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sábado, 5 de mayo de 2012

08 - Plaza de Cataluña, un mundo de superlujo ... (II). Los mingitorios del lado montaña de la Plaza de Cataluña y sus aledaños.

El lector que haya pasado por el post anterior en el que se describían los urinarios sitos en el lado mar de la plaza no encontrará ahora en esta otra descripción muchas novedades, ya que solamente puedo añadir algunos rasgos específicos distintos y poca cosa más para facilitar la comprensión de aquel escenario global a los que no lo vivieron y para revivir recuerdos o recordar detalles quizá olvidados a los que sí lo vivieron en primera persona.

Empezaré mencionando que, a diferencia de esos otros urinarios ya descritos de corte algo caduco y, aunque parezca extraño el adjetivo, algo señoriales porque tenían un aire de construcción antigua, estos de los que voy a hablar eran de factura algo más moderna y funcional, construidos aparentemente con materiales y diseño más acordes con aquella época o sea, en definitiva, más anodinos. Estaban ubicados también bajo la plaza, adonde se accedía por la amplia escalinata sita en su lado montaña, entre los dos surtidores, tal como se ve en el centro de la foto.

Entrada a los urinarios lado montaña de la Plaza de Cataluña.
En el centro, entrada a los urinarios lado montaña de la Plaza de Cataluña, ya desaparecidos como todos.
Los encontrábamos entrando al vestíbulo y pasillo subterráneos por la parte derecha de las escaleras y luego siguiendo por el mismo lado derecho del pasillo, más o menos debajo del parterre y surtidor que se ven en ese lado de la foto. Según se entraba en el pequeño local, veíamos sendas filas con no más de seis urinarios a la derecha y otros tantos a la izquierda, de unas dimensiones más modestas en altura que los que comenté en el post anterior y que por lo tanto permitían una visibilidad del entorno mucho más gratificante, amén de mayores posibilidades de manoseo entre vecinos de urinario. Al frente se encontraban los wc, ocupando de lado a lado la pared del fondo y en la pared de la izquierda, entre éstos y la hilera de urinarios, una mesa y una silla en la que se sentaba el encargado que facilitaba papel higiénico a cambio de una propina ya establecida y que también cuidaba, al parecer, de la limpieza y supongo que de poca cosa más que de abrir y cerrar al principio y final de jornada. Allí se daban a veces algunas escenas algo subidas de tono ante la aparente tolerancia de dicha persona, la cual siempre justifiqué pensando para mis adentros que dada su avanzada edad y por su actitud y aspecto general probablemente tendría problemas de visión, lo que unido a la obligada contención y discreción de los interesados era lo que facilitaba aquellas muy esporádicas y rápidas acciones. Aquel venerable señor, bajito, con unas gafas no muy limpias y de una aspecto general desastrado que en cierto modo conmovía, estaba tan integrado con su cometido que hasta comía allí mismo; más de una vez pude verlo comiendo de una fiambrera en aquella mesa, en medio de aquel ambiente no forzosamente muy higiénico y nada acogedor.

Aquel lugar reunía algunas condiciones muy curiosas, por ejemplo, se encontraba casi frente a un "cuartelillo" de la policía local de Barcelona, la Guardia Urbana, situado enfrente mismo de las escaleras que comunicaban el subterráneo con el exterior, donde hoy se encuentran otras oficinas municipales. Esta vecindad no obstaba en absoluto para que de vez en cuando se llevaran a cabo actividades no demasiado legales para las leyes de aquellos tiempos y en parte de los actuales, en lo que a la moral respecta. Es de suponer que la Guardia Urbana disponía de sus propios servicios en el interior del cuartelillo ya que nunca les vi utilizar los públicos, para tranquilidad de los parroquianos más habituales de éstos.

Otra particularidad era que estaban situados en un lugar mucho más transitado que los que comenté en mi post anterior, por existir un enlace con el metro a través del pasillo en el que se encontraban, lo que hacía que el porcentaje de público no homosexual fuera mucho mayor que en aquellos otros. Por lo tanto, a pesar de las facilidades para establecer contacto visual y material, había que ser especialmente precavido. Como en tantos otros sitios similares lo más habitual era fijarse en alguien para luego entablar conversación en el exterior, donde podía hablarse de cualquier tema con mayor discreción que entre tantos tíos situados cara a la pared y mirándose a la cintura.

Algo que no he comentado hasta ahora es la posibilidad de encontrarse en alguno de esos lugares públicos con algún conocido, lo que no deja de ser normal pero que, si se repite más de una vez, puede descubrirnos tendencias que no habíamos sospechado de aquella persona y viceversa. Así me ocurrió una vez en este lugar, la primera vez no supuse que fuera nada anormal, pero al repetirse en otras ocasiones llegué a la conclusión de que aquella persona, A.C., tan seria y muy respetada en algunos círculos era también otro maricón vergonzante como yo, cosa que confirmé muchos años después en que conocí a otros maricones mucho menos vergonzantes que también lo conocían a él. Desde que deduje de que pie calzaba aquella persona opté por espaciar mucho más mis visitas a ese lugar, pues me resultaba incómodo encontrarme con él aunque los dos supiéramos perfectamente a lo que íbamos, si bien nunca tuvimos ningún tipo de contacto ni tampoco mostramos, en ninguna de nuestras coincidencias en el lugar, ninguna actitud distinta a la de cualquier otro inocente usuario de los mingitorios. Por otra parte, aunque ignorar estos urinarios podía representar perder alguna oportunidad de ligue, tampoco me supuso demasiado inconveniente pues había muchas más opciones gracias al resto de urinarios públicos que entonces poblaban la zona.

