domingo, 21 de febrero de 2016

13 - El resto de servicios (WC) públicos no municipales en la Plaza de Cataluña y alrededores (IV).

En esta y la próxima entrada sobre el tema que se referencia en el título, voy a comentar dos espacios de los que dieron más juego en los 70 y 80, por lo menos, época en que los conocí.

A una distancia no muy lejana de la Plaza de Cataluña se encontraban entonces un par de lugares que a mi juicio podían competir por el récord de ser los espacios (cubiertos) de cruising gay más concurridos, en los que prácticamente a todas horas había posibilidades, frecuentados por bastantes asiduos y con algunos rincones que, aunque expuestos al tránsito de personas ajenas a esa práctica, ofrecían buenas posibilidades para hacer de todo, dentro de las limitaciones de estar en un lugar de acceso público. Uno de ellos era, una vez más, una estación de ferrocarril y el otro un establecimiento comercial bastante singular, abierto las 24 horas del día. En este post veremos el primero.

Estación de Paseo de Gracia (RENFE -hoy ADIF-)

No la he visitado últimamente, por lo que no puedo decir si se dan hoy en día opciones para el cancaneo, pero creo que es bastante improbable pues, según tengo entendido, ya no es posible acceder a los andenes (y por ende a los servicios ubicados en ellos), ni a los pasillos interiores sin estar provisto de billete. Por otra parte, aunque supusiéramos que hay público potencial suficiente para propiciar el cruising, el primer elemento disuasorio sería el tema de poder acceder solamente con billete, pero incluso entre los viajeros propensos a ello (quizá teniendo en cuenta que en esta estación paran los trenes en dirección a, o provenientes de, Sitges) al haber aumentado de la forma en que lo ha hecho en los últimos años la presencia de empleados de seguridad y existiendo muchas más alternativas que entonces para buscar sexo, me da la impresión de que debe ser harto difícil encontrar la oportunidad.

Pero volvamos a aquellas épocas. La estación subterránea de Paseo de Gracia de aquellos tiempos permitía la entrada por cualquier acceso y la circulación por una pequeña red de pasillos sin necesidad de bajar a los andenes del nivel inferior, a no ser que se quisiera tomar un tren o bien usar los servicios que se encontraban en el extremo más cercano a Plaza de Cataluña de cada uno de los andenes, que eran gemelos entre sí y consistían en una hilera de urinarios a la derecha y una hilera de wc a la izquierda. Los más concurridos para cruising eran los del andén dirección Plaza de Cataluña, me aventuro a suponer que porque no había tanto flujo de viajeros esperando para ir en esa dirección.

Repasando los cada vez más indefinidos recuerdos que me quedan de hace más de treinta años, puedo explicar que el acceso principal de la estación, desde el patio de taquillas, solamente servía a nuestros efectos para bajar a los servicios de los andenes o bien para ir desde éstos a los dos pasillos subterráneos que conducían a los accesos que rendían por un extremo a la calle Pau Claris/Aragón y por el otro a la calle entonces denominada con el parco y castellanizado nombre de Lauria (Roger de Llúria), confluencia con la calle de Aragón. Los lugares más seguros para tener algún encuentro y donde incluso alguna vez se había montado alguna tan modesta como improvisada orgía (con todo el personal vestido, claro) eran los espacios inmediatos a las escaleras de salida de dichos accesos, especialmente los de Pau Claris/Aragón lado mar, supongo que por ser los más desconocidos o que caían más a trasmano para el público en general. Desde esos últimos metros de los pasillos cercanos a la salida, podían verse con cierta antelación los pies de las personas que pudieran descender por los primeros escalones a nivel de calle, antes de que en ese descenso alcanzaran ellos a ver lo que sucedía a pocos metros del final de la escalera y, a su vez, estábamos resguardados de la visión desde el pasillo que seguía a partir de ese punto hasta al acceso a los andenes, pues dicho pasillo no estaba alineado rectilíneamente con la entrada, sino que formaba un ángulo que permitía oír con mucha antelación los pasos de quien fuera a salir por allí, pues se trataba, se trata, de pasillos bastante largos.
En aquellas condiciones recuerdo sobre todo muchas mamadas, tanto recibidas como practicadas y allí podría decirse que fue donde me gradué en tan gratificante menester, dada la cantidad de ellas que practiqué y me practicaron.
Acceso actual en Pau Claris/Aragón, hoy reubicado al chaflán, pero que antiguamente estaba situado
paralelamente a la acera de la calle Pau Claris, seguramente donde ahora están las rejillas de ventilación.
Era extraordinariamente excitante el juego de bajar las escaleras, observar quizá a alguien disimulando cerca de ellas, sin entrar ni salir, andar hasta el otro extremo del pasillo y encontrar a alguien más, pasar por un pequeño vestíbulo de comunicación central entre los dos pasillos, donde se encontraban las escaleras que descendían a los andenes, recorrer el otro pasillo y al final quedarse con quien nos había parecido más acorde a nuestros gustos de todos cuantos estaban vagando por el lugar, siempre que cuando volviéramos sobre nuestros pasos, quizá al llegar al lugar donde habíamos visto a quien mentalmente habíamos elegido, todavía no se hubiera marchado o no estuviera enrollado con otro más expeditivo y después de todas esas circunstancias, que además coincidiera que uno también era de su agrado, claro. Pero aunque todo esto alguna vez fastidiaba porque después de tanto "elegir", al final se quedaba uno sin nada (quién mucho abarca, poco aprieta) tenía su morboso aliciente. No obstante, con el tiempo y la experiencia en el sitio, uno iba catalogando mentalmente a todos los asiduos del lugar, con lo que la elección era más directa y fructífera.

Como curiosidad, comentaré que en aquellos años en que tanto se fumaba porque no existían las prohibiciones actuales ni, por descontado, restricción alguna en cuanto a los espacios para hacerlo, siendo yo no fumador, detecté que algunas pollas tenían cierto deje gustativo u olfativo a tabaco, lo que me provocó cierta estupefacción pues me parecía difícil de aceptar que a los fumadores el tabaco que consumían les llegara a destilar hasta en la polla, pero pronto me di cuenta de que no se trataba de eso sino de que, de vez en cuando, me amorraba a mamar alguna polla que antes había sido chupada por un fumador y el deje a tabaco que yo notaba no era del mamado, sino que había sido depositado por el anterior mamador. O al menos eso es lo que deduje como hipótesis más plausible.

Allí encontré a menudo unas hermosas pollas a las que hacerles los honores, así como me los hacían a mi. Gente de un máximo de cuarenta años y de un mínimo que prefiero no evaluar aquí, iban allí para eso y se entregaban a ello con una gran afición. A base de asiduidad, llegué a trabar conocimiento con unos pocos chicos con los que siempre lo pasaba muy bien. Me extenderé solamente en la descripción de media docena, de entre la multitud con que tuve oportunidad de confraternizar.

Por ejemplo, el chico que he mencionado en el post anterior al comentar el parking de la Plaza de Castilla. Un muchacho joven, alto, moreno, guapo (no guapo de cine, sino para mi gusto), bien formado y con una polla recta y de buenas proporciones que apetecía siempre. Además, tenía bien claro que para pasarlo bien también debía usar su boca, en resumen una delicia. Habíamos tenido varios encuentros muy buenos en los que al parecer el tenía más práctica que yo pues, en una ocasión en que no encontrábamos ningún rincón libre en los pasillos subterráneos, me indicó que saliéramos y me llevó a los lavabos del bar anexo al hotel entonces llamado Splendit (Consejo de Ciento/Pau Claris), que tenía acceso directo a la calle Pau Claris. Con mi consiguiente rubor, tuvimos que pasar por delante de una vacía barra con su ocioso camarero hasta llegar al fondo donde estaban los lavabos, allí nos hicimos nuestras respectivas mamadas y volvimos a salir recorriendo de nuevo aquel solitario bar sin que nadie nos dijera nada, a pesar de que los camareros habían sido claramente testigos de nuestra maniobra de entrada y salida. Quizá al tratarse de un hotel de 4 estrellas (hoy 5) la dependencia procuraba no dar escándalos, quizá no se dieron cuenta de lo que pasaba, quizá les sorprendió pero no dijeron nada porque no estaban acostumbrados o quizá, más improbable, estaban en el ajo. Nunca lo sabré.
Fachada del bar del actual hotel Renaissance, antes Splendit, en la calle Pau Claris.
También contacté varias veces con un chico cuyo objetivo principal era que se lo follaran en un wc, aunque a la segunda vez ya conseguí convencerlo de que se viniera a mi apartamento, que era mi oferta habitual cuando por las circunstancias del momento (rincones ocupados, tránsito de viajeros, ronda de la policía, etc.) no podíamos hacer nada allí y los dos estábamos de acuerdo en hacer algo más que una simple paja o una mamada rápida, siempre que el otro fuera conocido del lugar o me inspirara un mínimo de confianza. Con aquel chico tuvimos algunas sesiones bastante largas y gratificantes para los dos, de lo que daban fe los gritos de placer que habitualmente profería "quin polvo, aiii quin polvoooo, ...", repetidos constantemente.

Otro chico, en cambio, se vino a mi apartamento y después de hacernos mamadas, morreos, 69s y otras cosas placenteras, cuando quise darme cuenta, estaba tanteando mi culo con su polla. Como no la tenía muy grande, algo menor que la media, le dejé hacer y el pobrecito se corrió enseguida. Me hubiera gustado que durara algo más, pero me conformé. Esto me recuerda que en aquellos tiempos no existía el VIH ni de lejos, por lo que, normalmente, en aquellos encuentros sobrevenidos, pocas veces se usaba preservativo y en las mamadas solamente se preguntaba al otro si quería recibir la eyaculación en la boca, por delicadeza, por si le daba reparo o asco, no por nada más.

También contacté un par de veces con un chico muy joven que la mamaba bastante bien y también consentía en que me lo follara pero al que, a pesar de su juventud, nunca se le levantó y yo no me atreví nunca a preguntarle porqué. La primera vez que estuvo en mi apartamento, al principio de encontrarnos me contó una historia según la cual tenía un problema con su jefe, que le achacaba la desaparición de poco más de mil pesetas y cuando terminamos, volvió a expresar su preocupación por lo del dinero, así que le di esa cantidad porque me había sentado tan mal que no se le levantara que pensé que se merecía una compensación. La segunda vez que nos vimos, al terminar también me dijo que necesitaba dinero pero tuve que contestarle que eso se pide al principio, no se finge que va uno por el placer y luego se pide dinero, así que se marchó follado y sin blanca. Las demás veces que lo vi ya no quise nada con él.

