que intenciones le albergaban, así que opté por marcharme. Le vi alguna vez más pero con la misma ausencia de resultados. Hasta que al cabo de los años, estando de madrugada en el cuarto oscuro del bar/disco Martin's, local ubicado entonces en el tramo superior de los jardincillos del Paseo de Gracia, encendieron las luces de pronto porque iban a cerrar y me encontré con que el chico que me la estaba chupando era él, o así creí reconocerle después de unos cuantos años, la misma figura, la misma carita y el mismo pelo, peinado algo distinto. No pareció gustarle mucho que se encendiera la luz y creo que aún menos al descubrir que yo era un tío ya cercano a la cuarentena y medio calvo. No sé si me reconoció, yo inicié una conversación de circunstancias, al bajar las escaleras resbaló en un escalón, yo procuré estar al quite y lo más atento que pude y al llegar a la calle le ofrecí llevarle en coche a su casa o a donde fuera, pero declinó la invitación una y otra vez. Y así acabó aquel no-idilio de tantos años. Después aún lo vi en alguna otra ocasión en algún otro lugar de ambiente pero ni yo intenté nada más ni el pareció nunca reparar en mi presencia. Me pregunto (retóricamente, claro) quién saboreó las primicias de ese chico y le enseñó lo que luego al cabo de los años comprobé que sabía hacer. Sin duda era un papel que me hubiera gustado desempeñar a mi, pero también creo que está bastante claro que yo no debía ser de su gusto.

Otro chico bastante joven con el que me encontré allí, fue J. Una tarde, casi de noche, allí estaba, no muy alto, con gafas de bastante graduación, pantalones pitillo ceñidos, moreno y una polla recta y delgada. Salimos los dos de los servicios,
- Hola
- Hola
- ¿Qué, qué haces por aquí?
- Por aquí, aburrido,
- ¿Quieres venir a mi casa a escuchar música?
- Sí, vamos
fue la prácticamente inesperada respuesta para mi total y absoluta sorpresa, pues no confiaba que un tío tan joven quisiera venirse con alguien que ya empezaba a estar algo granadito. Tomamos el metro para ir al estudio que entonces tenía yo a pocas paradas de la Plaza de Cataluña, ya en el ascensor comprobé que estaba a punto y que no le hacía ascos a un buen morreo, entramos, seguimos con los morreos y magreos, nos tumbamos, me costó algo sacarle aquellos pantalones tan ceñidos y nos empezamos a disfrutar el uno al otro. Un gran tipo, no le hacía ascos a nada, todo le gustaba pero especialmente que le lamieran ese espacio técnicamente llamado "perineo", que tenemos entre los huevos y el culo, por donde se empieza a apreciar la polla por debajo de la piel. Cuando se lo chupaba o lamía daba unos gritos de gusto extraordinarios. También me di cuenta de que necesitaba una operación de fimosis, lo que dificultaba algo el goce completo y tranquilo, porque me daba apuro tirarle demasiado hacia abajo de la piel por miedo a hacerle daño, pero todo acabó satisfactoriamente. Quedamos para vernos otro día, pero no acudió a la cita.

Como era de esperar, volví a encontrarle en la Avenida de la Luz, me dio una excusa banal por su plantón y volvimos a tener una buena tarde de sexo. Él fue quién me ilustró sobre la existencia de las saunas y su funcionamiento, contándome sus experiencias en la Sauna Pádua, hoy inexistente. Volvimos a quedar y me volvió a dar plantón.

Al cabo de un tiempo lo volví a encontrar en el mismo lugar, volvimos a tener una buena sesión, mejor todavía si cabe porque me di cuenta de que ya le habían hecho la operación, por lo que le pude manejar a mi antojo aquella preciosa polla, tal como él hacía con la mía. No era una polla muy gruesa y de la punta lo era aún menos, totalmente recta y algo más larga que la mía por lo que empecé a fantasear para mí con que seguramente podría metérmela sin lastimarme mucho y hacerme notar por fin la sensación de tener dentro un vivo y palpitante pedazo de carne como aquel.

No recuerdo cómo, volvimos a encontrarnos y esta vez yo ya me había pertrechado con un tubo de vaselina medio vacío que cogí del trabajo. ¡Inocente de mí!, entonces ignoraba la existencia del K-Y y que la vaselina que se usa para esto no era precisamente aquella para uso industrial. En el transcurso del encuentro sexual le propuse que me penetrara, yo había intentado hacérselo a él alguna vez pero no lo había conseguido porque, aunque aparentemente no tenía ningún tabú al respecto y verbalizaba que lo quería hacer, además de relatar ocasiones anteriores en que se lo habían hecho, en realidad no parecía facilitarlo activamente. En cambio, para hacérmelo a mí enseguida estuvo a punto, yo me puse a cuatro patas y quedé a su merced. No tardé en notar su excitante lengua en mi culo, con una presencia y un movimiento que se prolongó durante bastante rato lo que me calentó hasta lo indecible, cuando debió calcular que ya era suficiente me untó bien con aquella vaselina que en realidad no servía para gran cosa y me dispuse a recibirlo, pero fruto de mi virginidad y por tanto de mi inexperiencia y no sé si también de la suya, aunque creo que no, no había manera de que entrara sin hacerme bastante daño, hasta que llegado un momento, dado que en todas mis experiencias anteriores de activo aunque algunas veces topara con alguna resistencia física siempre se acababa solventando sin que nadie saliera aparentemente mal parado, y también mal aconsejado por mi mente que, claramente obnubilada, me jugó la mala pasada en aquel momento de equiparar teóricamente la dificultad que teníamos con la que se da cuando uno quiere arrancarse un esparadrapo poco a poco y no puede, mientras los profesionales lo hacen de un tirón y sin que prácticamente duela, se me ocurrió decirle, "dale un buen empujón y métela de golpe". Dios mio, ¡nunca debería haberlo dicho!, hay que reconocer que él actuaba con bastante tacto pero al oír mi orden me preguntó ¿seguro? (barrunto que el sabía mejor que yo que aquello no era una buena idea), yo le respondí que sí, el empujó y ¡vaya si la metió!, pero yo me retorcí con un dolor inmenso, me quedé tan paralizado que no sé si no atiné a sacármela o no me atreví por temor a más dolor, solamente recuerdo que le grité varias veces "sácala, sácala", pero al hacerlo me volvió a dar otro calambrazo aunque, afortunadamente, aquel dolor insoportable empezó a decrecer enseguida. Así fue la primera vez que me la metieron, aunque fuera por unos pocos segundos y a costa de un dolor inmenso.