Recuerdo algún ligue en aquel lugar, gracias al cual empecé a conocer la utilidad de algunos zaguanes, vestíbulos o escaleras de ciertos edificios cercanos. Sí, tal era la penuria de medios y de oportunidades así como la represión social, policial y legislativa imperante que, como acostumbra a ocurrir en cualquier ámbito, cuando se aplica una presión por un flanco ésta se escapa por otro, generalmente peor para los afectados pero mejor (aparentemente) para los gobernantes que, haciendo como que lo ignoran, se dan por satisfechos con la apariencia de "normalidad" conseguida.

Me explicaré. Partimos de la premisa de que en aquellos tiempos casi ninguno de los que frecuentábamos esos lugares teníamos "sitio", como se acostumbra a decir. Como la necesidad acucia el ingenio, supongo que algunas personas avispadas averiguaron la existencia de portales de escaleras de vecinos o de oficinas poco transitados, alguno de los cuales incluso quedaba abierto de noche e imagino que no tardaron mucho en utilizarlos para los urgentes y furtivos escarceos que hacen al caso. Desconozco desde cuando se usaban, pero a finales de los años sesenta estaban en pleno apogeo. Conviene recordar que aún no había porteros automáticos y que la mayoría de portales permanecían abiertos durante el día y se cerraban a las diez de la noche. Si bien en la mayoría de ellos había portera, en los que muestro a continuación no la había, circunstancia que facilitaba el uso poco convencional que les dábamos.

Av. Portal de l'Àngel
En las escaleras interiores de este portal, situado a menos de cien metros de la Plaza de Cataluña, tuve el placer
(nunca mejor dicho) de ser mamado en varias ocasiones. Aunque en una de ellas fuimos sorprendidos por unos
vecinos que ya podéis imaginar como reaccionaron y con qué apelativo nos increparon mientras escapábamos.
Las escaleras interiores de esos edificios ofrecían el valor añadido de facilitar las felaciones al permitir que cada actor de las mismas se situara en un escalón distinto, evitando así incómodas genuflexiones y permitiendo mayor facilidad para una rápida huida en caso de ser descubiertos ya que, por otra parte, en ningún momento se despojaba nadie de su ropa, solamente si era necesario se sacaba la parte imprescindible de la propia anatomía por fuera de la ropa y nada más.

Ahora lamento haber participado en ensuciar aquellas escaleras con fluidos corporales tan fácilmente reconocibles y siento una vergüenza retrospectiva como la que también siento aplicada al presente cuando visito hoy en día algunos lugares de cruising donde los usuarios (que por serlo deberían pensar más en respetar esos espacios o, al menos, disimular el uso que les dan) dejan tirados sin miramientos multitud de pañuelos y preservativos usados, con lo que además de degradar el entorno dejan pistas irrefutables de lo que se hace allí, cosa que acaba conduciendo a que los ayuntamientos respectivos arrasen la vegetación de esas áreas para evitar su uso en tales actividades, como he observado que así ha ocurrido en distintos sitios de Barcelona, Cabrera de Mar, El Masnou, Mataró y otros, mientras después todo son quejas en los foros gay por parte de los que antes no supieron respetar esos espacios ni actuar con más discreción.

Balmes / Ronda Universitat
Edificio cercano a la Plaza de Cataluña, que por ser de oficinas era muy accesible, aunque entrañaba
la posibilidad de que en cualquier momento apareciera alguien que entraba a, o salía de, una oficina.


Volviendo a aquellos tiempos, explicado ahora puede parecer algo sórdido, pero no lo vivíamos como tal porque, en definitiva, para los proletarios no había más opciones salvo algún caso excepcional de algún soltero que viviera solo o alguien que por alguna circunstancia gozara de la posibilidad de usar algún local o almacén cercano gracias a su trabajo, por ejemplo.

Y así nos desahogábamos algunos en aquella época, cuando podíamos distraer alguna hora de una mañana o principalmente en mi caso, de alguna tarde, antes de volver al formal seno familiar.

Balmes
Este portal muy cercano al anterior, hoy moderno y cerrado, entonces
cochambroso y abierto, tenía la particularidad de que no se cerraba por la noche.
Cerrando ya este capítulo, me doy cuenta de que no recuerdo con claridad a las personas que a partir de aquellos mingitorios me llevaron a esos interiores de escalera u otros lugares, pero sí puedo mencionar algunas:
- Un hombre de mediana edad, no gay aparente, que hacía unas mamadas extraordinarias, con el que coincidí bastantes veces.
- Otra persona, también de mediana edad, a la que se le notaba algo de pluma, que te llevaba a una escalera con la excusa de chupártela, cosa que realmente hacía bastante bien, pero que sabía colocar su cuerpo de tal modo detrás de uno, en lugar de enfrente, que al mismo tiempo de chuparla fregaba su tiesa polla en el culo del chupado o, cuando por diferencias de altura o de situación en la escalera no podía, lo hacía con la mano. Un aliciente añadido, aún teniendo en cuenta que todo eso se hacía completamente vestidos, naturalmente.
- Otra persona, que conocía de vista de otro lugar nada relacionado con el ambiente gay, que a veces disponía de un piso en un edificio de la calle Pelayo. Buena polla, por encima de la media.
- Y finalmente otra, con la que solamente fui una vez, que me llevó a un piso de la calle Trafalgar en donde tuvimos una sesión tan tórrida que dejamos las sábanas de la cama absolutamente empapadas de sudor. Sabía recibir muy bien una buena polla como era la mía entonces y yo procuré no ser menos en mi entrega. Tenía un par de perritos muy monos y durante un buen rato estuve fantaseando con la posibilidad de que ellos también supieran hacer algo para contribuir a aquella pequeña orgía de dos, pero no me atreví a preguntarlo.

Estos son los únicos que recuerdo con algún detalle, bien por ser habituales o por haber dejado un recuerdo más señalado que otros de los que, lamentablemente y a pesar de haber sido unos cuantos, no conservo ninguna memoria tan detallada.