Había también un chico más mayor (sobre la treintena larga) que la mamaba estupendamente, casi siempre que lo veía estaba amorrado a una u otra polla. Con este chico tuve también encuentros en otros lugares de los alrededores llegando incluso, una de las veces en que los dos íbamos muy calientes, a mamármela en las escaleras de acceso al aparcamiento subterráneo del Paseo de Gracia. Además de este gran mamador había otro, más mayor, que no le iba a la zaga. Una vez que estábamos él, yo y otro enseñándonos las pollas en los urinarios, primero me la chupó a mí hasta acabar, mientras el otro me magreaba y luego me pidieron que vigilara en la puerta, mientras le chupaba al otro polla, huevos y culo hasta que se corrió. Me quedé algo frustrado al darme cuenta de que me había liquidado a mí primero para poder luego dedicarse extensamente al otro que, debo reconocerlo, tenía una polla mayor que la mía y, en general, estaba más bueno.

Había también otros personajes habituales, como uno con muy buena figura, siempre con ropa de trabajo, que podía presumir de tener la polla más grande de las que había por allí, pero al que solamente le gustaba mamarla. También un señor mayor que no podía disimular su rijosidad cuando veía a otro más joven, al que no dudaba en pedirle a las primeras de cambio que se la mamara y, aunque siempre he preferido a los más jóvenes, ni entonces tenía nada contra los señores mayores, ni mucho menos ahora, que ya soy uno de ellos, pero nunca quise hacer nada con aquél pues era especialmente repulsivo, quizá porque vestía algo desaliñado, quizá porque una vez que se bajó los pantalones delante mío para enseñarme una polla mediana tenía una mancha amarilla bien visible en la parte frontal de aquellos slips "Ocean" que se llevaban entonces, quizá por esa insistencia en pedir continuamente una mamada o más bien por todo a la vez. Estuve algún tiempo sin verlo, luego dejé yo de pasar por allí pero, un buen día varios meses después, lo encontré por las calles de Pueblo Seco, completamente disminuido en sus facultades, con una expresión facial que evidenciaba que no se daba cuenta de nada de lo que pasaba a su alrededor y acompañado de una persona que le guiaba y cuidaba de él. 

Volviendo a los chicos jóvenes, estuve en mi apartamento varias veces con uno bastante joven y algo gordito que, a pesar de su juventud o quizá a causa de ella, veía esto del sexo con una gran naturalidad y hablaba desacomplejadamente de sus amigos y las cosas que hacía con ellos, con una mezcla de candidez y morbo que no dejaba indiferente. Aún así, nunca conseguí follar con él a pesar de varios intentos en los que es justo decir que tampoco quise conseguirlo a la fuerza. Me da la impresión de que, aunque verbalmente mostrara su buena disposición, a la hora de la verdad no ponía nada de su parte para facilitar la introducción, yo diría incluso que apretaba el culo para evitarla, pero nunca me quejé ni intenté aproximaciones con los dedos, lubricante, etc., porque me conformaba con los suficientes elementos de gratificante sexo que había en nuestros primeros encuentros, confiando en que con paciencia llegaría a conseguirlo cuando tuviéramos más confianza, pero la verdad es que no tuve ocasión de avanzar más porque al poco tiempo dejamos de vernos, no recuerdo si porque él ya no aparecía por la estación o bien porque fui yo quien dejó de ir. Como dato curioso, este chico me contó que formaba parte del grupo musical que por aquel entonces acompañaba las misas que se hacían los domingos en la iglesia de la Merced.

Acabaré este relato no exhaustivo, tanto a causa de mi memoria como por haber omitido intencionadamente, por reiterativas, algunas anécdotas a mi entender menores, pero esencialmente completo en cuanto a marco general y variada casuística expuesta sobre todo lo que ocurría en aquella estación, con la incidencia más "grave" que me ocurrió, de la que empiezo explicando seguidamente el contexto principal.

Con la llegada de la democracia, se les cambió a la entonces llamada "Policia Armada" (de apodo "los grises" pues su uniforme era de ese color) el nombre, la organización y la hechura y color de los uniformes, convirtiéndolos, al menos por fuera, en una policía más homologable a sus contemporáneas del resto de Europa. Debo reconocer que se hizo un esfuerzo por parte de las autoridades para darles un barniz democrático en todos los aspectos, aunque también es lícito resaltar que estos procesos requieren su tiempo. Tanto tiempo, que posteriormente aún hubo un cambio posterior del color de los uniformes y los cambios de organización han seguido sucediéndose.

En aquella época de transición, el cuerpo pasó a llamarse "Policía Nacional", hoy "Cuerpo Nacional de Policía", se creó la llamada "policía de proximidad", hoy inexistente y los nuevos uniformes que se diseñaron constaban de camisa y pantalón de un color marrón claro, completados con cazadora, corbata y boina de color marrón más oscuro. Gracias a la "policía de proximidad", empezamos a ver por nuestras calles parejas de policías patrullando a pie, llevando a cabo una acción realmente de proximidad pues se presentaban a todos los establecimientos de la zona que les habían asignado, ofreciéndose e interesándose, al menos en apariencia, por las inquietudes de sus interlocutores.

Nuevos uniformes de la Policía Nacional (1979).
Obsérvese el águila todavía presente en las banderas y edificio que aparecen en el reportaje.

Pues bien, entre los barrios asignados a aquellas parejas de policías estaba el de la zona de la estación, incluyendo el interior de la misma. Ni que decir tiene que la aparición de la policía produjo cierta desbandada de los practicantes de cruising en aquel lugar, pero no tardaron mucho los habituales en adaptarse a los horarios de la pareja o, al menos, en vigilar de algún modo por donde iba la policía para ir ellos por otro lado. Pero "como la policía no es tonta", hemos de suponer que ellos también se fijaban en los que transitaban por allí, si los veían repetidamente por los pasillos o los andenes sin tomar nunca ningún tren, etc.

En esta tesitura, una tarde saliendo del trabajo, que era cuando me venía bien pasarme por allí, me acerqué al lugar, me di cuenta de que estaban los policías patrullando e intenté irme por otros pasillos para no cruzarme con ellos y también por si encontraba a alguien más con quien hacer algo. Cerca del acceso al exterior de Lauria-Roger de Llúria/Aragón) me encontré a otra persona que estaba buscando lo mismo, nos enrollamos con unas pajas, nos corrimos y, al marcharnos, yo hacia el exterior y él por el pasillo, nos encontramos cara a cara con los dos policías, uno en el exterior y otro en el pasillo que nos cortaron el paso y me hicieron bajar a reunirme de nuevo con mi ocasional compañero. Al pasar por donde habíamos estado miraron sin disimulo el charquito de la corrida que había quedado en el suelo, anduvimos hasta el centro del pasillo y allí nos paramos todos y nos ordenaron enseñarles la documentación y vaciarnos los bolsillos, bajo amenaza de que después nos cachearían y sufriríamos las consecuencias si les habíamos ocultado algo. Así lo hicimos, pero yo no me di cuenta de que olvidaba sacar un lápiz portaminas que llevaba en el bolsillo interior derecho de la chaqueta. Nos revisaron todas nuestras pertenencias (como dato curioso, el otro chico llevaba no menos de diez bolígrafos) entre amenazas de detenernos e insultos de cerdos, etc. por parte del más mayor, quizá también de mayor graduación, que era el que llevaba la voz cantante y, efectivamente, luego nos cachearon.

A mí me cacheó el más joven mientras yo ya estaba resignado a que para mí la cosa fuera a peor si encontraba el lápiz pues, aunque no fuera nada punible en sí mismo, pensé que como se nos había conminado muy severamente a enseñarlo todo, se enfadarían más conmigo por ese olvido involuntario y ya me veía en una de aquellas todavía sórdidas comisarías de entonces objeto de vete a saber qué vejaciones o burlas, mientras también cavilaba como explicar en mi casa porqué había ido a parar allí, si se hubieran enterado, o porqué había llegado más tarde a casa si no llegaban a notar más que mi más que previsible retraso. En aquellos segundos pensé también en muchas otras cosas, en cómo afrontaría un posible juicio por escándalo público con el que nos amenazaban los policías, cómo podría evitar que trascendiera a la empresa en la que trabajaba entonces, lo cual hubiera sido catastrófico, cómo podría disimularlo y pedir permiso para la comparecencia a juicio sin necesidad de explicarlo, darle vueltas a que quizá me retuvieran más de un día en la comisaría y si podría hacer una llamada, como estábamos cansados de ver en las películas norteamericanas, en fin, multitud de supuestos, ideas, temores, pero, terminado el cacheo, "mi policía" dijo que estaba "limpio", lo que me tranquilizó algo. Yo creo que el policía notó el bulto rígido del lápiz pues sentí como palpaba en la zona donde lo llevaba, pero quiero suponer que dedujo de qué se trataba y optó por ignorarlo porque, dicho sea de paso, no me pareció que estuviera tan soliviantado ni alterado por la situación como lo estaba su compañero, que seguía recriminándonos lo depravados que éramos, los delitos que nos podría imputar, lo idiotas que éramos de hacerlo allí (en eso no le faltaba razón), por qué no nos íbamos a Montjuïc (con lo cual me dio una pista, porque en aquella época en que no existía internet no estábamos tan informados como ahora de todos los lugares de cruising), aunque añadió que si un día, paseando con su familia, nos encontrara en tesitura similar en Montjuïc nos pegaría un tiro.

Al final, después de acojonarnos como es debido, nos devolvieron nuestras cosas, nos ordenaron que nos marcháramos y no volviéramos más por allí, yo les di las gracias y me marché antes de que cambiaran de idea, porque aunque me di cuenta de que hacían uso con nosotros de una tolerancia que quizá no hubieran tenido un par de años antes, el fin de la dictadura todavía era relativamente reciente (aún no hacía un año que se había aprobado la Constitución) y no estaba muy seguro de que en algunas comisarías no se siguieran conservando todavía las prácticas policiales de la dictadura.