Afortunadamente no siempre ha sido así. Con este mismo chico, que por cierto la chupaba muy bien y que fue el primero en metérmela y también el primero con el que nos comimos mutuamente el ojete así como aquel espacio limítrofe al mismo que he explicado antes que tanto le gustaba que le lamieran y mordisquearan, conseguí finalmente varios buenos polvos, en realidad era la mejor polla que hubiera podido encontrar para iniciarme, si descontamos algunos micro o mini penes con los que también me he encontrado por esos mundos de Dios, que de todo hay en la viña del Señor. Con posterioridad he tenido ocasión de gozar algunas enculadas francamente gratificantes pero sin embargo, a pesar de haberme aplicado a dominar y evitar el reflejo de cierre del esfínter, cosa que no hice en aquella primera ocasión y que contribuyó a las dificultades relatadas, siempre han sido dolorosas, al menos al principio, encontrándome frente a la contradicción de tener que soportar ese dolor durante un rato que se me antojaba eterno y, sin embargo, parecerme que la otra sensación paralela de gusto era demasiado corta y desear que se prolongara durante mucho rato. ¿Quizá si lo hubiera practicado más veces habría conseguido mejor práctica en la dilatación y, por lo tanto, más rato de placer? No lo sé, pero no descarto seguir intentándolo porque si contara "digitalmente" las veces que lo he hecho, seguramente tendría suficiente con las dos manos y me temo que eso debe ser poco para encontrarle el verdadero gusto.

Me encontré a muchas otras personas en aquel lugar, algunas poco tiempo antes de que cerraran la Avenida de la Luz y varios años después de que hubieran reformado los WC con ocasión de que Ferrocarrils de la Generalitat se hiciera cargo de la gestión del ferrocarril, con lo que aquel lugar ganó en espacio y modernidad pero perdió en morbo, pues los nuevos urinarios instalados ya fueron "de cuerpo entero" como quien dice. Los años habían pasado para todos, después de la "transición" el mundo gay se había ido creando más espacios, aunque la mayoría ocultos todavía y todos vivíamos un poco mejor, por lo que la utilidad de aquellos servicios, tanto para su cometido oficial como el extra-oficial que se relata aquí, fue mermando lentamente aunque siempre se conservó, poco o mucho. Por eso, raramente se formaban colas en los urinarios, en parte porque la reforma había por lo menos doblado su número o quizá triplicado pero creo que también en parte porque ya no necesitábamos tanto aquella vía de escape. Aquella anciana encargada ya no estaba pues había sido sustituida por un tío joven que, aunque generalmente estaba fuera fumando o charlando con los empleados de la tintorería que había enfrente, en ocasiones estaba dentro sentado frente a una mesita donde a veces se le dejaba una propinilla, por lo que la impunidad con que se hacían las cosas unos años antes había dejado casi de existir.

En estas nuevas condiciones, recuerdo entre las personas de esos últimos años a varios estudiantes de una academia que había en el edificio de la calle Pelayo situado junto a la boca de acceso que daba a los servicios, que habían descubierto lo que allí podían encontrar, habiendo observado más de una vez alguna furtiva paja administrada a alguno de ellos. Esperando que algún día me tocara a mi poder hacerlo, un buen día se puso a mi lado uno de aquellos estudiantes que no tardó en enseñarme una polla hermosísima de proporciones más que notables, a lo que yo le correspondí mostrándole la mía y, en cuanto pude, me agarré a aquella hermosura y, dado que nos habíamos quedado solos, me asaltó la idea de chupársela. Con la reforma de los urinarios, el nuevo diseño incorporaba la feliz circunstancia de que éstos, adosados a las paredes del fondo y laterales, quedaban ahora elevados unos centímetros del suelo en lugar de estar a ras de suelo como antes, por lo que para situarse correctamente había que subir un peldaño, lo cual me di cuenta entonces que era de una extraordinaria utilidad si lo que uno pretendía era chuparle la polla a otro, pues con descender del peldaño la mamada resultaba mucho menos incómoda, sobre todo para el mamador. Así que bajé del peldaño y ya él estaba apuntando aquel precioso trozo de carne hacia mi boca cuando oí unos pasos y, como la nueva disposición de los urinarios era en forma de U con la abertura hacia la puerta y, por ende, yo estaba situado de espaldas a la misma, opté por disimular lo mejor que pude como si me acabara de bajar del urinario por haber terminado y guardándome la polla al mismo tiempo. Efectivamente, había entrado un nuevo usuario que no sé si se había dado cuenta de algo, pero yo me vi obligado a salir para seguir con el disimulo y aunque esperé al jovencito, éste salió pitando hacia su academia ignorándome totalmente.