No quisiera terminar estos comentarios sin advertir a mis lectores actuales, por si no hubiera quedado claro, que no deberían intentar emular a aquellos jóvenes de entonces, hoy vejestorios como yo, en esas correrías en escaleras de vecinos y mucho menos en las que aquí se muestran, probablemente reconocibles para los habituales de la zona, porque con el paso del tiempo y la obligatoriedad de los porteros electrónicos, todo aquel sistema de pseudo-cruising pasó hace muchos años a la historia para bien de los vecinos de aquellos inmuebles, que me imagino debían estar hasta el gorro de encontrarse continuamente con charquitos y salpicaduras en el suelo y paredes y seguramente también en alguna ocasión con alguna pareja en plena "faena".

lunes, 10 de octubre de 2011

07 - Plaza de Cataluña, un mundo de superlujo para contactos gay entre proletarios, desde los años 60 (o antes) hasta los 90 (I).

Ciertamente, la plaza de Cataluña era para mi el centro neurálgico del ligue homosexual durante aquellos años de represión social en general y mía en particular, aunque antes de llegar a eso, dada mi timidez y cortedad, lo fue durante largo tiempo puramente de multitud de simples calenturas y autopajas, algunas "in situ". Existía esa facilidad, más o menos aprovechada según el atrevimiento de cada uno, porque en aquel vasto perímetro estaban comprendidos no menos de cuatro "mingitorios" públicos en los que solazarse con la vista, al menos, de multitud de pollas ajenas. Como estoy relatando mis propias vivencias, solamente puedo hablar de las "actividades paralelas" que se llevaban a cabo en esos lugares a partir de finales de los 60, pero es lógico pensar que dichas pecaminosas actividades ya debían existir antes de que yo tuviera conocimiento de ellas. Asimismo, estoy seguro de que había lugares mejores en Barcelona para esos menesteres, más "selectos", privados y discretos, pero entiendo que para la gran mayoría de homosexuales, vergonzantes o no, pero pertenecientes por lo general a la clase trabajadora en una época que no era precisamente de plenitud económica de la sociedad, aquellos otros lugares de los que sólo tuve algunas vagas referencias eran inalcanzables por su coste y hasta por su horario.

Dentro de mi ambiente proletario, fui descubriendo con el tiempo algunos otros lugares más en aquella área tan céntrica, a medida que me fui "soltando", así como percibí cosas que el paseante normal supongo que no percibía, como el corner de los homosexuales, situado en los bancos de piedra de la esquina inferior de los jardines, en la parte más cercana a Fontanella/Portal del Ángel. Allí se podía confraternizar durante el día y mucho más durante la noche. Aún sin ser precisamente un asiduo del lugar, procuraba pasar por allí cuando visitaba los servicios públicos, para ver el panorama y, aunque no entablaba conversación con nadie, recuerdo especialmente a algunas personas:
- Un señor mayor, no muy alto, muy elegante según los cánones de la época, siempre con una chaqueta tipo blazer azul marino, pantalones color crema o tostado siempre impecablemente planchados, jersey blanco de cuello alto, sello de oro en uno de sus dedos, gafas de sol y un cabello blanco cuidadosamente peinado con cierto volumen. Cuando se le veía en los urinarios mostraba una polla de tamaño respetable, aunque no parecía muy consistente. Durante bastante tiempo, cada vez que me veía me proponía cosas ciertamente interesantes, pero por aquel entonces yo no estaba receptivo a nada que no fuera el contacto visual o, más raramente manual, en los urinarios, cosa que tampoco ocurrió con él porque por aquel tiempo mis preferencias se dirigían preferentemente a personas aproximadamente de mi edad y especialmente a las que aparentaban ser menores que yo.
- Un chico más o menos joven, tampoco muy alto, de apariencia sudamericana, fuerte y recio, con una cicatriz en la parte superior de cada pómulo que yo imaginaba que sería la marca distintiva de alguna tribu india. Aparentemente tenía una polla descomunal siempre erecta y digo aparentemente porque nunca se la vi en directo, pero mostraba en la entrepierna un gran e identificable relieve que llamaba mucho la atención. Tampoco hice nada con él, pues me parecía que debía ser un chapero y, en mi imaginación, quizá peligroso, por lo que procuré no tener contacto con él, aunque más de una vez me había saludado mientras paseaba enfrente mío mostrando su gran paquete. 
- Aquel chico que me hizo la primera paja en el Cine Atlántico, que también vi alguna vez sentado en estos jardines, aunque no en los urinarios.
- Otros personajes de todo tipo, especialmente nocturnos, con los que tampoco tuve generalmente nada que ver, así como algún ligue ocasional o hasta algún chaperillo que alguna vez me llevé al apartamento y sobre los cuales ya comentaré en su momento.

Pero hablemos de los urinarios, que son el tema de este post. Empezaremos por los que, por su aspecto, me parecían de un estilo más antiguo. Se accedía a ellos desde las dos escaleras que flanqueaban la fuente/estanque situada en la parte baja de los jardines de la plaza, en el lateral opuesto al actual monumento a Francesc Macià, entonces inexistente. También se llegaba a ellos por un pasillo subterráneo de acceso al parking ídem., conectado en el otro extremo con el pasillo de los accesos a dicho parking ubicados en la acera del Banco de España.
Urinarios más antiguos de la Plaza de Cataluña, hoy desaparecidos.
Vista aérea en la que se aprecian las escaleras de acceso peatonal al subsuelo a cada lado de la fuente/estanque.
Las de la parte inferior de la foto, que eran las que desembocaban directamente en la puerta de los urinarios,
han desaparecido, siendo sustituidas por una escalera mecánica.