Al volver a subir por la escalera hacia el exterior, el policía joven todavía me dijo "pero límpiese el pantalón, hombre". Efectivamente, ¡me estaba señalando que en la parte baja de mi pernera derecha era bien visible una gota de la eyaculación del otro que no había ido a parar al suelo!

viernes, 16 de mayo de 2014

12 - El resto de servicios (WC) públicos no municipales en la Plaza de Cataluña y alrededores (III).

Aún había más lugares en Plaza de Cataluña y alrededores de los que puede comentarse algo:

- El Corte Inglés de Plaza de Cataluña.
Servicios situados primero junto a la ferretería en el primer sótano y luego en un pasillo del sótano inferior junto al aparcamiento. Tanto en una ubicación como en otra siempre he encontrado morbo en estos servicios. Cuando estaban en la primera ubicación me daba bastante apuro entrar, pues había que hacerlo pasando entre los vendedores y público en general, pero dentro siempre se encontraba algo, aunque no siempre se "hacía" algo ya que, una vez se entraba desde la planta de ventas, se encontraba la entrada a los servicios a un lado y otra puerta que accedía a un recinto de uso exclusivo de los empleados, por lo que muy a menudo se oían pasos desde los servicios que en realidad se dirigían al otro recinto, pero que por una elemental prudencia impedían que los que estábamos en los servicios pasáramos a mayores (al menos en las ocasiones en que yo estuve). 

Con la nueva ubicación junto al aparcamiento se ganó en espacio pero no en posibilidades de intimidad, pues así como cuando estaban en la ubicación anterior su existencia pasaba prácticamente inadvertida para todo el mundo pero había el problema del movimiento cercano de empleados, en el nuevo lugar no existía este problema pero estaban (y supongo que siguen estando) anunciados en diversos lugares de los almacenes, por lo que ya no eran visitados solamente por los "conocedores", como antes.

Aparte de leves escarceos en el lugar, pajas sobre todo, nunca saqué nada más de allí.

Tengo entendido que hay otros servicios en alguna otra planta, pero no he visitado ninguno.

- Servicios de la cafetería del Centro Cultural de los Ejércitos, popularmente llamada Casino Militar.
Situada en el nº 15 de la Plaza de Cataluña, donde actualmente se encuentra el Corte Inglés, cerca de la esquina con la calle Fontanella. Era muy útil a la salida de los múltiples servicios públicos de la Plaza de Cataluña para estar más "en la intimidad" que en los otros servicios con más afluencia.

En un par de ocasiones o quizá alguna más visité estos servicios, en alguna de ellas acompañado por alguien. Cuando fui solo raramente encontré a alguien más, creo que sólo una vez y las pocas veces que fui acompañado nos dedicamos a pajearnos y nada más.

Al cabo de los años, circunstancias de la vida me llevaron a conocer a un grupo de personas que se reunían en la terraza de aquella cafetería, situada en la ancha acera de Plaza de Cataluña. Sabiendo lo que yo sabía, procuraba sentarme de cara a la puerta, por si veía entrar a alguien interesante que, quizá, se dirigiera a los servicios, pero nunca vi a nadie apetecible o ni siquiera susceptible a mis ojos de visitar los servicios, ya fuera porque al estar en un corro de conocidos no era posible estar siempre con la mirada fija en dicha puerta o bien porque aquellos camareros vestidos con su chaquetilla de inspiración militar habían ya detectado lo que sucedía a veces en los servicios y observaban una actitud más vigilante y/o disuasoria que años antes cuando yo iba. Al poco tiempo, los grandes almacenes procedieron a su última ampliación y desapareció el "Casino Militar". 

- Servicios del parking público subterráneo de la Plaza de Castilla.
Servicios poco conocidos y, por ende, poco usados por el público, por lo que eran ideales para encuentros sexuales esporádicos, o cruising como se dice ahora.
Entrada peatonal al parking de la Plaza de Castilla y sus servicios, situados junto a
esta entrada y que en aquellos años siempre estaban abiertos. Al fondo la calle Tallers.
De aquel lugar recuerdo dos personas asiduas. Uno era un chico más joven que yo, con una polla apreciablemente grande, aunque no exagerada y más bien delgada, con el que practicamos múltiples mamadas mutuas en muchas ocasiones, durante una larga temporada. Cuando se producen encuentros repetidos con alguien en un lugar de estos, lo normal sería acabar yendo a un lugar más discreto después de los primeros encuentros, cuando se coge confianza mutua (y yo enseguida le cojo confianza a alguien a quien se la he mamado o me la ha mamado él), pero si alguno de los dos no quiere, los encuentros se transforman en una rutina similar en cada ocasión, magreos, morreos, uno se la come al otro, el otro al uno y paja simultánea como digno colofón, todo a una cierta velocidad por encontrarse en un lugar público. Éste era el caso con este chico. Yo deseaba encontrarlo cada vez que visitaba el lugar, y supongo que él también porque tardaba pocos segundos en sacarse la polla bien tiesa en cuanto me veía entrar (y yo lo mismo, si sucedía al revés), pero aunque le pedí más de una vez que se viniera a mi apartamento nunca lo conseguí, quizá no se fiaba de mí, como a mí también me ocurría cuando me ofrecían llevarme a casa de alguien. En realidad, nunca intercambiamos muchas palabras, en parte porque la mayor parte del tiempo uno u otro o los dos a la vez teníamos la boca ocupada pero también por la premura en hacerlo todo rápido sin entretenerse en muchas florituras, por precaución. Le había conocido por primera vez en los servicios y pasillos de la estación de RENFE de Paseo de Gràcia/Aragón, otro lugar "emblemático" para el mundo gay frecuentador de WC públicos de entonces y los encuentros con él fueron para mi extraordinariamente excitantes y gratificantes, por su juventud, su entrega, su cuerpo, su polla, etc., pero al cabo de un tiempo mis visitas tanto a uno como a otro lugar se fueron espaciando por razones profesionales y también personales y le perdí la pista definitivamente.

Otra persona interesante fue un hombre más mayor que yo y más robusto, con aspecto de obrero metalúrgico o de la construcción, con su carterita de mano como si fuera un escolar de los años 60. Aquel hombre no tenía tantos remilgos como el anterior en ir a casa de nadie, supongo que porque era más mayor, más fornido y seguramente tenía más experiencia en detectar que yo no representaba ningún peligro o porque su complexión fuerte le daba más confianza en sí mismo. Una vez nos hubimos apreciado mutuamente las pollas la primera vez que nos encontramos (tenía una gran y, sobre todo, gruesa polla), me hizo la clásica pregunta de si tenía "sitio", a lo que contesté afirmativamente, nos encaminamos a mi cercano apartamento y fuimos directamente a la cama a disfrutar de nuestros respectivos cuerpos. La primera vez que me he metido en la cama con alguien siempre he estado algo a la expectativa, supongo que es algo que nos sucede a todos en mayor o menor medida, y así también fue en esta ocasión pues yo pensaba para mis adentros que con aquella complexión y aquel pollón, como quisiera follarme solamente cabría acogerme a su buena voluntad para que respetara mi negativa, ya que como se empeñara en ello tenía claro que no podría defenderme de aquel monstruoso, duro y oscuro ariete. Afortunadamente, a pesar de su aspecto algo rudo era una persona muy amable y no pretendía follarme, sino al contrario, lo que me hizo muy feliz. Aquella experiencia de follarme aquel rico y bastante estrecho culo mientras su badajo duro como una piedra se movía acompasadamente al ritmo de la follada es algo digno de recordar. Lo pasamos muy bien durante bastante rato y aquel encuentro se repitió en alguna otra ocasión, si bien la última vez que nos encontramos (en la calle, cerca de los servicios) le ignoré, el me siguió, haciendo todo lo posible para que me diera cuenta de que estaba allí y al final le hice un gesto (es curioso, ni el me habló a mí, ni yo a él) de que no quería nada, lo que le dejó con un palmo de narices. Desde aquí le pido disculpas por esta despedida un poco abrupta que él no se merecía, pero la razón de mi seco comportamiento era que por aquel entonces yo tenía una novia (S.) que vivía en el portal de al lado del edificio en el que tenía mi apartamento y en aquel momento iba a dirigirme a su casa, por lo que no me era posible distraerme follando antes de ir a verla. Si me hubiera dirigido la palabra en lugar de observar ese comportamiento que hoy me parece algo infantil, aunque comprendo que venía motivado por la necesidad de disimular en público que todos teníamos tan asumida hasta el punto de protagonizar escenas tan ridículas como la relatada cuando lo lógico hubiera sido saludarse como dos buenos amigos, entonces le hubiera explicado que no disponía de tiempo libre en aquel momento y quizá hubiéramos podido quedar para mejor ocasión pero, después de aquello, lamentablemente no volví a encontrarle más y, como a raíz de ese noviazgo que duró varios años dejé de frecuentar tan a menudo los servicios públicos, también dejé de ver a otros conocidos de vista o de polla de esos lugares.

miércoles, 14 de mayo de 2014

11 - El resto de servicios (WC) públicos no municipales en la Plaza de Cataluña y alrededores (II).

Prosiguiendo con el tema del título, aquí van mis comentarios sobre algunos otros lugares:

- Estación "Plaza de Cataluña" de RENFE, servicios en el andén.
Los visité muy pocas veces, sólo recuerdo algo la disposición de los urinarios al fondo, de espaldas a la puerta, muy pocos, tres o cuatro, y que no estaba muy limpio. No recuerdo nada de eventuales ligues, aunque una vez si que me encontré a un jovencito en el vestíbulo que decía que quería rollo pero con el que finalmente no llegué a nada pues quería una recompensa económica. Bastantes años después de aquello, durante un tiempo no me importó pagar alguna vez (directa o indirectamente) por algo que me pareciera interesante, pero ahora he vuelto a cambiar de opinión. 