En otra ocasión, también en los últimos tiempos de apertura de esos servicios, me situé al lado de un chico morenito y delgado, como me gustan a mi (seguramente por contraste), que imagino sería originario de India o Pakistán, reconocimos mutuamente lo que queríamos, salimos al exterior y casi por señas, pues prácticamente no entendía español, le dije si quería venirse a mi apartamento, que por aquel entonces estaba bastante cerca de allí. Para allá nos fuimos, pero el pobre chico iba tan caliente y excitado que, una vez en mi piso, estando todavía de pie y medio vestidos, le abracé, le puse su pequeña polla entre mis muslos y el pobre angelito se corrió de inmediato, cayendo toda su efusión seminal sobre la parte inferior e interior de mis calzoncillos que aún llevaba puestos a media asta. En fin, un accidente le puede suceder a cualquiera pero aunque luego le he disculpado en mi fuero interno, en aquel momento no me hizo mucha gracia. Le volví a encontrar de nuevo en el mismo sitio al cabo de unas semanas, le ignoré, pero el me siguió hasta mi casa, sin embargo le dije como mejor pude en inglés y en español que no tenía tiempo y que ya nos veríamos en otra ocasión, reconozco que actuando un poco como con una rabieta por lo ocurrido días antes. Ahora reconozco que no debería haberlo hecho porque lo podíamos haber pasado muy bien ambos, máxime estando ya prevenido sobre su eyaculación precoz, pero en aquel momento no miré el lado práctico. Como, por otra parte, mis visitas a aquellos servicios se espaciaban cada vez más, tampoco volví a verle.

A lo largo de esos años me encontré también con otras personas, algunos al ver mi excitación me tocaban el culo, otros querían que les tocara yo la polla sin ellos hacer nada, por lo general me la tocaban a mi o conveníamos en ir a algún otro sitio más discreto, entre ellos las escaleras y zaguanes que he comentado en otro post, pero el caso más curioso fue que en una ocasión, ya de noche, me encontré con un tipo algo mayor que me enseñaba la polla, salimos a la calle, estuvimos viendo juntos algún escaparate, pero ni él ni yo rompimos el hielo, así que me marché a mi casa. Por aquel entonces yo trabajaba en una población de la comarca del Vallés a la que me desplazaba cada día en un tren que salía de aquella estación de Plaza de Cataluña, si bien yo lo tomaba en otra, y cuál no fue mi sorpresa al ver, al día siguiente, a la llegada del tren de las ocho a su destino, que aquel tipo de la noche anterior también estaba allí, tan lejos de donde lo había visto por última vez, unas horas antes. Me quedé estupefacto, supongo que sería una casualidad pues no le doy crédito a que la otra posibilidad fuera que él supiera que yo tomaba aquel tren a aquella hora y que me apeaba en aquella estación o que me hubiera seguido la noche anterior hasta mi casa y luego en la mañana siguiente hasta el tren, me parece aún hoy imposible. Sea como fuere, como cada día, tomé el autobús con una compañera que también venía conmigo y ya no le vi más, para mi tranquilidad.

martes, 20 de septiembre de 2011

05 - Algunos apuntes deslavazados de los años 60 y 70.

Al final de mi post anterior sugería que quizá en este iniciaría el tema "mingitorios públicos".

Pero debo rectificar. Porque en el ejercicio de memoria que implica escribir estas notas, han venido a la misma tantos recuerdos de otras experiencias anteriores o paralelas a las de los mingitorios, algunas reales y otras en grado de tentativa o de simple percepción, que he creído oportuno dedicarles un post entero agrupando las más significativas, antes de seguir con aquel tema monográfico.

Advierto una vez más que mi desarrollo intelectual, del que no puedo quejarme en otras áreas, fue extraordinariamente lento e ingenuo en lo que respecta al sexo, por lo que no debe extrañar al lector que relate algunas experiencias que nunca tuvieron el desarrollo que hoy creemos natural, sino que se quedaron "a medio camino", por mi poca malicia y mucha timidez, sin olvidar el ambiente represivo propio de la época, que seguro que también tuvo algo que ver. Lo menciono por última vez para no recordarlo reiterativamente en lo que resta de posts, hasta el momento en que se refleje en los mismos una madurez intelecto-sexual más acorde con la normalidad, según entiendo que está generalmente aceptado hoy en día este concepto.

Aunque ahora no soy una persona agraciada físicamente, en mi adolescencia y juventud no estaba nada mal. Si no hubiera sido por mi timidez me hubiera llevado de calle a todas las chicas que me hubiera propuesto. Pero no fue así, sino que solamente encajaba con aquellas más atrevidas, que supongo veían en mí a un pobre tonto del que podían aprovecharse. La que más despuntó en ello fue una joven profesora de gimnasia del pabellón femenino del colegio que ya he mencionado, de quien lamento no recordar el nombre, a la que conocí siendo ya ex-alumno y con la que pasé tórridas tardes (para lo que entonces se estilaba, sin llegar al sexo) hasta que se cansó y volvió con su novio habitual, un enfado con el cual había sido la causa de nuestra efímera relación.

También recuerdo a mi amiga A..., compañera de trabajo que se aprovechaba de mí a la menor ocasión que se le presentaba, aunque debo reconocer que el objeto prioritario de sus favores era otro compañero, J..., hoy prestigiado profesor en una no menos prestigiada institución académica privada.

Y también está C..., otra compañera, con la que congeniábamos mucho más de lo que es habitual, nos divertíamos juntos, lo pasábamos muy bien, pero con la que no llegué a profundizar mucho (bueno, más bien nada) en el ámbito sexual. Se podría decir que es la persona del sexo opuesto con la que más he congeniado y con la que más he reprimido mis instintos. ¡Qué raro soy!