Entrando a la izquierda se encontraba la pieza en la que estaba el encargado, seguida de los w.c. y entrando a la derecha una hilera de urinarios adosados a la pared, de una sola pieza tamaño king size, es decir desde el suelo hasta la altura del hombro. El conjunto del local estaba construido en forma de arco geométrico, es decir, su planta no era recta, sino que describía una cierta curva a la derecha por lo que yo procuraba ponerme en los últimos urinarios que estaban menos a la vista del resto. Allí encontraba de vez en cuando alguna paja o, cuando tuve el apartamento que ya he comentado, alguna posibilidad de algo más, aunque en general las personas contactadas fueron siempre bastante reacias a hacer nada fuera de allí. En resumen, de este sitio guardo buenos recuerdos, algunos ligues interesantes con alguno de los cuales incluso repetí encuentros, pero poco abundantes, quizá porque en otros urinarios era más viable el contacto visual y por lo tanto eran más concurridos y producían mejores resultados que éste, de los que, de todos modos, no me quejo.

La incidencia más digna de mención fue algo negativa y la relato a continuación.

Un buen día en que estaba socializando con otro chico, salimos al exterior y, mientras comentábamos lo que podríamos hacer, cercanos ya a la esquina de la plaza de Cataluña con las Ramblas, se nos acercó un individuo bajito que también estaba en los urinarios, un tipo moreno, con gafas oscuras, con el clásico bigotillo que en aquellos tiempos acostumbraban a lucir los personajes del régimen o afines al mismo y nos pidió la documentación. La verdad es que yo lo vi un personaje tan arquetípico del falangista reprimido y no del policía, que le pregunté porqué y quién era y el hombre, que no se puede negar que iba bien preparado para lo que pretendía (que supongo que era simplemente amedrentar a todos los maricones que pudiera para reafirmar su gran masculinidad y, quizá, a sus ojos, cumplir con una supongo que autoimpuesta y sacrosanta misión de contribuir a limpiar así la sociedad española de indeseables), se levantó la solapa izquierda de la chaqueta para mostrar una chapa redonda, de la que no acerté a ver todo el contenido pues solamente la enseñó durante medio segundo, pero en la que aun así logré leer alguna palabra (que ahora lamento no recordar) de las que formaban la leyenda escrita en su borde circular, que no tenía nada que ver con el papel de policía que estaba adoptando con nosotros. También se diferenciaba aquella chapa de una placa policial por la forma y por los símbolos contenidos en ella, pues no vi ni rastro del águila entonces omnipresente en todos los escudos oficiales. Como detecté que era un falsario, le dije "a ver, a ver" y acerqué la mano a su solapa para arrancarle la chapa, aunque sin tener conciencia clara de lo que haría con ella. Él se apartó y empezó a increparnos a voz en grito, yo respondí mandándole a paseo, pero pronto vi que el otro chico estaba acojonadito y preferí cruzar el paso de peatones hacia la parte central de la Rambla acompañado por el chico, dejando a aquel hombre frente al entonces Banco Central, hoy Sfera, diciéndonos a voz en grito "sigan su camino de maricones ...". Nunca más he tenido tanta presencia de ánimo ante otras situaciones que me han acaecido posteriormente, lo que solamente puede ser efecto de la inconsciencia de mi juventud ya que, por suerte, en aquella ocasión el hombre se quedó sin saber que hacer y supongo que con la sensación de haber sido descubierto fingiendo algo que no era (si bien nunca dijo la palabra "policía") pero si por casualidad, encontrándonos en aquella tesitura, hubiera aparecido un policía de verdad quizá el problema podría haber ido a peor, habida cuenta de las conexiones que entonces existían y siguieron existiendo hasta muy avanzada la "transición", entre la policía y las organizaciones ultraderechistas.

Por casualidades de la vida, algún tiempo después volví a ver a aquel elemento, erguido y marcial, paseando acompañado de la que supongo era su santa esposa, compuesta, acicalada y cogida del brazo de su hombre, como ya hacía algunos años que no se estilaba pero, por otra parte, como no cabía menos que esperar de una recia pareja, estoy seguro que basada en los más acendrados cánones carpetovetónicos implantados unos treinta años antes. Pero volviendo al incidente, lo que sí consiguió aquel día fue fastidiarme el plan porque aquel chico se atemorizó y se fue y yo mismo estuve mirando por encima del hombro durante un buen rato por si me seguía algún policía, verdadero o simulado.

Con esto doy por descrito el primer lugar de los de mi lista del post anterior. Proseguiré con los demás sitios en próximos posts, de los que espero recordar cosas más excitantes que las que he relatado de éste.

martes, 20 de septiembre de 2011

05 - Algunos apuntes deslavazados de los años 60 y 70.

Al final de mi post anterior sugería que quizá en este iniciaría el tema "mingitorios públicos".

Pero debo rectificar. Porque en el ejercicio de memoria que implica escribir estas notas, han venido a la misma tantos recuerdos de otras experiencias anteriores o paralelas a las de los mingitorios, algunas reales y otras en grado de tentativa o de simple percepción, que he creído oportuno dedicarles un post entero agrupando las más significativas, antes de seguir con aquel tema monográfico.

Advierto una vez más que mi desarrollo intelectual, del que no puedo quejarme en otras áreas, fue extraordinariamente lento e ingenuo en lo que respecta al sexo, por lo que no debe extrañar al lector que relate algunas experiencias que nunca tuvieron el desarrollo que hoy creemos natural, sino que se quedaron "a medio camino", por mi poca malicia y mucha timidez, sin olvidar el ambiente represivo propio de la época, que seguro que también tuvo algo que ver. Lo menciono por última vez para no recordarlo reiterativamente en lo que resta de posts, hasta el momento en que se refleje en los mismos una madurez intelecto-sexual más acorde con la normalidad, según entiendo que está generalmente aceptado hoy en día este concepto.