- Servicios situados en la Terminal y oficinas de la Compañía Anónima Alsina Graells de Autotransportes.
Se encontraban en la Ronda Universidad, lado mar, cerca de la calle Pelai, donde ahora hay un hotel. Aquellos servicios para los "señores clientes" estaban en una especie de cobertizo situado en los jardines de la finca en la que se encontraban las oficinas de la compañía citada y eran de un acceso muy cómodo al estar en el exterior del edificio, cosa inhabitual en los demás locales privados, bares, etc., a los que había que entrar para utilizar el servicio y, por lo tanto, exponerse al posible seguimiento visual de empleados u otros clientes, aunque esto último podía ser ocasionalmente de utilidad si había otro cliente interesado en el mismo tema.

Vista desde la calle, las oficinas estaban en el edificio que se ve dentro de la finca entrando a la izquierda
y los servicios (no se ven en la foto) entrando a la derecha, al fondo de los jardines que había detrás de la verja.


Todo lo que tenía de comodidad de acceso se contrarrestaba por la dejadez, suciedad y sordidez del espacio, cuyas instalaciones "sanitarias" estaban reducidas a la mínima expresión: una pared embaldosada de algunos metros de ancho, sin otro aditamento que un desagüe para las "aguas menores" y un mugriento cubículo que, aunque ya no lo recuerdo muy bien, me aventuraría a decir que o bien no tenía puerta o bien no cerraba, para las "aguas mayores", a evacuar en cuclillas por un agujero en el centro de la cochambrosa estancia.

En el lado bueno estaba que el lugar era poco conocido y, por ende, poco frecuentado, lo que daba una facilidad de movimientos que no se conseguía en ningún otro lugar similar, salvo alguna rara excepción que mencionaré en su momento, y en el lado malo (aparte de la decrepitud de las instalaciones) que por ser poco concurrido tampoco lo frecuentaba mucha gente con mis mismas intenciones y, en el caso de que coincidiera con alguno, el lugar era tan tranquilo que animaba a pasarse de la natural prudencia y exponerse de tal modo que podría haber entrado en cualquier momento alguien a quien no hubiéramos oído acercarse. Por eso y por estar algo alejado del centro neurálgico de la Plaza de Cataluña no lo frecuenté mucho pero, aún así, tuve algunos encuentros interesantes que se saldaron con algunas ricas mamadas y también alguna paja, generalmente recíproca.

- Restaurante/Cafetería Canaletas.
Esta popular cafetería estaba ubicada al principio de la Rambla, lado números impares, cerca de la Plaza de Cataluña, junto al Bar/Restaurante Nuria. Lamentablemente, ya no existe pues hace unos años se transformó en un Burger King. Los servicios se encontraban en el sótano, al que se descendía por unas escaleras situadas a la derecha, al final de la barra.

En una ocasión, había estado en los servicios de la Avenida de la Luz sin ningún resultado, me había recorrido ese pasaje subterráneo de cabo a rabo, sin encontrar ningún ídem, y así llegué al extremo más cercano a Plaza de Cataluña, justo a la altura de la barandilla que se ve en la foto, en la que acostumbraban a apoyarse viajeros esperando la hora de salida de su tren, otras personas que podían estar esperando a alguien, otras que, ociosas, simplemente dejaban pasar el tiempo observando el constante trasiego de gente u otras que quizá se habían guarecido de una intempestiva lluvia o del frío imperante en la calle.
Panorámica de la Avenida de la Luz desde el extremo más cercano a las salidas de c/.
Pelayo y Plaza de Cataluña. Los servicios de WC público se encontraban al fondo de
la foto a mano izquierda, junto a la salida del otro extremo de la larga galería comercial.
Ocasionalmente también se paraba alguno de los asiduos a los servicios del otro extremo de la Avenida de la Luz, haciendo tiempo para volver a los mismos y probar suerte de nuevo en busca de ver recompensada su paciencia con algún ligue, toqueteo o simplemente alguna excitante visión. Por eso, mientras tanto, podía producirse un juego de miradas entre alguno de los apoyados en la barandilla y alguno de los paseantes. Eso ocurrió en aquella ocasión entre un servidor y un hombre de apariencia magrebí que llevaba una pequeña cartera de mano del tipo que había sido habitual en las escuelas, pero que entonces era usado más bien por algunos obreros de la construcción o de algunas fábricas. Yo estaba deseando comprobar por fin si era cierta la leyenda sobre el tamaño de los árabes, conectamos con la mirada, me pareció que "entendía" y, como yo venía de los servicios de la Avenida de la Luz, pensé que era mejor ir a otros para que no se me viera de nuevo en los mismos servicios en un espacio de tiempo tan corto, así que me encaminé a la salida más cercana hacia Pelai-Pelayo/Plaza de Cataluña y entré en el Bar Canaletas, directamente hacia los servicios como si fuera un cliente de la terraza, el magrebí también entró e hizo lo mismo. Había solamente unos tres o cuatro urinarios, casi  todos ocupados, cosa que no me esperaba y me puse en el único puesto libre. Para mi sorpresa, la persona situada a mi izquierda me miró la polla sin mucho disimulo mostrándome también una erecta herramienta no muy larga pero de buen grosor y, mientras la persona a mi derecha abandonaba su lugar, que era ocupado por el magrebí, el de mi izquierda aprovechó para preguntarme si "tenía sitio", le hice un gesto afirmativo con la cabeza, aunque yo todavía quería enseñarle la polla al magrebí y que éste también me la enseñara, pero me pareció que estaba algo cohibido o quizá sorprendido por la facilidad con la que yo estaba entablando conversación con otra persona, aunque en realidad no dije nada, sólo había hecho un gesto con la cabeza mientras el protagonista de aquel fortuito encuentro me seguía hablando de sus ganas de sexo con alguien tan guapo como yo, una afirmación claramente exagerada y sin duda dictada por sus aparentemente irrefrenables deseos, mientras al magrebí, que me había seguido hasta allí alentado por mi actitud, no le dije gran cosa pues, mirando insistentemente a donde esperaba ver su polla no conseguí verla, no acababa de enseñarla, así que ante las facilidades que me daba el de la izquierda y la timidez del de la derecha decidí irme con el primero, aunque ello significara quedarme sin hacer la comprobación de la leyenda. Así fue, mi nuevo ligue y yo salimos al unísono dejando allí al magrebí, que no sé si encontraría a alguien más con quién congeniar.

Pues bien, de aquellos servicios del Bar Canaletas, en los que creo que nunca había estado antes, saqué un inesperado ligue con el que pasamos estupendamente un buen rato. Por aquel entonces ya disponía de un apartamento bastante cercano, al que se podía ir a pie, por lo que allí nos dirigimos a pasarlo bien, cosa a la que procuré contribuir lo mejor posible. Como todos los encuentros de aquel entonces no se sustanció sin unas buenas mamadas mutuas, magreos por todo el cuerpo, 69, etc. y finalizó con una buena follada a mi ocasional pareja que nos dejó agotados a ambos. La verdad es que cuando hay afición y ganas se pasa mucho mejor, aunque se trate de un encuentro imprevisto o quizá por eso precisamente.

viernes, 2 de mayo de 2014

10 - El resto de servicios (WC) públicos no municipales en la Plaza de Cataluña y alrededores (I).

Pensaba acabar estas reseñas sobre WC públicos en Barcelona con un repaso, a veces rápido y otras no tanto, dependiendo del lugar comentado, del resto de oportunidades de ligue homosexual que teníamos los gay o bisexuales "proletarios" en aquel escenario tan poco romántico. No obstante, lo que creí que podía liquidar en un solo post está alcanzando unas dimensiones que me hará dividirlo en varios, para no hastiar más de la cuenta al lector con textos interminables.

Después de la descripción de los WC municipales, no sería justo olvidar el mérito de algunos otros que pertenecían a compañías de transporte o estaban ubicados en otro tipo de establecimientos, normalmente de hostelería pero también en aparcamientos o grandes almacenes. Empecemos con el que más me gustaba.

- Avenida de la Luz. Servicios originalmente pensados para los usuarios de los Ferrocarriles.
Para los lectores de menos de 40 años o de fuera de Barcelona habrá que empezar explicando qué Avenida es (o era) esta. Pues bien, se trata de un amplísimo paso subterráneo bajo la calle Pelai (entonces Pelayo), desde su confluencia con las calles Balmes y Vergara (hoy Bergara) hasta la Plaza de Cataluña y Ramblas, tal como se ve gráficamente en el siguiente plano que muestra la parte del subsuelo que discurre por debajo de las calles indicadas.


Se construyó en 1929, año de la segunda Exposición Universal de Barcelona, a raíz del soterramiento de una estación de ferrocarril allí presente desde 1874, pero se re-inauguró como galería comercial en 1940 con el propósito de que fuera el primer tramo de una gran área subterránea que hubiera abarcado todo el subsuelo desde la Plaza de Urquinaona hasta la Rambla de Cataluña, si bien no llegó a construirse por problemas técnicos, económicos y de cobertura legal, por lo que se quedó en el espacio descrito y, aún así, tiene el mérito de haber sido la primera galería comercial subterránea de Europa.

Aquello que sin ánimo de exagerar era, por lo abigarrado y diverso de sus usuarios y por la variedad y el "multipintoresquismo" de sus establecimientos, como una pequeña ciudad subterránea a lo largo de un pasillo de unos 150 metros de largo por 10 de ancho que albergaba más de cincuenta establecimientos de todo tipo: óptica, electrodomésticos, tricotosas, armas, deportes, discos, libros, barquillos (pamper's) -con vino Montroy-Pedro Masana-, muebles, joyas, relojes y muchos otros, entre ellos unos cuantos bares y un cine, pero que en la actualidad ya no existe tal como era con comunicación abierta al público entre los dos extremos de lo que antaño fue aquella "Avenida", si bien todavía hoy podemos observar algo de la morfología del pasillo central de entonces si visitamos la planta inferior de la perfumería "Sephora" en el espacio comercial "El Triangle", entrando por la confluencia de la plaza de Cataluña y la calle Pelayo/Pelai. Para imaginarse el resto puede verse la fotografía situada más abajo o visionar las películas "Bilbao" (1978) de Josep Joan Bigas Luna o "Sinatra" (1988) de Francesc Betriu, en las que se aprecia parcialmente como era la Avenida de la Luz en aquellas fechas.