En los años 60, una persona extraordinaria, F..., me convenció para que me adentrara en una profesión entonces casi emergente y a él le debo el poco o mucho éxito profesional que he podido tener en la vida, por haberme convencido de que iniciara ese difícil camino y haberme acompañado en mis primeros pasos. Quede aquí mi reconocimiento a su profesionalidad, a su magnífico coaching, como se dice ahora, y a la extraordinaria influencia que ejerció en mi destino profesional y personal.

Después de él, también hubo en mi vida otro hombre digno de mención, J... o Q..., igualmente compañero de trabajo, de la misma quinta que F..., muy competente, muy sencillo de carácter y que me trataba con mucho cariño, en el mejor sentido paterno/filial. A él le debo mis segundos pasos en la que fue desde entonces mi profesión, en la que me orientó y guió con una gran generosidad. A pesar de los caminos divergentes que tomaron nuestras vidas profesionales y personales, hubiera querido pagarle esta deuda con una larga amistad por lo menos, cosa que lamentablemente no fue posible culminar por lo que luego diré. Estaba casado y con hijos pero en momentos concretos prescindía en cierto modo de la familia y pasaba a llevar una vida algo desordenada, propiciada probablemente por una cierta dificultad en compaginar su vida privada por la presión de su trabajo. Quizá era esto lo que le hacía abusar de la bebida en esos momentos. O bien, al contrario, era una cierta propensión a la bebida la que inducía el resto de problemas, no sabría discernirlo. A todo ello quizá podamos añadir algunos indicios que a veces me parecía detectar sobre una posible inclinación sexual poco ortodoxa para los cánones de la época, pero quizá estaba equivocado. Ciertamente, fuera por lo que yo sospechaba o no, su vida privada fue haciéndose más y más caótica hasta el punto de plantearle algún dilema existencial que escapa a mi comprensión, pero que imagino que llegó a atormentarle hasta tal punto que fue la razón de que decidiera quitarse la vida de un disparo de escopeta al cabo de unos años.

Recuerdo que de pequeño había oído hablar de cines en los que había señoras en las últimas filas que por muy poco dinero masturbaban a los chicos que se sentaban allí para eso. Asimismo, había oído decir que en Montjuïc, en un paraje llamado "la tierra negra", también podían encontrarse señoras de aquellas. Pero con el tiempo,  también me enteré de que en otros cines había hombres que metían mano a los chicos lo cual, por el morbo y porque era gratis, me pareció más interesante aunque me daba algo de miedo. Me imaginaba a aquellos hombres como unos individuos entre rijosos y patibularios, viejos, babosos, desastrados, con los ojos saliéndoseles de las órbitas y unas manos huesudas que no tenían nada que ver con mi joven y confortable mano, con las que quién sabe si me estrangularían una vez satisfechos sus lúbricos instintos. Pero cuando gocé de algo más de autonomía y de mayor tolerancia en el horario personal, la curiosidad pudo más que el miedo y decidí probar suerte, ya que al fin y al cabo no creía que nadie se atreviera a hacerme daño dentro de una sala de cine (entonces ni se me ocurría pensar que quizá las cosas más interesantes se hacían en otros espacios del cine como los servicios). Finalmente, con más miedo que vergüenza, visité uno de aquellos cines que me habían dicho, pero no ocurrió nada, con lo que me quedé entre aliviado por no haber tenido esa experiencia y frustrado, por la misma razón. También adolecieron de la misma falta de resultados mis visitas a algunos de los otros cines que me habían dicho y que visité después.

Pero más tarde, en una inocente conversación con un compañero de trabajo sobre películas y cines, se me ocurrió comentar que en mis años de infancia me gustaba mucho ir a un cine de la Rambla junto a los almacenes SEPU, el cine Atlántico, al que me llevaba mi madre (entrada 7 pesetas, en aquellos tiempos) y en el que siempre hacían programación infantil, consistente en los tres "nodos" que se editaban cada semana (la gente de mi generación sabrá de qué hablo) y varios dibujos animados de Tom y Jerry, Popeye, Pájaro Loco o personajes de Disney o bien películas cómicas de "El Gordo y el Flaco", "Charlot" y "Jaimito". De vez en cuando algún largometraje de segunda fila supuestamente cómico, generalmente mejicano o algún otro con algo más de calidad, como los de "Cantinflas" y, excepcionalmente, algún otro largometraje de la factoría Disney o europeo digno de mención como "El globo rojo" o "El continente perdido" y poca cosa más. Dado lo limitado del stock de cortometrajes infantiles existente entonces en España, periódicamente se repetía la proyección de dibujos o películas cómicas ya exhibidas en el mismo local, pero a los niños de entonces no solamente no nos importaba esa repetición sino que agradecíamos volver a ver aquellas películas que tanto nos habían hecho reír en anteriores ocasiones y volvíamos a reír de nuevo con ellas, lo cual seguramente tenía mucho que ver con que no existiera la híper-dimensionada oferta que existe hoy a través de la televisión.

Pues bien, la respuesta de mi interlocutor a mi comentario sobre el cine Atlántico fue alarmante (según se mire):
- "¡Pero si ese cine es un nido de maricones!"
y yo, estupefacto:
- "No es posible, es un cine de programación infantil, siempre está lleno de niños, ..."