Aunque ahora no soy una persona agraciada físicamente, en mi adolescencia y juventud no estaba nada mal. Si no hubiera sido por mi timidez me hubiera llevado de calle a todas las chicas que me hubiera propuesto. Pero no fue así, sino que solamente encajaba con aquellas más atrevidas, que supongo veían en mí a un pobre tonto del que podían aprovecharse. La que más despuntó en ello fue una joven profesora de gimnasia del pabellón femenino del colegio que ya he mencionado, de quien lamento no recordar el nombre, a la que conocí siendo ya ex-alumno y con la que pasé tórridas tardes (para lo que entonces se estilaba, sin llegar al sexo) hasta que se cansó y volvió con su novio habitual, un enfado con el cual había sido la causa de nuestra efímera relación.

También recuerdo a mi amiga A..., compañera de trabajo que se aprovechaba de mí a la menor ocasión que se le presentaba, aunque debo reconocer que el objeto prioritario de sus favores era otro compañero, J..., hoy prestigiado profesor en una no menos prestigiada institución académica privada.

Y también está C..., otra compañera, con la que congeniábamos mucho más de lo que es habitual, nos divertíamos juntos, lo pasábamos muy bien, pero con la que no llegué a profundizar mucho (bueno, más bien nada) en el ámbito sexual. Se podría decir que es la persona del sexo opuesto con la que más he congeniado y con la que más he reprimido mis instintos. ¡Qué raro soy!

En los años 60, una persona extraordinaria, F..., me convenció para que me adentrara en una profesión entonces casi emergente y a él le debo el poco o mucho éxito profesional que he podido tener en la vida, por haberme convencido de que iniciara ese difícil camino y haberme acompañado en mis primeros pasos. Quede aquí mi reconocimiento a su profesionalidad, a su magnífico coaching, como se dice ahora, y a la extraordinaria influencia que ejerció en mi destino profesional y personal.

Después de él, también hubo en mi vida otro hombre digno de mención, J... o Q..., igualmente compañero de trabajo, de la misma quinta que F..., muy competente, muy sencillo de carácter y que me trataba con mucho cariño, en el mejor sentido paterno/filial. A él le debo mis segundos pasos en la que fue desde entonces mi profesión, en la que me orientó y guió con una gran generosidad. A pesar de los caminos divergentes que tomaron nuestras vidas profesionales y personales, hubiera querido pagarle esta deuda con una larga amistad por lo menos, cosa que lamentablemente no fue posible culminar por lo que luego diré. Estaba casado y con hijos pero en momentos concretos prescindía en cierto modo de la familia y pasaba a llevar una vida algo desordenada, propiciada probablemente por una cierta dificultad en compaginar su vida privada por la presión de su trabajo. Quizá era esto lo que le hacía abusar de la bebida en esos momentos. O bien, al contrario, era una cierta propensión a la bebida la que inducía el resto de problemas, no sabría discernirlo. A todo ello quizá podamos añadir algunos indicios que a veces me parecía detectar sobre una posible inclinación sexual poco ortodoxa para los cánones de la época, pero quizá estaba equivocado. Ciertamente, fuera por lo que yo sospechaba o no, su vida privada fue haciéndose más y más caótica hasta el punto de plantearle algún dilema existencial que escapa a mi comprensión, pero que imagino que llegó a atormentarle hasta tal punto que fue la razón de que decidiera quitarse la vida de un disparo de escopeta al cabo de unos años.

Recuerdo que de pequeño había oído hablar de cines en los que había señoras en las últimas filas que por muy poco dinero masturbaban a los chicos que se sentaban allí para eso. Asimismo, había oído decir que en Montjuïc, en un paraje llamado "la tierra negra", también podían encontrarse señoras de aquellas. Pero con el tiempo,  también me enteré de que en otros cines había hombres que metían mano a los chicos lo cual, por el morbo y porque era gratis, me pareció más interesante aunque me daba algo de miedo. Me imaginaba a aquellos hombres como unos individuos entre rijosos y patibularios, viejos, babosos, desastrados, con los ojos saliéndoseles de las órbitas y unas manos huesudas que no tenían nada que ver con mi joven y confortable mano, con las que quién sabe si me estrangularían una vez satisfechos sus lúbricos instintos. Pero cuando gocé de algo más de autonomía y de mayor tolerancia en el horario personal, la curiosidad pudo más que el miedo y decidí probar suerte, ya que al fin y al cabo no creía que nadie se atreviera a hacerme daño dentro de una sala de cine (entonces ni se me ocurría pensar que quizá las cosas más interesantes se hacían en otros espacios del cine como los servicios). Finalmente, con más miedo que vergüenza, visité uno de aquellos cines que me habían dicho, pero no ocurrió nada, con lo que me quedé entre aliviado por no haber tenido esa experiencia y frustrado, por la misma razón. También adolecieron de la misma falta de resultados mis visitas a algunos de los otros cines que me habían dicho y que visité después.

Pero más tarde, en una inocente conversación con un compañero de trabajo sobre películas y cines, se me ocurrió comentar que en mis años de infancia me gustaba mucho ir a un cine de la Rambla junto a los almacenes SEPU, el cine Atlántico, al que me llevaba mi madre (entrada 7 pesetas, en aquellos tiempos) y en el que siempre hacían programación infantil, consistente en los tres "nodos" que se editaban cada semana (la gente de mi generación sabrá de qué hablo) y varios dibujos animados de Tom y Jerry, Popeye, Pájaro Loco o personajes de Disney o bien películas cómicas de "El Gordo y el Flaco", "Charlot" y "Jaimito". De vez en cuando algún largometraje de segunda fila supuestamente cómico, generalmente mejicano o algún otro con algo más de calidad, como los de "Cantinflas" y, excepcionalmente, algún otro largometraje de la factoría Disney o europeo digno de mención como "El globo rojo" o "El continente perdido" y poca cosa más. Dado lo limitado del stock de cortometrajes infantiles existente entonces en España, periódicamente se repetía la proyección de dibujos o películas cómicas ya exhibidas en el mismo local, pero a los niños de entonces no solamente no nos importaba esa repetición sino que agradecíamos volver a ver aquellas películas que tanto nos habían hecho reír en anteriores ocasiones y volvíamos a reír de nuevo con ellas, lo cual seguramente tenía mucho que ver con que no existiera la híper-dimensionada oferta que existe hoy a través de la televisión.