Entre los elementos más importantes de la Avenida de la Luz destacaban, cómo no, las taquillas y los accesos a las líneas de los FF.CC. de Cataluña (Terrassa/Sabadell) y del F.C. de Sarriá a Barcelona (Sarriá/Av.Tibidabo), hoy todos englobados en los Ferrocarrils de la Generalitat, que estaban situados en ambos extremos del recinto. Y en el acceso de la parte superior (Balmes/Pelai), entrando a mano derecha, se encontraba uno de los WC públicos y gratuitos más concurridos de la zona, por lo estratégico de su ubicación, después de la entrada y antes de las escaleras de bajada a los andenes, que se encontraban en un nivel inferior (fue una de las primeras estaciones que contó con escaleras mecánicas) y frente a un cine de sesión continua que no disponía de servicios propios. Pero otra razón importante que justificaba tanta concurrencia era por ser un lugar muy adecuado para el ligue homosexual o para aquellos que al menos querían alegrarse la vista y, con suerte, quizá también unos minutos de su existencia.

Servicios de FF.CC., aunque la señora encargada
no es la que se menciona en el texto. 
Los servicios de señoras y caballeros (gratuitos por gentileza de la compañía de FF.CC. como rezaba una placa de loza en la parte superior de la puerta) tenían las respectivas entradas una junto a otra, a la derecha las señoras y los caballeros a la izquierda. Los de caballeros no eran muy espaciosos, un rimero de no más de seis mingitorios adosados a la pared de la derecha a los que seguía un lavabo y dos WC al fondo. La pared de la izquierda casi siempre ocupada por una hilera de usuarios a la espera de que quedara libre uno de los urinarios de la derecha, cosa que no siempre se producía con la necesaria ligereza pues algunos de los que los ocupaban no terminaban nunca, bien porque estaban entretenidos observando la evidente apostura de otros usuarios o bien porque estaban esperando a que se desocupara alguno de los puestos colindantes al suyo por si mejoraban las vistas con el cambio de usuario. En algunas ocasiones, tal era la acumulación de personas en la cola de espera que alguno de los integrantes de la misma no podía dejar de comentar con alguna frase sarcástica la lentitud con que se alternaban los ocupantes de los urinarios.

Digna de mención era la encargada del lugar, una señora bastante mayor, gruesa y fuerte, normalmente siempre situada en los servicios de señoras, a la que había que recurrir si se necesitaba usar alguno de los WC de caballeros. Entonces ella suministraba el papel de rigor al usuario, supongo que a cambio de la consabida propina, le acompañaba a los servicios de caballeros, arrastrando unos pies enfundados en unas viejas zapatillas que nunca llevaba completamente calzadas sino, como se dice en catalán a retaló, es decir con los dedos metidos en la parte delantera pero el talón libre, a modo de chanclas, que emitían un sonido muy característico al andar. Con una llave que llevaba colgada con un cordel de la cintura abría uno de los WC, no sin antes propinar unos fuertes y sonoros trastazos con dicha llave en la puerta del mismo, por si estaba ocupado, con lo que las puertas de los WC lucían en toda la extensión de su mitad superior unas marcas como de viruela, producto de los golpes de la encargada.

Doy por supuesto que esa señora estaba en el ajo de lo que ocurría allí, pues en una ocasión incluso me fue dado presenciar como abría la puerta de uno de los WC a dos hombres que venían juntos, uno de ellos claramente afeminado y que juntos también entraron en el cubículo, encerrándose en él.

Dejando aparte esta rara anécdota que no dejó de sorprenderme, ¿porqué precisamente estos servicios eran más propensos que otros a atraer tal número de visitantes, aunque justificados en parte por la estación y el cine? Pues porque los mingitorios eran como aquellos que he comentado al mencionar alguna de mis experiencias en el Cine Atlántico, parecidos a los de la foto de la derecha, salvo en que la altura de la pieza de porcelana vertical que separaba a cada usuario no sobrepasaba la altura de la parte central, por lo que a duras penas alcanzaban a ocultar la polla y mucho menos si el usuario era de una estatura regular o bien estaba empalmado, caso no infrecuente. O las dos cosas.

Además era un lugar muy apropiado para ligar porque se podía salir y perderse entre el bullicio de la Avenida seguido o precedido del "ligue" y entablar luego la oportuna conversación para comentar lo que fuera necesario como viejos amigos, deambulando entre el resto de transeúntes de aquel lugar, sin llamar la atención.

Vista panorámica de la Avenida de la Luz, desde la parte superior (Pelai/Balmes) del recinto.
Los servicios que se describen se encontraban a la derecha, a la espalda del fotógrafo.
Rara era la vez en que no se conseguía nada si uno disponía de tiempo suficiente, tenía cierta paciencia y, porqué no decirlo, un mínimo de buena apariencia, por lo que yo también lo conseguía a menudo, cosa que paso a comentar en la medida de mis recuerdos, también con alguna experiencia fallida, pues esas anécdotas sobre situaciones cuando menos extrañas, aunque no tanto como la relatada sobre los dos hombres entrando en un WC a la vista de todos, no diré que menudeaban pero no eran raras.

El cine que se menciona en el texto cuando ya había
pasado de ser "Sala S" a "Sala X", es decir, sala porno.
En una ocasión, cuando el cine que había a unos escasos veinte metros ya se había transformado en un cine "S" (raro engendro creado para clasificar a finales de los años 70 algunas salas especializadas en cine erótico, pero no pornográfico, solamente con actores y actrices ocasionalmente desnudos "por exigencias del guión") vi como entraba procedente del cine un chico joven que a duras penas debía superar los 18 años, edad requerida para poder entrar en aquella sala, muy acalorado y nervioso, con una más que evidente erección bajo sus pantalones, que enseguida se colocó en uno de los mingitorios y exhibió tal cantidad de enhiesta hombría que todos los colaterales, entre los que me incluyo, pues me faltó tiempo para colocarme en otro sitio libre ya que en aquella hora no había cola, desvelamos también una erección inmediata, aquello que segundos antes era una hilera de tíos disimulando y tapándose la polla para no llamar la atención hasta que vieran interés por parte de alguien, al ver aquella cantidad de carne joven al descubierto y los manejos de su dueño para correrse, se transformó en un florido vergel de erectas pollas a ambos lados de él, sin excepción, porque también casualmente todos los que estábamos allí éramos lo suficientemente jóvenes como para tener esa reacción inmediata. Hay que recordar que eran años de bastante represión sexual, a pesar de la tímida apertura que significó la autorización de las salas "S" y precisamente por eso deduje que el pobrecito se había puesto tan caliente con la película que, siendo sin duda una persona muy bien educada, no quiso manchar el cine (seguramente sería el único que tuviera esa consideración) y se dirigió a los servicios, pensando seguramente en desahogarse allí en la intimidad y seguro que sin esperar encontrarse con aquel panorama. No sé qué fue de él una vez acabó, pues fue algo visto y no visto, con tal premura y a punto de reventar venía el chico y supongo que como estaba ya casi con los ojos en blanco no le importó, o hasta le excitó más, ver tantas pollas de golpe haciendo la competencia a la suya. Sólo espero que se lo pasara bien lo que, a juzgar por la cantidad de leche que sacó, creo que se podría aventurar que fue así.

En otra ocasión, se puso a mi lado un chico algún año mayor que yo, con una polla perfectamente torneada y, aprovechando que era una hora de poca afluencia, nos la agarramos recíprocamente, pero a los pocos segundos de tocarle se corrió en mi mano sin avisar y yo, por una reacción inesperada, seguí el mismo camino. A duras penas, me volví hacia el lavabo, por suerte llevaba los pantalones abrochados como siempre, pero iba con la polla fuera porque no podía ni tocarla con mi mano mojada para no manchar la ropa ni con la otra mano limpia para no manchar la mano a su vez con el líquido que había salido de mi propia polla y que la cubría en parte. Afortunadamente, el lavabo también estaba instalado a la altura apropiada para lavarse la polla, así que procedí a ello, con la polla y las manos limpias me sequé con un pañuelo (entonces aún se usaban pañuelos de tela) y me la guardé tranquilamente. No oí ni un comentario por parte de ninguno de los presentes, que supongo que algo notarían de lo que estaba pasando. Una vez conseguí recomponerme, abandoné el lugar mientras el otro también se lavaba y, como ya era hora de comer, me fui a pie al domicilio de mi novia de entonces, S., que se había marchado de vacaciones con sus hijos pero me había dejado algunas cosas de comer preparadas en su casa. Cuando ya estaba llegando me alcanzó el otro chico, que quería seguir con el festival. Pero ya era hora de comer y yo no quería llevarlo a casa de mi novia a pesar de que no hubiera nadie, ni tampoco a mi apartamento, pues no estaba muy cerca y entre el ir y venir habría acabado comiendo a las cuatro o cinco de la tarde, así que en esta ocasión el hambre se impuso a la libido, que de todos modos ya había tenido su pequeño e inesperado alivio, y allí se acabó la historia.

Como es natural, tras ir unas cuantas veces a horas y/o días similares se acaba conociendo, al menos de vista, a los asiduos y, entre ellos, había un hombre bajito bastante mayor con pelo y bigote canosos al que ya había visto varias veces. Aquel día coincidimos uno al lado del otro y miré disimuladamente aunque no vi nada más que una pelambrera muy negra. Yo debía estar empalmado como de costumbre (no me hacía falta ver nada especial, solamente el morbo de la situación ya era suficiente para provocar esa reacción en mi) pero, cansado de no ver nada más, salí y él también. Después de andar unos pasos juntos creo que inicié yo la conversación:
- Hola
- Hola, ¿te gustan los hombres mayores?
me soltó de buenas a primeras con una entonación que supongo pretendía ser lúbrica. Me quedé algo sorprendido porque nunca me había planteado ir con alguien porque fuera mayor, sino para que me la chupara, de hecho me fijaba en otras cosas y la edad me daba bastante igual, así que le respondí
-No lo sé
se quedó algo sorprendido y, como supongo que detectó que yo no era el jovencito entusiasmado por ir con un tío mayor que él esperaba, nos despedimos y nos fuimos cada uno por su lado. Lo vi más veces pero no volvimos a hablar más. Tampoco le vi nunca, ni antes ni después de ese día, entablar nada con nadie más.