Cartelera Cine Atlántico 28 febrero 1.965
Cartelera del Cine Atlántico en la prensa de la época
- "Pues te aseguro que es un cine de maricones"
No se me ocurrió preguntarle a mi compañero por qué estaba tan seguro de su afirmación, ya que en realidad estaba intentando asimilarla y no daba crédito a la misma, pues yo había ido muchas veces a ese cine y creía saberlo todo sobre el mismo. Pero, en realidad, lo único que recordaba era que siempre había muchos niños y que nos reíamos y lo pasábamos muy bien. Sin embargo mi interlocutor, como explicaré luego, tenía razón. Intentando encontrarle una explicación a esta gran contradicción he deducido que quizá a mi me llevaban en fines de semana o festivos, por eso el cine estaba lleno de criaturas y, desde luego, nunca había tenido yo mismo ni tampoco había visto con otros ningún incidente que me llamara la atención, creo que lo recordaría como recuerdo otras anécdotas de mi infancia. Desde luego, tampoco sería descartable pensar que tanto niño fuera un manjar apetecible para algún pedófilo, si bien debo decir en honor a la verdad que cuando volví a visitar dicho cine teniendo pleno "conocimiento de causa" nunca vi ningún comportamiento de ese estilo. Eso sí, entre adultos vi bastantes cosas aunque nunca en la sala, solamente en el servicio.

Con todo este preámbulo llegamos a mi primera experiencia  homosexual en una sala de cine que fue, claro, en el cine Atlántico. Cabe decir que siempre he sido un gran aficionado al cine, por lo que me conocía prácticamente todos los cines de Barcelona por razones cinéfilas, aunque iba raramente al cine Publi y al cine Atlántico, porque ambos eran de programación infantil (el cine Publi, sin embargo, con una calidad muy por encima de la media) y a mi, siendo casi adulto (o, por lo menos, así me consideraba a mí mismo), no me apetecía mucho volver a ver cortos o largometrajes infantiles que, además, ya había visto antes varias veces. Pero después de haber tenido la conversación que acabo de relatar, incluí al cine Atlántico como una opción más en mi lista, visitándolo ocasionalmente y fijándome más en los movimientos del público que en la proyección, por si detectaba algo de lo que me interesaba, cosa que no sucedió en mucho tiempo. También es cierto que nunca pensé en visitar los "Servicios", anunciados con este nombre por un rótulo rectangular luminoso de color verde con letras blancas en una pared lateral.

Hay que decir que era, como multitud de cines de aquella época, un cine de sesión continua, aunque de los pocos que empezaba la sesión por la mañana, cómo hace hoy el Cine Arenas. Un buen día, entré a última hora de la tarde, casi de noche y me senté como siempre sin esperar nada especial. Pero, en un descanso entre sesiones, se sentó en la fila anterior a la mía un chico todavía joven, pero bastante más mayor que yo, que no dejó de mirarme mientras estuvieron las luces encendidas, para lo que tenía que girarse en su butaca con lo que de ese modo mostraba que su atención en mi no era casual. Yo no sabía qué cara poner, porque ya suponía lo que quería, pero nunca había pasado antes por un trance similar. Así estuvimos mirándonos impertérritos hasta que apagaron las luces y le faltó tiempo para venir a sentarse a mi lado.

Yo estaba deseando que ocurriera algo de una vez, porque además era algo tarde y tenía que volver a casa pero supongo que el chico no quería aventurarse a tener ningún problema, ya que yo no le había dado pie para nada. Así pasaron unos minutos interminables, hasta que noté que su pierna izquierda rozaba levemente la mía. Ni corto ni perezoso apreté inmediatamente mi pierna derecha contra la suya para que no le cupiera duda de que yo también quería algo. Al poco, pasó su mano izquierda a mi regazo, me sobó los muslos y, ¡al fin!, se detuvo en mi entrepierna que hacía rato que mostraba una protuberancia que no tardó en manosear, medir y repasar. Yo estaba en un grado de excitación bastante elevado, ya no veía la película sino que todos mis sentidos estaban unánimemente dedicados a gozar de aquel cúmulo de sensaciones placenteras. De vez en cuando, con su mano derecha cogía mi mano derecha para pasarla a su lado, pero yo no entendía que lo que quería era una correspondencia en el toqueteo y la volvía a poner en el reposabrazos. Como él no dejaba de tocarme y frotarme la polla, los huevos y los muslos, sobre la ropa, llegó el momento de la inevitable explosión seminal. Con la ropa puesta, me daba la impresión de que un surtidor sin fin me estaba inundando todo el cuerpo de leche caliente. No recuerdo muy bien los detalles, ya que mi cerebro estaba bastante colapsado en aquellos momentos, pero supongo que él se daría cuenta y me dejó tranquilo. Aguantando la sensación de pringosidad cuando se acabaron las sensaciones orgásmicas y se enfrió todo, intenté mirar si tenía alguna mancha en el pantalón pero la oscuridad de la sala me impidió ver lo que luego constaté que era más bien un pantalón dentro de una mancha. Así que esperé al siguiente descanso para comprobar los daños que ya empezaba a notar por la humedad de la superficie del pantalón, porque ni se me ocurrió ir al servicio de inmediato.