Pues bien, la respuesta de mi interlocutor a mi comentario sobre el cine Atlántico fue alarmante (según se mire):
- "¡Pero si ese cine es un nido de maricones!"
y yo, estupefacto:
- "No es posible, es un cine de programación infantil, siempre está lleno de niños, ..."

Cartelera Cine Atlántico 28 febrero 1.965
Cartelera del Cine Atlántico en la prensa de la época
- "Pues te aseguro que es un cine de maricones"
No se me ocurrió preguntarle a mi compañero por qué estaba tan seguro de su afirmación, ya que en realidad estaba intentando asimilarla y no daba crédito a la misma, pues yo había ido muchas veces a ese cine y creía saberlo todo sobre el mismo. Pero, en realidad, lo único que recordaba era que siempre había muchos niños y que nos reíamos y lo pasábamos muy bien. Sin embargo mi interlocutor, como explicaré luego, tenía razón. Intentando encontrarle una explicación a esta gran contradicción he deducido que quizá a mi me llevaban en fines de semana o festivos, por eso el cine estaba lleno de criaturas y, desde luego, nunca había tenido yo mismo ni tampoco había visto con otros ningún incidente que me llamara la atención, creo que lo recordaría como recuerdo otras anécdotas de mi infancia. Desde luego, tampoco sería descartable pensar que tanto niño fuera un manjar apetecible para algún pedófilo, si bien debo decir en honor a la verdad que cuando volví a visitar dicho cine teniendo pleno "conocimiento de causa" nunca vi ningún comportamiento de ese estilo. Eso sí, entre adultos vi bastantes cosas aunque nunca en la sala, solamente en el servicio.

Con todo este preámbulo llegamos a mi primera experiencia  homosexual en una sala de cine que fue, claro, en el cine Atlántico. Cabe decir que siempre he sido un gran aficionado al cine, por lo que me conocía prácticamente todos los cines de Barcelona por razones cinéfilas, aunque iba raramente al cine Publi y al cine Atlántico, porque ambos eran de programación infantil (el cine Publi, sin embargo, con una calidad muy por encima de la media) y a mi, siendo casi adulto (o, por lo menos, así me consideraba a mí mismo), no me apetecía mucho volver a ver cortos o largometrajes infantiles que, además, ya había visto antes varias veces. Pero después de haber tenido la conversación que acabo de relatar, incluí al cine Atlántico como una opción más en mi lista, visitándolo ocasionalmente y fijándome más en los movimientos del público que en la proyección, por si detectaba algo de lo que me interesaba, cosa que no sucedió en mucho tiempo. También es cierto que nunca pensé en visitar los "Servicios", anunciados con este nombre por un rótulo rectangular luminoso de color verde con letras blancas en una pared lateral.

Hay que decir que era, como multitud de cines de aquella época, un cine de sesión continua, aunque de los pocos que empezaba la sesión por la mañana, cómo hace hoy el Cine Arenas. Un buen día, entré a última hora de la tarde, casi de noche y me senté como siempre sin esperar nada especial. Pero, en un descanso entre sesiones, se sentó en la fila anterior a la mía un chico todavía joven, pero bastante más mayor que yo, que no dejó de mirarme mientras estuvieron las luces encendidas, para lo que tenía que girarse en su butaca con lo que de ese modo mostraba que su atención en mi no era casual. Yo no sabía qué cara poner, porque ya suponía lo que quería, pero nunca había pasado antes por un trance similar. Así estuvimos mirándonos impertérritos hasta que apagaron las luces y le faltó tiempo para venir a sentarse a mi lado.

Yo estaba deseando que ocurriera algo de una vez, porque además era algo tarde y tenía que volver a casa pero supongo que el chico no quería aventurarse a tener ningún problema, ya que yo no le había dado pie para nada. Así pasaron unos minutos interminables, hasta que noté que su pierna izquierda rozaba levemente la mía. Ni corto ni perezoso apreté inmediatamente mi pierna derecha contra la suya para que no le cupiera duda de que yo también quería algo. Al poco, pasó su mano izquierda a mi regazo, me sobó los muslos y, ¡al fin!, se detuvo en mi entrepierna que hacía rato que mostraba una protuberancia que no tardó en manosear, medir y repasar. Yo estaba en un grado de excitación bastante elevado, ya no veía la película sino que todos mis sentidos estaban unánimemente dedicados a gozar de aquel cúmulo de sensaciones placenteras. De vez en cuando, con su mano derecha cogía mi mano derecha para pasarla a su lado, pero yo no entendía que lo que quería era una correspondencia en el toqueteo y la volvía a poner en el reposabrazos. Como él no dejaba de tocarme y frotarme la polla, los huevos y los muslos, sobre la ropa, llegó el momento de la inevitable explosión seminal. Con la ropa puesta, me daba la impresión de que un surtidor sin fin me estaba inundando todo el cuerpo de leche caliente. No recuerdo muy bien los detalles, ya que mi cerebro estaba bastante colapsado en aquellos momentos, pero supongo que él se daría cuenta y me dejó tranquilo. Aguantando la sensación de pringosidad cuando se acabaron las sensaciones orgásmicas y se enfrió todo, intenté mirar si tenía alguna mancha en el pantalón pero la oscuridad de la sala me impidió ver lo que luego constaté que era más bien un pantalón dentro de una mancha. Así que esperé al siguiente descanso para comprobar los daños que ya empezaba a notar por la humedad de la superficie del pantalón, porque ni se me ocurrió ir al servicio de inmediato.