También era asiduo del lugar un chico joven con apariencia latina y unas cicatrices muy aparentes en cada lado de la cara, al cual ya he mencionado en una entrada anterior de este blog y que no tenía reparo en mostrar un bulto en el pantalón que de buen seguro hacía babear a más de uno (y creo que a mi también), pero nunca llegué a ver en directo si la realidad se correspondía con aquel bulto. Hubiera podido hacerlo pero procuraba evitar la coincidencia con él pues se metió en mi cerebro la manía de que era un chulo no recomendable y me quedé para siempre sin saber lo que era en realidad.

En otra ocasión encontré a V. (o también podría ser B.), un chico de Lleida que estudiaba en Barcelona, bastante atractivo y con una figura y una polla que me gustó. Me propuso ir a su piso en la plaza de Gala Placidia y hacia allá nos fuimos, lo pasamos muy bien en la cama aunque mientras estábamos en ello le llamó su hermano por teléfono así que, mientras el le atendía, yo no dejaba de mamársela a él para mantenerlo caliente y poder seguir después, como así fue. Estuvo muy bien, siempre he intentado ser generoso aunque por aquella época lo era con todo menos con mi culo y lo que me interesaba era el de los demás pero, a pesar de pasarlo tan bien, en el momento de la despedida, como acostumbraba a hacer siempre, me mostré bastante esquivo para quedar para una nueva ocasión por lo que nunca más volví a verle, ni siquiera por casualidad en la Avenida de la Luz. Gracias a haberme desplazado a su piso y haber vuelto a la Plaza de Cataluña con los hoy Ferrocarrils de la Generalitat, descubrí los servicios de la estación de Gràcia de dicha línea, de los que hablaré largo y tendido en su momento.

Un sábado, sobre las cuatro de la tarde, momento de poca concurrencia, entré y repare en un chico bastante joven situado en un urinario, entre otros usuarios. Al verlo de espaldas no pude apreciar si era un chico inocente o no, pero los dioses me fueron tan propicios que me dejaron un puesto libre a su izquierda que me apresuré a ocupar. Aguantaba con sus manos una polla adolescente o post-adolescente en posición horizontal para que no rebasara el límite del urinario, aunque era totalmente visible (y adorable), él estaba casi tan ruborizado como su polla y se aguantaba derecho con la cabeza algo inclinada apoyada en la pared. Y así durante minutos y minutos, prácticamente sin mover un músculo. Su polla estaba diciendo "cómeme", pero no era cuestión de armar un escándalo entre toda aquella concurrencia, así que opté por enseñarle la mía, que casi doblaba la suya en dimensiones (no por mérito mio), él observaba a uno y otro lado disimuladamente pero permanecía impasible en su puesto. Yo, como siempre he sido muy prudente, opté por marcharme para que nadie sospechara. Él no me siguió como yo hubiera querido, así que le esperé fuera todo lo disimuladamente que pude. Cuando al fin apareció, se dirigió a la salida más cercana, yo le seguí por la calle pero él no aminoraba el paso para que pudiera decirle algo privadamente sin llamar la atención de nadie, seguramente ni se le ocurría tal posibilidad. Al fin, viendo que no iba a conseguir nada lo dejé correr, pero a partir de entonces procuré acudir al mismo lugar los sábados a las cuatro de la tarde y, efectivamente, allí estaba todas las semanas. Le esperaba fuera hasta que aparecía, entonces entraba yo, a veces dejaba pasar mi turno muy educadamente para conseguir estar a su lado, se repetía la misma escena que la primera vez y seguía sin conseguir hablar con él, aunque era evidente para mí que él sabía que yo le seguía. En una de las ocasiones, siguiendo siempre el mismo camino, llegó a la altura de un establecimiento que parecía una ferretería, entró y pude observar que los dependientes o dueños le conocían. No sabía que intenciones le albergaban, así que opté por marcharme. Le vi alguna vez más pero con la misma ausencia de resultados. Hasta que al cabo de los años, estando de madrugada en el cuarto oscuro del bar/disco Martin's, local ubicado entonces en el tramo superior de los jardincillos del Paseo de Gracia, encendieron las luces de pronto porque iban a cerrar y me encontré con que el chico que me la estaba chupando era él, o así creí reconocerle después de unos cuantos años, la misma figura, la misma carita y el mismo pelo, peinado algo distinto. No pareció gustarle mucho que se encendiera la luz y creo que aún menos al descubrir que yo era un tío ya cercano a la cuarentena y medio calvo. No sé si me reconoció, yo inicié una conversación de circunstancias, al bajar las escaleras resbaló en un escalón, yo procuré estar al quite y lo más atento que pude y al llegar a la calle le ofrecí llevarle en coche a su casa o a donde fuera, pero declinó la invitación una y otra vez. Y así acabó aquel no-idilio de tantos años. Después aún lo vi en alguna otra ocasión en algún otro lugar de ambiente pero ni yo intenté nada más ni el pareció nunca reparar en mi presencia. Me pregunto (retóricamente, claro) quién saboreó las primicias de ese chico y le enseñó lo que luego al cabo de los años comprobé que sabía hacer. Sin duda era un papel que me hubiera gustado desempeñar a mi, pero también creo que está bastante claro que yo no debía ser de su gusto.

Otro chico bastante joven con el que me encontré allí, fue J. Una tarde, casi de noche, allí estaba, no muy alto, con gafas de bastante graduación, pantalones pitillo ceñidos, moreno y una polla recta y delgada. Salimos los dos de los servicios,
- Hola
- Hola
- ¿Qué, qué haces por aquí?
- Por aquí, aburrido,
- ¿Quieres venir a mi casa a escuchar música?
- Sí, vamos
fue la prácticamente inesperada respuesta para mi total y absoluta sorpresa, pues no confiaba que un tío tan joven quisiera venirse con alguien que ya empezaba a estar algo granadito. Tomamos el metro para ir al estudio que entonces tenía yo a pocas paradas de la Plaza de Cataluña, ya en el ascensor comprobé que estaba a punto y que no le hacía ascos a un buen morreo, entramos, seguimos con los morreos y magreos, nos tumbamos, me costó algo sacarle aquellos pantalones tan ceñidos y nos empezamos a disfrutar el uno al otro. Un gran tipo, no le hacía ascos a nada, todo le gustaba pero especialmente que le lamieran ese espacio técnicamente llamado "perineo", que tenemos entre los huevos y el culo, por donde se empieza a apreciar la polla por debajo de la piel. Cuando se lo chupaba o lamía daba unos gritos de gusto extraordinarios. También me di cuenta de que necesitaba una operación de fimosis, lo que dificultaba algo el goce completo y tranquilo, porque me daba apuro tirarle demasiado hacia abajo de la piel por miedo a hacerle daño, pero todo acabó satisfactoriamente. Quedamos para vernos otro día, pero no acudió a la cita.

Como era de esperar, volví a encontrarle en la Avenida de la Luz, me dio una excusa banal por su plantón y volvimos a tener una buena tarde de sexo. Él fue quién me ilustró sobre la existencia de las saunas y su funcionamiento, contándome sus experiencias en la Sauna Pádua, hoy inexistente. Volvimos a quedar y me volvió a dar plantón.

Al cabo de un tiempo lo volví a encontrar en el mismo lugar, volvimos a tener una buena sesión, mejor todavía si cabe porque me di cuenta de que ya le habían hecho la operación, por lo que le pude manejar a mi antojo aquella preciosa polla, tal como él hacía con la mía. No era una polla muy gruesa y de la punta lo era aún menos, totalmente recta y algo más larga que la mía por lo que empecé a fantasear para mí con que seguramente podría metérmela sin lastimarme mucho y hacerme notar por fin la sensación de tener dentro un vivo y palpitante pedazo de carne como aquel.

No recuerdo cómo, volvimos a encontrarnos y esta vez yo ya me había pertrechado con un tubo de vaselina medio vacío que cogí del trabajo. ¡Inocente de mí!, entonces ignoraba la existencia del K-Y y que la vaselina que se usa para esto no era precisamente aquella para uso industrial. En el transcurso del encuentro sexual le propuse que me penetrara, yo había intentado hacérselo a él alguna vez pero no lo había conseguido porque, aunque aparentemente no tenía ningún tabú al respecto y verbalizaba que lo quería hacer, además de relatar ocasiones anteriores en que se lo habían hecho, en realidad no parecía facilitarlo activamente. En cambio, para hacérmelo a mí enseguida estuvo a punto, yo me puse a cuatro patas y quedé a su merced. No tardé en notar su excitante lengua en mi culo, con una presencia y un movimiento que se prolongó durante bastante rato lo que me calentó hasta lo indecible, cuando debió calcular que ya era suficiente me untó bien con aquella vaselina que en realidad no servía para gran cosa y me dispuse a recibirlo, pero fruto de mi virginidad y por tanto de mi inexperiencia y no sé si también de la suya, aunque creo que no, no había manera de que entrara sin hacerme bastante daño, hasta que llegado un momento, dado que en todas mis experiencias anteriores de activo aunque algunas veces topara con alguna resistencia física siempre se acababa solventando sin que nadie saliera aparentemente mal parado, y también mal aconsejado por mi mente que, claramente obnubilada, me jugó la mala pasada en aquel momento de equiparar teóricamente la dificultad que teníamos con la que se da cuando uno quiere arrancarse un esparadrapo poco a poco y no puede, mientras los profesionales lo hacen de un tirón y sin que prácticamente duela, se me ocurrió decirle, "dale un buen empujón y métela de golpe". Dios mio, ¡nunca debería haberlo dicho!, hay que reconocer que él actuaba con bastante tacto pero al oír mi orden me preguntó ¿seguro? (barrunto que el sabía mejor que yo que aquello no era una buena idea), yo le respondí que sí, el empujó y ¡vaya si la metió!, pero yo me retorcí con un dolor inmenso, me quedé tan paralizado que no sé si no atiné a sacármela o no me atreví por temor a más dolor, solamente recuerdo que le grité varias veces "sácala, sácala", pero al hacerlo me volvió a dar otro calambrazo aunque, afortunadamente, aquel dolor insoportable empezó a decrecer enseguida. Así fue la primera vez que me la metieron, aunque fuera por unos pocos segundos y a costa de un dolor inmenso.