Cuando se encendieron de nuevo las luces y vi la magnitud extraordinaria de la mancha, entonces sí que se me ocurrió ir al servicio, pensando que con agua y un pañuelo quizá podría diluir aquella viscosa mancha y confiando en que luego se secara en el trayecto en tranvía hasta mi casa. Pero al entrar en el servicio lo encontré tan lleno de gente (lo cual también me hizo darme cuenta de que aquél era el lugar de concentración y no la sala) que no me atreví a intentar la limpieza prevista delante de todos y, para no estar por allí en medio sin hacer nada, decidí ponerme en un urinario y esperar a que se vaciara algo el servicio mientras yo por mi parte vaciaba mi vejiga. Entonces me di cuenta de otra pista que me confirmó la primacía de los servicios sobre la sala como lugar de encuentro; los urinarios eran de esos verticales, rectos, adosados a la pared hasta los pies, no de los de cazoleta, pero con la parte superior prácticamente por debajo de la altura de la polla, cosa muy conveniente cuando se quiere mostrar la polla a los demás o ver las de los demás o incluso hasta tocarlas sin que haya ningún obstáculo físico de por medio. Nunca hasta entonces había visto un urinario tan adecuado a las necesidades de los gay. En esas cavilaciones estaba cuando ocupó el urinario de mi derecha, que había quedado libre, mi benefactor de unos minutos antes. Esto me provocó dos reacciones contradictorias, por una parte una erección casi inmediata, pero por otra parte me puso algo más nervioso de lo que estaba porque imaginé que aquel chico me estaba persiguiendo. Algo de eso habría, aunque supongo que con buenas intenciones, pero entonces yo era muy inexperto y como además tenía prisa y la gente no se iba ni tampoco mi ex-compañero de butaca y ahora compañero de urinario, opté por marcharme corriendo (esta vez en el sentido literal) a casa, disimulando como pude la mancha durante el trayecto y la entrada en casa y acogiéndome de antemano a la indulgencia familiar respecto a lo que pudieran pensar cuando vieran aquello, como supongo que ocurrió, al poner la pieza a lavar, aunque nunca me lo mencionaron.

Como esto me confirmó los rumores sobre el cine Atlántico, me transformé en un cliente asiduo que asistía al menos una vez por semana. En sus servicios aprendí bastante más sobre las cosas que se pueden hacer entre dos tíos aunque mi actitud seguía siendo la de dejarme hacer y no hacer nada por mi parte o, a lo sumo, tocar alguna polla de vez en cuando si me apetecía. Por lo general, todas las veces que fui, lo más habitual fue que me hicieran pajas o pajas mutuas entre dos o auto-pajas viendo a otros hacer lo mismo. 

Pero el cine Atlántico me enseñó otra cosa. Que donde realmente hay posibilidades de hacer algo en locales normales de afluencia pública es en los servicios, por lo que desde entonces siempre invariablemente he entrado en los de todos los lugares que he visitado, lo que en alguna ocasión me ha deparado ratos más agradables de lo que tenía previsto en un principio. En cerca de cuarenta años he recorrido muchos servicios públicos, no solamente de mi ciudad sino del resto de España y del extranjero, en los que he comprobado que, una vez se conocen los códigos no escritos, en todas partes se actúa de la misma manera y se puede tener el mismo éxito.

Después de relatar mi primer orgasmo gracias a un extraño en un cine, creo que corresponde explicar como recibí la primera mamada, por parte de otro extraño, cuando debía tener alrededor de los veinte años. Fue el "estreno" de un apartamento que alquilé a espaldas de mi familia con la que seguía viviendo. Al principio de tenerlo, gracias a mi conocida y natural generosidad, lo aprovecharon más algunos de mis compañeros de trabajo que yo mismo, aunque yo también le saqué provecho cuando me saqué de encima buena parte de mis prevenciones mentales sobre llevar extraños "a casa". Lo estrené un día que debía ir mucho más caliente de lo habitual, porque si no, no me explico cómo me atreví a hacer lo que hice. Aún no había muebles y, afortunadamente, habían ya conectado el agua y la electricidad, aunque solamente tenía un par de bombillas colgando del techo y, en ese escenario, de pie y con la ropa puesta sucedió lo que relato a continuación.

Estaba yo paseando a primera hora de la noche por las Ramblas de Barcelona y fijándome disimuladamente, como era mi costumbre, en el paquete de los tíos, cuando coincidí con otra persona que iba en mi misma dirección, de unos treinta y tantos años, que me pareció que "entendía". Procuré acompasar mis pasos a los suyos y seguir andando a su lado. Enseguida, en lugar de mirar disimuladamente como a los demás, le miré sin reparos el relieve de su bragueta, lo cual sin duda fue una señal inequívoca para que me saludara, de ahí empezó una conversación banal hasta que llegó la pregunta crucial: "¿tienes sitio?", que por primera vez en mi vida pude contestar afirmativamente. Naturalmente le previne de que no había nada para estar cómodos pero, claro, no nos importó a ninguno de los dos. Aunque no estábamos muy cerca del lugar fuimos andando, yo algo preocupado por haber sido tan lanzado e ir a meterme en un lugar cerrado con alguien que podía ser un violador psicópata. Él seguramente no pensaba en eso.

Nada más entrar en el piso y cerrar la puerta me abrazó y me besó. Nunca me ha gustado mucho besar a un fumador o a una fumadora y además era el primer hombre que me besaba, lo cual no deja de ser una sensación nueva que no sabía si me iba a gustar, de hecho al principio apreté los dientes para que no me metiera la lengua en la boca, pero finalmente cedí por no defraudarle y me apliqué a colaborar lo mejor que supe para que no creyera que era demasiado remilgado. Naturalmente, enseguida nos bajamos los pantalones y la ropa interior para poder acceder con nuestras manos al cuerpo del otro. Tenía una polla más delgada y algo más larga que la mía, muy recta y proporcionada. Con la excusa de besarme en la nuca me hizo inclinarme sobre su polla pero yo se la aparté con la mano como señal inequívoca de que no se la iba a chupar, no lo había hecho nunca y no pensaba empezar aquel día. Por suerte, él sí que lo hizo conmigo. Era la primera vez que un hombre me besaba y también la primera vez que me la chupaban. Sentía un gusto especial, distinto al que había sentido hasta entonces con los tocamientos y pajas ocasionales que me habían hecho, aparte de las que me hacía yo mismo constantemente. Tuvo el detalle de recoger en su boca toda mi descarga hasta lo que creímos era la última gota, pero cuando se separó, mientras me seguía masturbando, otro chorro salió inesperadamente de mi polla y fue a dar contra la puerta para asombro de ambos. Nunca más he tenido dos orgasmos tan seguidos, prácticamente consecutivos, casi sin solución de continuidad. No recuerdo si él también se corrió, supongo que sí.