Cuando se encendieron de nuevo las luces y vi la magnitud extraordinaria de la mancha, entonces sí que se me ocurrió ir al servicio, pensando que con agua y un pañuelo quizá podría diluir aquella viscosa mancha y confiando en que luego se secara en el trayecto en tranvía hasta mi casa. Pero al entrar en el servicio lo encontré tan lleno de gente (lo cual también me hizo darme cuenta de que aquél era el lugar de concentración y no la sala) que no me atreví a intentar la limpieza prevista delante de todos y, para no estar por allí en medio sin hacer nada, decidí ponerme en un urinario y esperar a que se vaciara algo el servicio mientras yo por mi parte vaciaba mi vejiga. Entonces me di cuenta de otra pista que me confirmó la primacía de los servicios sobre la sala como lugar de encuentro; los urinarios eran de esos verticales, rectos, adosados a la pared hasta los pies, no de los de cazoleta, pero con la parte superior prácticamente por debajo de la altura de la polla, cosa muy conveniente cuando se quiere mostrar la polla a los demás o ver las de los demás o incluso hasta tocarlas sin que haya ningún obstáculo físico de por medio. Nunca hasta entonces había visto un urinario tan adecuado a las necesidades de los gay. En esas cavilaciones estaba cuando ocupó el urinario de mi derecha, que había quedado libre, mi benefactor de unos minutos antes. Esto me provocó dos reacciones contradictorias, por una parte una erección casi inmediata, pero por otra parte me puso algo más nervioso de lo que estaba porque imaginé que aquel chico me estaba persiguiendo. Algo de eso habría, aunque supongo que con buenas intenciones, pero entonces yo era muy inexperto y como además tenía prisa y la gente no se iba ni tampoco mi ex-compañero de butaca y ahora compañero de urinario, opté por marcharme corriendo (esta vez en el sentido literal) a casa, disimulando como pude la mancha durante el trayecto y la entrada en casa y acogiéndome de antemano a la indulgencia familiar respecto a lo que pudieran pensar cuando vieran aquello, como supongo que ocurrió, al poner la pieza a lavar, aunque nunca me lo mencionaron.

Como esto me confirmó los rumores sobre el cine Atlántico, me transformé en un cliente asiduo que asistía al menos una vez por semana. En sus servicios aprendí bastante más sobre las cosas que se pueden hacer entre dos tíos aunque mi actitud seguía siendo la de dejarme hacer y no hacer nada por mi parte o, a lo sumo, tocar alguna polla de vez en cuando si me apetecía. Por lo general, todas las veces que fui, lo más habitual fue que me hicieran pajas o pajas mutuas entre dos o auto-pajas viendo a otros hacer lo mismo. 

Pero el cine Atlántico me enseñó otra cosa. Que donde realmente hay posibilidades de hacer algo en locales normales de afluencia pública es en los servicios, por lo que desde entonces siempre invariablemente he entrado en los de todos los lugares que he visitado, lo que en alguna ocasión me ha deparado ratos más agradables de lo que tenía previsto en un principio. En cerca de cuarenta años he recorrido muchos servicios públicos, no solamente de mi ciudad sino del resto de España y del extranjero, en los que he comprobado que, una vez se conocen los códigos no escritos, en todas partes se actúa de la misma manera y se puede tener el mismo éxito.

Después de relatar mi primer orgasmo gracias a un extraño en un cine, creo que corresponde explicar como recibí la primera mamada, por parte de otro extraño, cuando debía tener alrededor de los veinte años. Fue el "estreno" de un apartamento que alquilé a espaldas de mi familia con la que seguía viviendo. Al principio de tenerlo, gracias a mi conocida y natural generosidad, lo aprovecharon más algunos de mis compañeros de trabajo que yo mismo, aunque yo también le saqué provecho cuando me saqué de encima buena parte de mis prevenciones mentales sobre llevar extraños "a casa". Lo estrené un día que debía ir mucho más caliente de lo habitual, porque si no, no me explico cómo me atreví a hacer lo que hice. Aún no había muebles y, afortunadamente, habían ya conectado el agua y la electricidad, aunque solamente tenía un par de bombillas colgando del techo y, en ese escenario, de pie y con la ropa puesta sucedió lo que relato a continuación.

Estaba yo paseando a primera hora de la noche por las Ramblas de Barcelona y fijándome disimuladamente, como era mi costumbre, en el paquete de los tíos, cuando coincidí con otra persona que iba en mi misma dirección, de unos treinta y tantos años, que me pareció que "entendía". Procuré acompasar mis pasos a los suyos y seguir andando a su lado. Enseguida, en lugar de mirar disimuladamente como a los demás, le miré sin reparos el relieve de su bragueta, lo cual sin duda fue una señal inequívoca para que me saludara, de ahí empezó una conversación banal hasta que llegó la pregunta crucial: "¿tienes sitio?", que por primera vez en mi vida pude contestar afirmativamente. Naturalmente le previne de que no había nada para estar cómodos pero, claro, no nos importó a ninguno de los dos. Aunque no estábamos muy cerca del lugar fuimos andando, yo algo preocupado por haber sido tan lanzado e ir a meterme en un lugar cerrado con alguien que podía ser un violador psicópata. Él seguramente no pensaba en eso.