Afortunadamente no siempre ha sido así. Con este mismo chico, que por cierto la chupaba muy bien y que fue el primero en metérmela y también el primero con el que nos comimos mutuamente el ojete así como aquel espacio limítrofe al mismo que he explicado antes que tanto le gustaba que le lamieran y mordisquearan, conseguí finalmente varios buenos polvos, en realidad era la mejor polla que hubiera podido encontrar para iniciarme, si descontamos algunos micro o mini penes con los que también me he encontrado por esos mundos de Dios, que de todo hay en la viña del Señor. Con posterioridad he tenido ocasión de gozar algunas enculadas francamente gratificantes pero sin embargo, a pesar de haberme aplicado a dominar y evitar el reflejo de cierre del esfínter, cosa que no hice en aquella primera ocasión y que contribuyó a las dificultades relatadas, siempre han sido dolorosas, al menos al principio, encontrándome frente a la contradicción de tener que soportar ese dolor durante un rato que se me antojaba eterno y, sin embargo, parecerme que la otra sensación paralela de gusto era demasiado corta y desear que se prolongara durante mucho rato. ¿Quizá si lo hubiera practicado más veces habría conseguido mejor práctica en la dilatación y, por lo tanto, más rato de placer? No lo sé, pero no descarto seguir intentándolo porque si contara "digitalmente" las veces que lo he hecho, seguramente tendría suficiente con las dos manos y me temo que eso debe ser poco para encontrarle el verdadero gusto.

Me encontré a muchas otras personas en aquel lugar, algunas poco tiempo antes de que cerraran la Avenida de la Luz y varios años después de que hubieran reformado los WC con ocasión de que Ferrocarrils de la Generalitat se hiciera cargo de la gestión del ferrocarril, con lo que aquel lugar ganó en espacio y modernidad pero perdió en morbo, pues los nuevos urinarios instalados ya fueron "de cuerpo entero" como quien dice. Los años habían pasado para todos, después de la "transición" el mundo gay se había ido creando más espacios, aunque la mayoría ocultos todavía y todos vivíamos un poco mejor, por lo que la utilidad de aquellos servicios, tanto para su cometido oficial como el extra-oficial que se relata aquí, fue mermando lentamente aunque siempre se conservó, poco o mucho. Por eso, raramente se formaban colas en los urinarios, en parte porque la reforma había por lo menos doblado su número o quizá triplicado pero creo que también en parte porque ya no necesitábamos tanto aquella vía de escape. Aquella anciana encargada ya no estaba pues había sido sustituida por un tío joven que, aunque generalmente estaba fuera fumando o charlando con los empleados de la tintorería que había enfrente, en ocasiones estaba dentro sentado frente a una mesita donde a veces se le dejaba una propinilla, por lo que la impunidad con que se hacían las cosas unos años antes había dejado casi de existir.

En estas nuevas condiciones, recuerdo entre las personas de esos últimos años a varios estudiantes de una academia que había en el edificio de la calle Pelayo situado junto a la boca de acceso que daba a los servicios, que habían descubierto lo que allí podían encontrar, habiendo observado más de una vez alguna furtiva paja administrada a alguno de ellos. Esperando que algún día me tocara a mi poder hacerlo, un buen día se puso a mi lado uno de aquellos estudiantes que no tardó en enseñarme una polla hermosísima de proporciones más que notables, a lo que yo le correspondí mostrándole la mía y, en cuanto pude, me agarré a aquella hermosura y, dado que nos habíamos quedado solos, me asaltó la idea de chupársela. Con la reforma de los urinarios, el nuevo diseño incorporaba la feliz circunstancia de que éstos, adosados a las paredes del fondo y laterales, quedaban ahora elevados unos centímetros del suelo en lugar de estar a ras de suelo como antes, por lo que para situarse correctamente había que subir un peldaño, lo cual me di cuenta entonces que era de una extraordinaria utilidad si lo que uno pretendía era chuparle la polla a otro, pues con descender del peldaño la mamada resultaba mucho menos incómoda, sobre todo para el mamador. Así que bajé del peldaño y ya él estaba apuntando aquel precioso trozo de carne hacia mi boca cuando oí unos pasos y, como la nueva disposición de los urinarios era en forma de U con la abertura hacia la puerta y, por ende, yo estaba situado de espaldas a la misma, opté por disimular lo mejor que pude como si me acabara de bajar del urinario por haber terminado y guardándome la polla al mismo tiempo. Efectivamente, había entrado un nuevo usuario que no sé si se había dado cuenta de algo, pero yo me vi obligado a salir para seguir con el disimulo y aunque esperé al jovencito, éste salió pitando hacia su academia ignorándome totalmente.

En otra ocasión, también en los últimos tiempos de apertura de esos servicios, me situé al lado de un chico morenito y delgado, como me gustan a mi (seguramente por contraste), que imagino sería originario de India o Pakistán, reconocimos mutuamente lo que queríamos, salimos al exterior y casi por señas, pues prácticamente no entendía español, le dije si quería venirse a mi apartamento, que por aquel entonces estaba bastante cerca de allí. Para allá nos fuimos, pero el pobre chico iba tan caliente y excitado que, una vez en mi piso, estando todavía de pie y medio vestidos, le abracé, le puse su pequeña polla entre mis muslos y el pobre angelito se corrió de inmediato, cayendo toda su efusión seminal sobre la parte inferior e interior de mis calzoncillos que aún llevaba puestos a media asta. En fin, un accidente le puede suceder a cualquiera pero aunque luego le he disculpado en mi fuero interno, en aquel momento no me hizo mucha gracia. Le volví a encontrar de nuevo en el mismo sitio al cabo de unas semanas, le ignoré, pero el me siguió hasta mi casa, sin embargo le dije como mejor pude en inglés y en español que no tenía tiempo y que ya nos veríamos en otra ocasión, reconozco que actuando un poco como con una rabieta por lo ocurrido días antes. Ahora reconozco que no debería haberlo hecho porque lo podíamos haber pasado muy bien ambos, máxime estando ya prevenido sobre su eyaculación precoz, pero en aquel momento no miré el lado práctico. Como, por otra parte, mis visitas a aquellos servicios se espaciaban cada vez más, tampoco volví a verle.

A lo largo de esos años me encontré también con otras personas, algunos al ver mi excitación me tocaban el culo, otros querían que les tocara yo la polla sin ellos hacer nada, por lo general me la tocaban a mi o conveníamos en ir a algún otro sitio más discreto, entre ellos las escaleras y zaguanes que he comentado en otro post, pero el caso más curioso fue que en una ocasión, ya de noche, me encontré con un tipo algo mayor que me enseñaba la polla, salimos a la calle, estuvimos viendo juntos algún escaparate, pero ni él ni yo rompimos el hielo, así que me marché a mi casa. Por aquel entonces yo trabajaba en una población de la comarca del Vallés a la que me desplazaba cada día en un tren que salía de aquella estación de Plaza de Cataluña, si bien yo lo tomaba en otra, y cuál no fue mi sorpresa al ver, al día siguiente, a la llegada del tren de las ocho a su destino, que aquel tipo de la noche anterior también estaba allí, tan lejos de donde lo había visto por última vez, unas horas antes. Me quedé estupefacto, supongo que sería una casualidad pues no le doy crédito a que la otra posibilidad fuera que él supiera que yo tomaba aquel tren a aquella hora y que me apeaba en aquella estación o que me hubiera seguido la noche anterior hasta mi casa y luego en la mañana siguiente hasta el tren, me parece aún hoy imposible. Sea como fuere, como cada día, tomé el autobús con una compañera que también venía conmigo y ya no le vi más, para mi tranquilidad.

martes, 12 de marzo de 2013

09 - Los otros servicios municipales (que conocí) de aquella época.


Después de haber revisado lo que sucedía en los aseos municipales del centro de la Plaza de Cataluña y antes de empezar a describir otros servicios también ubicados en la misma plaza o muy cercanos, pero de otra titularidad, acabaré con la descripción de mis aventuras (o la falta de ellas) en los otros servicios municipales que llegué a conocer en aquella época de los años 60 a 90 del siglo pasado. 

- Plaza de la Universidad, subterráneo en el centro de la plaza.

Vista parcial de la Plaza de la Universidad, con la calle Pelayo (hoy Pelai) en el centro al fondo, la
Ronda de la Universidad a la 
izquierda y las entradas a los "mingitoriospúblicos subterráneos
masculinos y 
femeninos en primer y segundo plano.
De estas instalaciones curiosamente conservo mi primer recuerdo desde una muy temprana edad. Calculo que no debería tener más de unos siete u ocho años a lo sumo cuando, en un día en que quizá me había llevado mi madre al cine Atlántico o bien habíamos visitado los "Grandes Almacenes El Águila", que se pueden ver a la derecha de la foto, estando en la Plaza Universidad manifesté a mi madre mis urgencias mingitorias; ésta, solícita, me llevó al subsuelo de los servicios femeninos ubicados en la plaza, para encontrarse con la sorpresa de que la encargada la conminara a que me sacara de allí de inmediato pues yo era del sexo masculino y ningún integrante de dicho sexo podía estar en aquel lugar reservado a las féminas. Ante la absoluta inflexibilidad de dicha persona, no le quedó más remedio a la buena de mi madre que llevarme a la otra entrada, a la que ella por razones obvias no podía acceder, y recomendarme muy encarecidamente que no me entretuviera y volviera lo más rápido posible, Nada sucedió fuera de lo normal en aquel momento, lugar y circunstancias, ni tampoco las pocas veces que lo visité posteriormente ya más mayor y con mejor conocimiento de la causa (supongo) de la inquietud y urgencia de mi madre en aquella primera ocasión. 

- Plaza de Urquinaona, subterráneo en la isla ajardinada, lado mar, del centro de la plaza.

Insólita fotografía de un trabajador sosteniendo el cartel de los antiguos baños
públicos de la plaza de Urquinaona, mientras se procedía a su derribo en el año
2012, después de llevar diez años cerrados.
Otro lugar del que no puedo relatar ninguna aventura. Lo visité pocas veces y nunca sonó la flauta (en su más amplia acepción) ni por casualidad.

- Plaza del Teatro (Ramblas), subterráneo junto al monumento a Frederic Soler (Serafí Pitarra).