Así terminó mi primera sesión con un tío en un lugar privado, en la que además descubrí cómo era una mamada. Él se llamaba N... y vivía, según me dijo, cerca de la Plaza de España. Me hubiera gustado encontrarle el día en que, algunos años después, decidí que no era tan grave chuparle la polla a un tío y que quizá lo haría la próxima vez que me lo pidieran. Entonces me hubiera gustado devolverle la mamada que se merecía de aquel día, en que no cumplí equitativamente con reciprocidad, de hecho nunca lo hacía (aunque no se quejó de ello), pero no tenía modo de localizarlo ni nunca le volví a ver ni por casualidad.

Una vez estabilizado económicamente después de haber superado ya de algún modo la desgracia familiar que me obligó a ponerme a trabajar desde muy joven, determiné que me convenía completar mi formación reglada, para lo que elegí la academia A... , sita en la entonces denominada oficialmente Avenida de José Antonio Primo de Rivera y más popularmente Gran Vía, en Barcelona, donde me incluyeron en una clase en la que todos los alumnos eran, por lo menos, cinco años menores que yo. Allí estaba C..., un chico muy joven que me atraía enormemente. Aún tenía acné juvenil, pero eso no mermaba su atractivo, al menos para mí. Al ser tan joven, sus horarios eran muy rígidos y le esperaban en su casa una vez finalizadas las clases, a una hora bastante tardía que a mi parecer no permitía ninguna flexibilidad para proponerle algo tan inocente, por ejemplo, como visitar algún día mi apartamento. Por otra parte, la clase era de muy pocos alumnos, lo que tampoco daba margen para decirle algo en privado sin que se enteraran los demás y a mi me daba mucho miedo que alguien pudiera sospechar lo más mínimo sobre mis sentimientos e intenciones. He imaginado muchas veces lo que hubiera podido suceder si algún día hubiera conseguido una cita con él, pues parecía que yo le caía bien y aceptaba pequeñas bromas sexuales, pero nunca sabré si estaba en lo cierto o eran puras fabulaciones mías debidas a la atracción que sentía por él, ya que terminó el curso y aunque le pedí su teléfono luego no le llamé por temor a que descolgara algún familiar y sospechara de la llamada de una persona que superaba bastante la edad de C... Así que si hubiera habido alguna posibilidad, se perdió irremisiblemente para siempre a causa de mi timidez.

En esa academia nos dio clase durante unas semanas, no como titular sino haciendo alguna sustitución, un profesor argentino, creo, de unos treinta y tantos años, bastante atractivo y varonil en el que no denoté nada especial en aquellos momentos. Unos meses después de que ya no lo viera más por la academia, me lo encontré entre los espectadores que salíamos de la última sesión del Cine Atlántico, antes de la primera experiencia que he relatado ocurrida en dicho cine, por lo que todavía no tenía claro que allí podían suceder tales cosas. Estuvo muy amable, me preguntó porqué iba a ese cine y yo, inocentemente, le dije que porque me gustaban las películas cómicas que proyectaban, lo cual en aquellos momentos era lo más parecido a la verdad. Él coincidió en mi apreciación y, como estábamos en la parada de autobús que había frente al cine, se ofreció a acompañarme a mi casa con su moto que tenía aparcada allí mismo, para que no tuviera que esperar al autobús y me ahorrara el precio del billete nocturno. Yo no quise que se apartara de su trayecto para dejarme en mi casa y decliné varias veces su invitación, pero tanto insistió (estaba claro que no quería desaprovechar la ocasión) que acabé montándome de paquete en la moto. Desde el principio me insistió mucho en que me agarrara a él fuertemente para no caerme de la moto y me lo fue repitiendo varias veces durante el trayecto, pero a mi me daba reparo y procuraba poner mis manos en su cintura sin apretar mucho. Ahora estoy seguro que deseaba que me abrazara a él y/o que deslizara mis manos más hacia abajo por delante y supongo que esperaba que a partir de ahí podría llevarme a algún otro sitio antes que a mi casa, pero a mí ni se me ocurrió tal posibilidad, al contrario, no me atrevía ni siquiera a apretar mucho mis manos, con el consiguiente riesgo potencial para mi integridad física porque él iba a bastante velocidad tomando las curvas, supongo que para provocar que yo me agarrara a él, y yo no llevaba casco porque en aquellos años no era obligatorio. Como decían las damiselas del siglo pasado, "se portó como un caballero". Me llevó por el camino más corto a mi casa, nos dimos la mano y no he vuelto a verle más. El debió quedarse convencido de que yo era hetero y nuestro encuentro en el cine una casualidad y yo no caí en la cuenta hasta bastante tiempo más tarde que aquella noche los acontecimientos podrían haberse desarrollado de otra manera muy distinta si yo hubiera sido algo más espabilado.

Y, ahora sí, en el próximo post describiré, dedicándolo especialmente a las generaciones que no los han conocido, los inefables "mingitorios públicos" municipales de Barcelona. Y más adelante los de otros lugares.

viernes, 9 de septiembre de 2011

03 - Lujuria y desenfreno pre-adolescente ... o así me lo parecía.