Nada más entrar en el piso y cerrar la puerta me abrazó y me besó. Nunca me ha gustado mucho besar a un fumador o a una fumadora y además era el primer hombre que me besaba, lo cual no deja de ser una sensación nueva que no sabía si me iba a gustar, de hecho al principio apreté los dientes para que no me metiera la lengua en la boca, pero finalmente cedí por no defraudarle y me apliqué a colaborar lo mejor que supe para que no creyera que era demasiado remilgado. Naturalmente, enseguida nos bajamos los pantalones y la ropa interior para poder acceder con nuestras manos al cuerpo del otro. Tenía una polla más delgada y algo más larga que la mía, muy recta y proporcionada. Con la excusa de besarme en la nuca me hizo inclinarme sobre su polla pero yo se la aparté con la mano como señal inequívoca de que no se la iba a chupar, no lo había hecho nunca y no pensaba empezar aquel día. Por suerte, él sí que lo hizo conmigo. Era la primera vez que un hombre me besaba y también la primera vez que me la chupaban. Sentía un gusto especial, distinto al que había sentido hasta entonces con los tocamientos y pajas ocasionales que me habían hecho, aparte de las que me hacía yo mismo constantemente. Tuvo el detalle de recoger en su boca toda mi descarga hasta lo que creímos era la última gota, pero cuando se separó, mientras me seguía masturbando, otro chorro salió inesperadamente de mi polla y fue a dar contra la puerta para asombro de ambos. Nunca más he tenido dos orgasmos tan seguidos, prácticamente consecutivos, casi sin solución de continuidad. No recuerdo si él también se corrió, supongo que sí.

Así terminó mi primera sesión con un tío en un lugar privado, en la que además descubrí cómo era una mamada. Él se llamaba N... y vivía, según me dijo, cerca de la Plaza de España. Me hubiera gustado encontrarle el día en que, algunos años después, decidí que no era tan grave chuparle la polla a un tío y que quizá lo haría la próxima vez que me lo pidieran. Entonces me hubiera gustado devolverle la mamada que se merecía de aquel día, en que no cumplí equitativamente con reciprocidad, de hecho nunca lo hacía (aunque no se quejó de ello), pero no tenía modo de localizarlo ni nunca le volví a ver ni por casualidad.

Una vez estabilizado económicamente después de haber superado ya de algún modo la desgracia familiar que me obligó a ponerme a trabajar desde muy joven, determiné que me convenía completar mi formación reglada, para lo que elegí la academia A... , sita en la entonces denominada oficialmente Avenida de José Antonio Primo de Rivera y más popularmente Gran Vía, en Barcelona, donde me incluyeron en una clase en la que todos los alumnos eran, por lo menos, cinco años menores que yo. Allí estaba C..., un chico muy joven que me atraía enormemente. Aún tenía acné juvenil, pero eso no mermaba su atractivo, al menos para mí. Al ser tan joven, sus horarios eran muy rígidos y le esperaban en su casa una vez finalizadas las clases, a una hora bastante tardía que a mi parecer no permitía ninguna flexibilidad para proponerle algo tan inocente, por ejemplo, como visitar algún día mi apartamento. Por otra parte, la clase era de muy pocos alumnos, lo que tampoco daba margen para decirle algo en privado sin que se enteraran los demás y a mi me daba mucho miedo que alguien pudiera sospechar lo más mínimo sobre mis sentimientos e intenciones. He imaginado muchas veces lo que hubiera podido suceder si algún día hubiera conseguido una cita con él, pues parecía que yo le caía bien y aceptaba pequeñas bromas sexuales, pero nunca sabré si estaba en lo cierto o eran puras fabulaciones mías debidas a la atracción que sentía por él, ya que terminó el curso y aunque le pedí su teléfono luego no le llamé por temor a que descolgara algún familiar y sospechara de la llamada de una persona que superaba bastante la edad de C... Así que si hubiera habido alguna posibilidad, se perdió irremisiblemente para siempre a causa de mi timidez.

En esa academia nos dio clase durante unas semanas, no como titular sino haciendo alguna sustitución, un profesor argentino, creo, de unos treinta y tantos años, bastante atractivo y varonil en el que no denoté nada especial en aquellos momentos. Unos meses después de que ya no lo viera más por la academia, me lo encontré entre los espectadores que salíamos de la última sesión del Cine Atlántico, antes de la primera experiencia que he relatado ocurrida en dicho cine, por lo que todavía no tenía claro que allí podían suceder tales cosas. Estuvo muy amable, me preguntó porqué iba a ese cine y yo, inocentemente, le dije que porque me gustaban las películas cómicas que proyectaban, lo cual en aquellos momentos era lo más parecido a la verdad. Él coincidió en mi apreciación y, como estábamos en la parada de autobús que había frente al cine, se ofreció a acompañarme a mi casa con su moto que tenía aparcada allí mismo, para que no tuviera que esperar al autobús y me ahorrara el precio del billete nocturno. Yo no quise que se apartara de su trayecto para dejarme en mi casa y decliné varias veces su invitación, pero tanto insistió (estaba claro que no quería desaprovechar la ocasión) que acabé montándome de paquete en la moto. Desde el principio me insistió mucho en que me agarrara a él fuertemente para no caerme de la moto y me lo fue repitiendo varias veces durante el trayecto, pero a mi me daba reparo y procuraba poner mis manos en su cintura sin apretar mucho. Ahora estoy seguro que deseaba que me abrazara a él y/o que deslizara mis manos más hacia abajo por delante y supongo que esperaba que a partir de ahí podría llevarme a algún otro sitio antes que a mi casa, pero a mí ni se me ocurrió tal posibilidad, al contrario, no me atrevía ni siquiera a apretar mucho mis manos, con el consiguiente riesgo potencial para mi integridad física porque él iba a bastante velocidad tomando las curvas, supongo que para provocar que yo me agarrara a él, y yo no llevaba casco porque en aquellos años no era obligatorio. Como decían las damiselas del siglo pasado, "se portó como un caballero". Me llevó por el camino más corto a mi casa, nos dimos la mano y no he vuelto a verle más. El debió quedarse convencido de que yo era hetero y nuestro encuentro en el cine una casualidad y yo no caí en la cuenta hasta bastante tiempo más tarde que aquella noche los acontecimientos podrían haberse desarrollado de otra manera muy distinta si yo hubiera sido algo más espabilado.

Y, ahora sí, en el próximo post describiré, dedicándolo especialmente a las generaciones que no los han conocido, los inefables "mingitorios públicos" municipales de Barcelona. Y más adelante los de otros lugares.