Entrada a los aseos subterráneos masculinos de la
Plaza del Teatro. A la derecha, fuera de la foto, se encontraba
la entrada gemela de los femeninos. 
Un lugar del que, a pesar de su estratégica ubicación, en plena Rambla y frente a la calle Escudellers por un lado y Arco del Teatro por otro, tampoco recuerdo que me sucediera nada digno de mención.

- Avenida del Paral·lel, subterráneo frente al teatro Arnau, en aquellos años transformado en cine.

Entrada a los aseos municipales de la Avinguda Paral·lel (entonces Avenida del
Marqués del Duero oficialmente, aunque el nombre popular siempre fue el primero
tanto en catalán como en castellano), frente al Café y Teatro Arnau, que luego fue
cine, después nuevamente teatro y ahora es propiedad municipal. Este tramo de
acera está flanqueado por las calles de les Tàpies y la calle del Conde del Asalto,
que hoy ha recuperado su nombre popular de carrer Nou. Pueden observarse la
cabeza y los hombros de una persona que desciende por las escaleras de acceso.
Aquí si que hay muchas cosas que mencionar. Raras veces entré en estos aseos que no saliera gratificado de alguna manera, mayormente fuera del lugar pues las dimensiones de estos aseos no eran muy grandes, por lo que los clientes y sus manejos estaban muy a la vista del encargado. Por eso a mi me parecía que no se debía uno mover más de lo estrictamente imprescindible para llevar a cabo la función fisiológica que se suponía que hacíamos aunque, bien pensado, seguramente no hacía mucha falta tanto disimulo.

Una vez bajadas las escaleras se entraba en un local rectangular, con la garita del encargado en la entrada, encarada al interior, donde se encontraba una hilera de WC a la derecha y una de urinarios a la izquierda, generalmente bastante concurrida.

En estos urinarios encontré a la persona que me hizo una de las primeras mamadas. Coincidimos en dos plazas contiguas de los urinarios y tras las habituales palabras de alabanza a mi polla, me insistió que saliera para chupármela en un sitio que el tenía. Efectivamente, me llevó a un portal de la calle Conde del Asalto que abrió con su llave y allí, en el vestíbulo de entrada, a oscuras, oyendo los televisores de los vecinos que daban al patio de luces, gocé de una mamada magistral. Algo sórdido, pero gratificante. Además, en aquellos tiempos sin SIDA generalmente no había problema en correrse en la boca del mamador, era bastante habitual y algo que siempre me ha gustado mucho, tal como ocurrió en aquella ocasión por dos veces consecutivas, lo que creo que disfruté casi tanto como él, que hacía gala de una afición y un arte extraordinarios. Al pobre, al que le calculo una edad sobre la cincuentena, no se le acababa de poner tiesa del todo y se excusaba diciendo "es que hoy ya me he corrido", no obstante a base de insistir con mis no muy expertas manos, al menos en pollas ajenas, conseguí que se corriera, lo cual para mi fue como un pequeño triunfo. Siempre me ha gustado agradecer de la mejor manera posible los favores que me han hecho, aunque durante muchos años tal agradecimiento se limitara solamente a trabajos manuales, ya que por aquel entonces ni sabía ni quería hacer nada más.   

Después de este buen hombre hubo unos cuantos más a lo largo de los años, alguno "multi-reincidente" y todos ellos muy amables y por lo general con mucha maestría. Recuerdo al decano de ellos que me llevaba siempre a un rincón del poco iluminado descampado que entonces había en la calle de las Tapias, entrando a la izquierda, para obsequiarme con unas mamadas de campeonato. En el transcurso de una de ellas, un viandante que atravesaba el solar desde la calle de San Pablo nos vio en aquella postura inconfundible y se paró a una distancia prudencial junto a un árbol, como si orinara, pero estoy seguro de que estaba haciendo otra cosa, aunque en la penumbra no se apreciaba claramente.

Pero quien se lleva la palma de estos encuentros es un artista de la noche golfa de Barcelona muy conocido entonces y hoy ya fallecido, cuyo nombre artístico era por imperativo de la censura Míster Arthur, aunque cuando aquélla se suavizó pasó a llamarse como era su declarado deseo, Madame Arthur. Allí estaba, de cara a la pared cuando entré en los aseos y me situé a su lado más que nada para ver como tenía la polla aquel afamado artista, sin pensar que pudiera querer nada conmigo, ya que tenía entendido que era una señorona algo endiosada. De hecho lo era, ya que en sus apariciones públicas, aunque oficialmente no actuara, no se salía de su papel, pero en aquel lugar fue todo lo contrario. Muy disimuladamente me hizo la misma proposición a la que ya estaba acostumbrado y, dicho y hecho, nos fuimos a su apartamento, sito en el mismo Paralelo, en la acera opuesta a la de los mingitorios y no muy lejos de ellos, en dirección al puerto. Su deseo no era tanto chupármela como que me lo follara, a lo que accedí aunque no era lo que más me gustaba en aquel entonces. Así estuvimos un buen rato, dale que te pego, pues yo ya no me corría con tanta rapidez como las primeras veces, además de que con los años que él llevaba de práctica incesante tampoco era muy estrecho. Por su actitud, entendí enseguida que él esperaba que lo liquidara rápidamente ya que debía tener prisa para ir a actuar, creo que por aquel entonces lo hacía en la sala de fiestas Barcelona de Noche, pero yo quise aprovechar al máximo la situación y hacerla durar hasta que, sin más disimulo, me pidió que me corriera dentro de él, lo que hice sin más tardanza. Me pidió que fuera su novio, su marido o su amante, pero a mi me daba cierta prevención acceder, por varias razones, la primera porque lo tomé más como un cumplido que como un deseo real, dado lo breve del encuentro, pero también pensé que era incompatible con mi vida habitual, porque todavía guardaba cierta compostura en mi casa y raramente volvía muy tarde, lo que hacía imposible encarnar la figura que se me pedía con un artista de la noche sin cambiar mis horarios, además de que tampoco hubiera cuadrado con mi trabajo, que a veces también me requería trabajar en horario nocturno, así que por todas estas razones, especialmente la primera, que examiné en menos de un minuto, creí que debía declinar tan excitante oferta. En el terreno de la fantasía, también pensé que me hubiera dado vergüenza que me vieran ejerciendo en cierto modo de gigolo, o "acompañante" como se dice ahora, de aquel artista ya que, aunque me atraía el indescriptible ambiente canalla de la noche barcelonesa de aquellos años, no sentía la necesidad de hacer de él mi hábitat natural, sino seguir saboreándolo a pequeñas dosis los fines de semana, más los escarceos casi diarios que hasta ahora he relatado aquí, en horas más prudenciales y en lugares muy concretos. Así que aquéllo que podía haber sido el "principio de una larga amistad" no fue más que otro de dichos escarceos. En alguna otra ocasión coincidí de nuevo con Madame A..., no en las mismas circunstancias sino en alguna fiesta o similar, pero no me reconoció, creo.

- Plaza de la Sagrada Familia, subterráneo en el lado montaña de los jardines.

Barandillas de los accesos a los aseos subterráneos de la Plaza de
la Sagrada Familia que, con su presencia en la acera de la parte
superior de la plaza, no hace mucho nos los recordaban todavía.
En la acera opuesta a ésta, estuvo situado antaño el cine Niza.
En estos aseos, muy parecidos estructuralmente a los de la Avinguda del Paral·lel, aunque más modernos, siempre había una hilera de personas que casi ocupaban todos los espacios disponibles. Parecía bastante claro que había posibilidades de hacer algo, dentro o fuera, con alguna de ellas pero, sin embargo, raramente  conseguí hacer nada, a lo que no descarto sea ajena mi cortedad congénita. 

A pesar de todo, no puedo dejar de mencionar a un chico gallego que vivía muy cerca de aquel lugar, quien me llevó varias veces a su piso. Un chico ardiente como pocos, aparte de chuparla muy bien, su especialidad era agotar todas las posturas posibles para follar (dentro de las habituales, Kamasutra gimnástico aparte), en cada sesión: sentado sobre mi polla dándome la espalda, lo mismo de frente, de pie, a cuatro patas, doblado con el culo hacia arriba, tendido boca abajo, tendido boca arriba levantando las piernas y quizá alguna más. Cada vez repasábamos todas las posturas y siempre que le decía que era muy estrecho (sobre todo al principio de la sesión) él contestaba invariablemente "tú me ancharás", lo que efectivamente acababa sucediendo. Lo recuerdo con mucho cariño por la afición y las ganas que le ponía, el clima de confianza que conseguía generar y la gratificación que me daba el sentirme valorado, bueno, no sé si yo o solamente mi polla. 

En el capítulo de las frustraciones está un chico muy joven que me encontré un día allí y del que se traslucía claramente su excitación, yo me puse a su izquierda y a su derecha había otro tipo bastante más mayor que era el que le estaba enseñando su herramienta antes de que yo llegara. Aunque solamente fuera por la diferencia de edad con su otro "pretendiente", parece que me eligió a mi, pues cuando ya llevaba bastantes minutos allí decidí salir y él también lo hizo, lo que me dio una gran alegría al mismo tiempo que me causó una gran inquietud. La razón de ello era que desde que lo vi me pareció que era menor de edad y durante todo el rato no dejé de pensar en ello e intentar calcular si sería mayor de edad o no. Tan nervioso me puse que, a pesar de que una vez en la calle se le apreciaba al chico una gran y voluminosa excitación dentro de sus pantalones, no me atreví a dirigirle la palabra ni siquiera para preguntarle cualquier cosa banal y buscar la excusa para preguntarle luego su edad. Se puso a caminar, le estuve siguiendo muy de cerca, casi como si anduviéramos juntos, hasta que llegamos a una calle cercana y se paró apoyándose en un coche aparcado y mirándome descaradamente. Yo no hacia más que mirarle (era bellísimo), tanto la cara como la bragueta que seguía muy abultada, pero no acerté a articular palabra por un miedo cerval o irracional a que fuera menor de edad y que me hubiera llevado a un lugar en el que de pronto aparecerían familiares y/o amigos que me darían una somanta por haber pretendido abusar de un menor. Creo que mi imaginación me jugó una mala pasada en esa ocasión (como en algunas otras) y él debió pensar que yo era retrasado mental, por lo menos. Así que incapaz de seguir, me marché de la forma más humillante. Supongo que él se quedó con un palmo de narices ... y yo más.