Aprovecharé este post, que habla de mis doce años, para mencionar a otros compañeros de mi misma edad que tenían las hormonas más alborotadas que yo y, por lo que me parecía, que el resto de la clase.

Recuerdo por ejemplo a Ll.... (entonces nos llamábamos por el apellido, no por el nombre de pila como es costumbre ahora), un chico delgado, espigado y guapito. También recuerdo a los hermanos P..., éstos quizá algo más mayores que el resto. R... creo que también participaba y, ocasionalmente, lo había hecho C..., aunque no le gustaba que se comentara. ¡Ah, que no he dicho en qué participaban! Pues os lo cuento, era un grupo que se divertía enseñando cada dos por tres su polla erecta a los demás que nos sentábamos cerca de ellos en la clase. Yo (aunque lo disimulaba) disfrutaba viendo tantas pollas tiesas y duras juntas, algunas muy dignas de mención, como las de los hermanos P..., los de las pollas más grandes (o las más grandes de las que se enseñaban, claro). El menor de ellos, con una polla muy larga, como el doble que el resto y algo más gruesa y el hermano mayor con una polla que, si no tenemos en cuenta la de su hermano, era el triple de gruesa que cualquier otra y casi el doble de larga. Además, ese grupito parecía ser de masturbadores compulsivos. Contínuamente rivalizaban en quién la tenía más dura, no en quién la tenía más larga, porque este galardón lo ganaban claramente los hermanos P... y se masturbaban abiertamente cuando el profesor, el señor C..., no miraba.

En una ocasión en que estaba en esa faena uno de los hermanos P..., el menor, mientras hacíamos un dictado de un libro cuyos párrafos leíamos por turno los que nos sentábamos en las primeras filas, levantándonos cuando nos tocaba para leer en pie frente al resto de la clase y a unos tres metros de la mesa del maestro, me dijo que iba a seguir meneándosela cuando le tocara salir a leer. No lo creí, pero cuando le tocó el turno, se sacó aquella tranca tan hermosa delante de toda la clase y, mientras leía, se la sacudió varias veces delante de todos, maestro incluido. Supongo que él veía como todo el mundo estaba con la cabeza gacha intentando escribir el dictado (o le daba igual que otros compañeros le vieran) y, eso sí, sabíamos que el maestro estaba ocupado haciendo cosas en su mesa mientras el dictado se iba desarrollando solo, por lo que no se preocupaba en mirar a la clase. Si oía que el dictado seguía su curso, él iba trabajando en lo suyo. Ese chico se merecía la medalla al valor (o a la inconsciencia) porque, en los tiempos que corrían, si le llega a ver el maestro seguro que le expulsan. Hoy a lo mejor el maestro se la hubiera chupado, pero entonces eran otros tiempos.

De hecho, yo también se la hubiera chupado si hubiera podido, tal era la admiración que sentía por su polla. No, rectifico, se la hubiera chupado si se me hubiera ocurrido que eso se podía hacer, pero ya he dicho en otro lugar que, normalmente, siempre me he despertado tarde para todo lo relacionado con el sexo. También creo que la mayoría de aquellos pajilleros desbocados no sabían que una polla se podía chupar, ni siquiera se les ocurría tocársela el uno al otro y creo que hubieran tratado de maricón al que lo hubiera intentado. Aunque, ahora que lo pienso, quizá lo hacían a mis espaldas, lo cual entra dentro de lo posible ya que yo era tan tonto que no me enteraba de nada.

También recuerdo con mucho cariño a M... un chico delgadito, algo bajito y con voz atiplada, lo que le hacía objeto de nuestras chanzas, en las que le tratábamos de niña y de las que él no se defendía, no sé si por querer evitar que una reacción suya hiciera que las cosas fueran a peor o porque lo aceptaba por alguna razón íntima. ¡Qué crueles son los niños! Querido M..., sé que lo más probable es que no leas esto, que seguramente no eras mariquita como te decíamos, sino que tenías ese defecto en la voz que quizá se arregló con el tiempo, porque la pubertad aún no te había hecho cambiar el tono de tus cuerdas vocales. Sea como sea, quiero decirte que siento muchísimo cualquier broma de mal gusto que hubiera podido gastarte entonces, porque eras un chico que reunía todas las prendas positivas: formal, educado, inteligente, paciente y porque nos hacías unos dibujos de tías buenas que eran la admiración de todos nosotros. Unos dibujos de unas muchachas hermosísimas, con unos pechos perfectamente redondos y turgentes, dibujos a la vista de los cuales seguro que más de uno se había masturbado antes de destruirlos para que no se los encontraran en casa o en la escuela. Lo cual no importaba, porque M... los hacía con tal facilidad y con tanta amabilidad ...

Pues bien, después de esa etapa, yo notaba que había una vida sexual además de la escolar, pero no sabía muy bien como enfocarla. Después de haberme dado cuenta de que las pollas gordas eran un efecto del crecimiento y no una aberración de la naturaleza, como casi llegué a creer con el chico que menciono en el post anterior, empecé a fijarme en las de mis compañeros como acabo de relatar, aunque yo nunca la enseñé ni muchos menos me pajeé delante de los demás, Pero hacía para mí mis comparaciones, de las que no salía mal parado, si no me comparaba con los hermanos P...

En cuanto a las chicas, empecé a juntarme con un grupito de chicos que se saltaba la separación escolar de sexos yendo a hablar con algunas chicas a "su calle", como decíamos entonces, y luego comentábamos entre nosotros lo buena que estaba fulanita o menganita, pero de ahí no pasaba. Lo dicho, era un tonto del culo.